Un día en el museo – El mundo desde mi bici XCII

Una ciudad llena de museos. Es más, la ciudad con más museos del mundo. Esa es la Ciudad de México. Aquí no sólo hay muchos museos, hay museos de todo: de economía, de la ciencia, de todo tipo de arte, de antropología. Hay museos que cobran, otros que son gratis, otros que deberían ser gratis pero cobran. Los hay amarillos, neoclásicos, en forma de pastel torcido color aluminio. Hay museos enormes, pequeños, medianos y algunos insignificantes. En ellos se exhibe desde la alfombra que se trajo de Austria Maximiliano hasta una enorme escultura cuyo título no nos defrauda: La Giganta. Los chilangos podríamos visitar un museo cada fin de semana y no repetiríamos museo en… mucho tiempo.

Es por eso que los mexicanos, cuando decidimos ir al museo, vamos a los de otros países.

Hace veinte años estuve en el MoMA. El museo de arte moderno neoyorquino tiene fama de resguardar entre sus cristalinos muros obras de relumbrón internacional. Permítame señalar aquí un equívoco. El arte se nos ha convertido en una especie de salón de la fama, en mero objeto decorativo de súper lujo, en fuente inagotable de anécdotas sui géneris como ésta. Uno va a estos museos nada más para presumir que vio en persona a las Señoritas de Aviñón, los lirios de Monet, los zapatos de van Gogh. Como si se trataran de huecas celebridades de la farándula. No se va a paladear y a gozar de un cuadro o una escultura. Se va para darse un barniz cultural.

Así como soy un lector hedónico, también soy un consumidor de arte que se guía por el más subjetivo de los gustos. Añádale a esto el pasatiempo que cultivo desde siempre: me fascina  descubrir en los museos obras extraordinarias que pasen desapercibidas para el público en general. (De esta forma puedo presumir que mi barniz cultural es mucho mejor que el de los demás). Cuando estuve en el MoMA, por supuesto me devoré todos los Picassos, Kandinskys, Braques, Mondrians, Rotckos y Cézannes que pude, mas mi misión era inequívoca: tenía que encontrar algo sólo para mí. Cuando llegué al tercer piso (debo aclarar que al MoMA que fui fue el MoMA previo a la remodelación), mi mirada se empezó a perder entre una miríada de cuadros de todo tipo. A unos cinco metros de la puerta de salida, un cuadro de 30 centímetros de ancho por 20 o algo así de alto llamó mi atención. Era un Dalí perdido, como si alguien lo hubiera colgado ahí a falta de mejor lugar. Era un Dalí sin duda célebre, pero por su pobre localización, magníficamente ignorado. Hablo de La persistencia de la memoria. Relojes aguados, paraje desértico y atrás un espejo-mar, un mar-espejo y un cielo-mar-espejo. Me planté enfrente del cuadro y ahí me quedé por no sé cuánto tiempo. Me apropié de él, viví en él por esos instantes y me costó mucho trabajo salir de él. Su sola visión bien valió la pena el costo de la entrada al museo, a saber 10.75 dólares de los de aquel entonces.

El Louvre es famoso por su exposición egipcia y porque la gente cree que contiene una sola pintura: la Mona Lisa. Cuando llegué a él me resistí a ver cualquiera de las dos. Me llené mejor de Rembrandt y de van Dyck. Todavía no puedo comprender cómo un trazo de pintura blanca pueda representar la perla más perfecta. Descansé mi vista en la Victoria de Samotracia. Nunca algo tan mutilado había sido tan perfecto. Me empalagué con los iconos rusos: santos, Cristos y Marías planas sobre fondos siempre dorados. Harta de tanta nimiedad, la señora de mi casa me arrastró contra mi voluntad hasta el renacimiento italiano. Ella insistía en ver al menos la Mona Lisa. Llegamos al infame salón que ella habita. La obra de da Vinci estaba escondida tras una muchedumbre de japoneses exultantes. Logré escabullirme y huí al pasillo. Para matar el tiempo, me puse a ver los da Vincis ahí expuestos. Otra vez, como dejado por la casualidad, me encontré con un cuadro que me deslumbró, literalmente. Era el retrato de una señora mucho más atractiva que la Gioconda. Desde su mundo de óleo sobre lienzo me sonreía con naturalidad y sin enigmas de esfinge. De su nombre no me acuerdo y aunque me acordara no se lo diría. Lo invito a que usted, si tiene la oportunidad, la descubra por sí mismo. Mientras que yo solo me regodeaba en los ojos azules de esa azarosa mujer, la señora de mi casa se golpeaba a codazo limpio con una bola de tránsfugas japoneses que insistían en sacarle fotos a la infame Mona Lisa.

El más valioso de mis hallazgos se dio también en París. En el museo de Orsay se exhibe la que creo es la única escultura de Degas. Es una bailarina de bronce con tutú de a de veras. En medio de la multitud encontré a un señor de torva mirada tratando de ver qué había debajo del tutú. No supe si reír o darle un uppercut en la quijada.

 

Si no quiere ir al museo, no importa. Lo que no le perdonaría es que no me leyera el próximo miércoles a las 8 de la noche en punto. Ya sabe que siempre es aquí, en su blog De la tierra nacida sombra.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

8 responses to “Un día en el museo – El mundo desde mi bici XCII

  • Enrique E Zepeda

    La Pequeña Bailarina de 14 Años, no es la única escultura de Degas. Es la única que exhibió públicamente cuando vivía. Las demás, las mantuvo en privado, en su estudio. Ahí, en 1917, cuando murió, se encontraron más de 150 esculturas.

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  • Gabriel Ventosa

    Buena bici, compadre. Yo recuerdo muy bien mis preferidas en varios museos: En el Moma el Klimt que se llama Hope. En el del Prado siempre paso a ver El Jardín de las delicias de El Bosco (Hieronymus Bosch) o ahora recientemente la escultura exquisita de Nefertiti en el Altes Museum de Berlín. En el Reina Sofía un Dalí esquisito de la virgen y Mirós para ponerse morado de ellos. Barcelona, en fin, tanta cosa. Y no le sigo con el Metropolitan de NY o el de Arte de Chicago o el de Filadelfia y me falta mucho por ver en París, en Italia, en Inglaterra donde no he ido todavía. (Sí, pienso ir algún día). Más muchos en México que no cantan nada mal las rancheras. Un abrazo. Gabriel

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  • etarrago

    Eres un gran luchador por y para, el arte, amigo Enrique. Enhorabuena.

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  • etarrago

    Gran artículo.

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  • Erika

    Recuerdos, muchos recuerdos. Con deseos de volver a visitar los museos de nuestra ciudad, también.

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