Tres textos, tres estilos, tres gramáticas

Tres buenos libros para leer

Tres buenos libros para leer

Hace dos semanas copié un fragmento de El libro y sus orillas (FCE, México, 2012) de Roberto Zavala Ruiz, que habla sobre la importancia en la puntuación y su relación con el significado. Un poco más adelante, este libro cita a José G. Moreno de Alba que hizo el siguiente comentario sobre la gramática.

“… los verdaderos buenos escritores son los que, quizá a su pesar, en buena medida hacen la gramática, pues regulan, fijan la lengua, la lengua escrita al menos. Las gramáticas normativas no hacen otra cosa que observar, analizar, deducir reglas, de conformidad con el uso que de la lengua hacen los buenos escritores”. (José G. Moreno de Alba, Minucias del lenguaje, México, Océano, 1987, p.120)

Parece ser que, al definir su estilo, cada buen escritor va un poco más allá y renueva el lenguaje, estableciendo así nuevos modos gramaticales (y nuevas cosmovisiones). A continuación tres textos: de Octavio Paz, de Jorge Luis Borges y de Jorge Ibargüengoitia.

Octavio Paz concebía el ensayo como un paseo. Cuando uno va de paseo, lo que vale es el trayecto, no el destino. Al paseante le gusta detenerse en todo aquello que le llama la atención. El estilo literario de Paz, cuando de escribir ensayos se trataba, se distinguía por la abundancia de las digresiones y por lo copioso de los datos eruditos que vertía en ellas. Era su forma de paseo literario. El estilo, muy semejante al de una buena conversación, facilita el tránsito por estos morosos parajes. Aquí un ejemplo sacado de su libro Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, FCE, México, 1992, p. 55.

“La política religiosa del siglo XVI frente a la civilización india fue la de la tabula rasa. Los primeros misioneros querían salvar a los indios, no a sus ídolos ni a sus creencias. El interés de Sahagún por la antigua religión de los indios no implicaba ni aceptación ni tolerancia de sus mitos. Cuando Sahagún advierte que hay una semejanza entre los ritos indios y los cristianos —por ejemplo: la comunión con los hongos alucinógenos, la confesión y el canibalismo ritual— se apresura a denunciar ese parecido como ilusorio: es una treta del demonio. La actitud de los misioneros ante las religiones y las creencias indias pueden condensarse en la expresión de Robert Ricard: ‘política de ruptura’. Pero era difícil ignorar la religión india y la analogía de muchos de sus ritos con el cristianismo. También lo era olvidar que por virtud de la gracia el género humano tenía un conocimiento natural de la divinidad.

“Otro tema muy debatido fue el de la predicación del Evangelio en el Nuevo Mundo. Jacques Lafaye cita la oposición de Solórzano Pereira en su Política indiana: la conversión de los indios había sido reservada por Dios a los monarcas españoles, sus ministros y vasallos, ya que ‘antes de nuestra llegada los Evangelios no habían entrado en el Nuevo Mundo’.

“En cambio, el agustino fray Antonio de la Calancha pensaba que un poco antes de la destrucción del templo de Jerusalén, es decir, 72 años después de la muerte de Cristo, el Evangelio había sido predicado en las Indias Occidentales, probablemente por Santo Tomás. …”

A Jorge Ibargüengoitia se le conoce más por sus crónicas y novelas que por su obra dramática. En su prosa encontramos un fino humor que se apoya con fuerza en el sarcasmo. Su estilo está confeccionado por la introducción de frases lapidarias que, en muchos casos, cambian el sentido de lo escrito, provocando la sorpresa y la risa del lector. Ahí les va esta pequeña joya que saco de su novela Los relámpagos de agosto, Editorial Planeta Mexicana, S.A. de C.V., México, 2012, p. 124.

“Cuando esa tarde apareció por el desfiladero la columna del Chato Argüelles, resistimos con gallardía, pero el parque se agotó antes de que se metiera el sol. Entonces sacamos un trapo blanco. Ellos sacaron otro. Salí de mis parapetos y me fui acercando a sus posiciones, con miedo de que me acribillaran. Afortunadamente no lo hicieron.

“Después me llevaron con el Chato, que era el comandante de esa fuerza y que había sido compañero de armas mío. Nos abrazamos muy cariñosamente.

“—Lupe —me dijo—, qué gusto me da verte.

” ‘Verme fregado’, pensé para mis adentros.”

La prosa de Borges —se ha escrito una y mil veces— está edificada sobre el estilo enciclopédico: en un solo párrafo y con luminosa lucidez gusta de compendiar una gran cantidad de datos, demostrando la antinatural erudición de este escritor argentino. Extraigo este párrafo del ensayo El sueño de Coleridge que aparece en su libro Otras inquisiciones, lo tomo del volumen 2 de sus Obras completas, Emecé Editores, Buenos Aires, 1989, p. 20.

“El fragmento lírico Kublai Khan (cincuenta y tantos versos rimados e irregulares de prosodia exquisita) fue soñado por el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, en uno de los días del verano de 1797. Coleridge escribe que se había retirado a una granja en el confín de Exmoor; una indisposición lo obligó a tomar un hipnótico; el sueño lo venció momentos después de la lectura de un pasaje de Purchas, que refiere la edificación de un palacio por Kublai Khan, el emperador cuya fama occidental labró Marco Polo. En el sueño de Coleridge, el texto casualmente leído procedió a germinar y a multiplicarse; el hombre que dormía intuyó una serie de imágenes visuales y, simplemente, de palabras que las manifestaban; al cabo de unas horas se despertó, con la certidumbre de haber compuesto, o recibido, un poema de unos trescientos versos. Los recordaba con singular claridad y pudo transcribir el fragmento que perdura en sus obras. Una visita inesperada lo interrumpió y le fue imposible, después, recordar el resto. ‘Descubrí, con no pequeña sorpresa y mortificación —cuenta Coleridge—, que si bien retenía de un modo vago la forma general de la visión, todo lo demás, salvo unas ocho o diez líneas sueltas, había desaparecido como las imágenes en la superficie de un río en el que se arroja una piedra, pero, ay de mí, sin la ulterior restauración de estas últimas.’ Swinburne sintió que lo rescatado era el más alto ejemplo de la música del inglés y que el hombre capaz de analizarlo podría (la metáfora es de John Keats) destejer un arco iris. Las traducciones o resúmenes de poemas cuya virtud fundamental es la música son vanas y pueden ser perjudiciales; bástenos retener, por ahora, que a Coleridge le fue dada en un sueño una página de no discutido esplendor.”

Tres formas de hacer literatura. Tres formas que iluminan, cada quien a su manera, con su estilo y su propia gramática, nuestras vidas.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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