Valiente mundo nuevo – El mundo desde mi bici LXXXVII

Daily Star - 1914

Daily Star – 1914

A finales del siglo XIX y principios del XX muchos europeos decidieron salir de sus países para embarcarse hacia al Nuevo Continente. El país que más migrantes recibió fue el de los Estados Unidos de América. Esto, con toda certeza, fue propiciado por la ignorancia más que por una decisión meditada. Como los gringos siempre le han hecho creer al mundo que su país, para fines prácticos y de mercadotecnia, se llama América, estoy seguro que muchos viajeros cuyo deseo era el de llegar a Bolivia o a Belice terminaron desembarcando en Ellis Island. Los más despistados fueron a dar hasta Idaho. Ahí se dedicaron a cultivar papas y a hacerlas puré.

Este gran éxodo fue motivado por las mismas razones que provocan la mayoría de las migraciones: la búsqueda de un país con mejores condiciones económicas y un futuro más promisorio. Podría decirse que América —el continente— era como el Lejano Oriente de nuestros días. Así que a principios del siglo pasado muchos vinieron con la esperanza de encontrar una nueva vida por estos rumbos. Todos —pero por supuesto— la encontraron.

Mis bisabuelos fueron migrantes y decidieron quedarse en México “porque estaba bonito y el clima era bueno”.

Me gustaría detenerme aquí un poco. Imagínese usted decidiendo hoy hacer un viaje a —especulemos otra vez— las Islas Marshall. Después de 24 horas de vuelo y cuatro transbordos, llega ahí y le cuadra el ínfimo archipiélago porque “está bonito y el clima es bueno”. Decide entonces aprender marshalés y pasar el resto de sus días cultivando ostras en medio de un mar radioactivo. Lo que quiero ilustrar aquí es el grado de temeridad e inconsciencia que los migrantes de aquellos días tuvieron.

Mis bisabuelos decidieron quedarse en Frontera, Tabasco. Por poco tiempo los acompañó también mi tío bisabuelo, que a su vez estaba fascinado con el edén mexicano. Finalmente decidió regresar a Alemania porque, cito textual, “la cerveza mexicana es muy mala”. Se regresó el tío a sus pinos y a sus días nublados sólo para sobrevivir dos guerras mundiales en compañía de la buena cerveza alemana.

A los fundadores de mi familia en México tampoco les fue del todo bien que digamos. Les tocó en suerte la Revolución Mexicana con toda su parafernalia de villistas van y zapatistas vienen. Hasta hace poco, gracias a los ociosos afanes de un tío lejano, me enteré que mi bisabuela y sus dos párvulos protagonizaron una verdadera aventura. Temeroso de la creciente violencia, mi bisabuelo decidió enviarlos ilegalmente en un tren a Veracruz. En ese momento, el puerto estaba tomado por la armada de los Estados Unidos. Querían aprovechar la invasión gringa para brincar a la familia al “otro lado” para mantenerla segura. De milagro llegaron a Veracruz y, gracias a que mi bisabuela tenía una hermana en El Paso, Texas, se pudieron ir a los Estados Unidos. Yo no sé a ciencia cierta por cuántas angustias tuvieron que pasar. Lo que sí sé es que no tenían teléfonos celulares y que su proeza fue publicada en la primera plana de un diario neoyorkino.

Acalladas las armas y sometidas las revueltas, mis familiares lejanos se establecieron en la Ciudad de México. Aunque no tan exuberante como Frontera, la capital les proporcionó una vida más estable.

Durante la primera mitad del siglo XX la Ciudad de México podría haber sido calificada como perfecta. Todavía, por ejemplo, existía el lago de Texcoco. A él llegaban en primavera varias especies de aves, entre ellas patos. Mi bisabuelo, guerrero y bárbaro como buen alemán, gustaba de ir a cazarlos. Su casa estaba a unos metros del río de la Piedad y se regodeaba entre la suntuosa y moderna arquitectura que la colonia Roma podía ofrecer. Más allá del río, hacia el sur, únicamente había milpas y un lejano y rústico pueblo mejor conocido como Coyoacán. Podía, si lo deseaba, pasar sus vacaciones en Cuernavaca. Sólo había que tomar un tren y en unas cuantas horas uno andaba inmerso en la ciudad de la eterna primavera. El aire, aunque salpimentado por los escapes de los escasos automóviles y autobuses, era terso y limpio. Los otoños en la ciudad eran idílicos. A esto había que agregarle una buena dosis de restaurantes, bares, cabarets, billares, boliches, clubes deportivos, cines y teatros, así como también una buena cantidad de museos, librerías, galerías y bibliotecas. Usted me concederá que no exagero en lo de ciudad perfecta.

Nada permanece, no hay duda. Ahora que la cerveza es mucho mejor resulta que de lo otro, que estaba rebueno, ya se acabó o no hay tanto. Entonces aquí estamos, en una América —el continente— que dejó de ser un paraíso, que está contaminada, asediada por la inseguridad y la pobreza y que tiene un clima de lo más impredecible y traicionero. A lo mejor ya es hora de ir tomando un vuelo para las Islas Marshall.

Pero si no podemos estar huyendo toda la vida. No podemos.

 

Si quiere saber más sobre esta nostálgica publicación, lo invito a que me siga, en pleno mundial futbolero, el próximo miércoles a las 8 de la noche, aquí en su blog De la tierra nacida sombra. Hasta entonces.

 

Le pido una disculpa al que prefiere la audio-bici. Por cuestiones fuera de mi control no tuve el tiempo necesario para grabarla. Pero no desespere, que en breve aparecerá. Nada más no le cambie de canal.

 

*Sí, la señora de la foto, con los tres niños (el tercero es un misterio), es mi valiente bisabuela.

Daily Star - 1914

Anuncios

Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

4 responses to “Valiente mundo nuevo – El mundo desde mi bici LXXXVII

  • Erika

    ¡Vaya y que si eran valientes las personas que venían del Viejo Continente al Nuevo! Sí mi abuela, al tratar de de escapar de las revueltas revolucionarias, tuvo que salir de México para luego regresar unos meses después, pues se desataba la Primera Guerra Mundial. Seguramente que hay mucho más que contar, y de esto saldrá un gran libro. Enhorabuena Heiner

    Me gusta

  • tonamtzalor

    Gracias por compartir tu historia que refleja el pasado de muchos de nuestros antepasados. Valor inigualable y como bien dices, inocencia o inconciencia… Pero el continente americano no sería lo que es sin ellos y su gen viajero. Un abrazo otra vez trasatlántico, contemplando la posibilidad de emprender uno de esos viajes hacia otro futuro en otro lado…

    Me gusta

    • Enrique Boeneker

      Es verdad, Tona, que América sería diferente sin todos estos migrantes. Una migración que no relato, enmarcada por la tragedia, fue la española durante y después de la Guerra Civil. México ganó muchísimo con ella.
      Abrazo de vuelta, niña viajera.

      Me gusta

¿Qué opinas? Déjanos tus comentarios aquí. (No tienes que estar registrado en Wordpress para comentar)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: