Los taxistas, sus conversaciones – El mundo desde mi bici LXXXVI

Imagen de: sobrevivirmexico.blogspot.com

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En la pasada bici le comenté que detesto a los taxistas.

Algunos me preguntarán por qué la insistencia en escribir sobre este tema, por qué  la necesidad (o necedad) de meter el dedo en la llaga para hacerla más grande. Le voy a ser muy franco, el que escribe ahora no es su servidor sino su subconsciente, y como usted bien sabe al subconsciente no se le puede callar así nada más.

Como le decía, apunté en la bici pasada que detesto la forma de manejar y la falsa capacidad multitarea de estos individuos. Podría agregar en su cargo la maestría con la que empeoran el tráfico de una y mil formas, su sobrada prepotencia (se creen dueños de las calles y avenidas de todas las ciudades del mundo) y su creciente falta de cortesía: insultan y agreden sin casi mediar provocación alguna.

Estos pocos delitos justificarían mi animadversión. Sin embargo, son lo de menos. Lo que en verdad me hace perder la cabeza es el concepto que la gente tiene de ellos. A los taxistas se les considera depositarios naturales de eso que conocemos como opinión pública, a tal grado que hasta el ex primer ministro noruego se hizo pasar por uno para escuchar de viva voz las opiniones de los electores con respecto a su gobierno (y estoy seguro que por andar haciéndole al taxista perdió la reelección). Es más, algunos los consideran la versión moderna del sabio eremita: metidos en sus cuevas de cuatro ruedas, escuchan los comentarios de “su pasaje” y van adquiriendo así una ecléctica sabiduría que ni el gran Leonardo Da Vinci. Y esta sabiduría, según ellos, les da la autoridad para opinar sobre cualquier tema.

Es así que una vez que se está dentro del taxi y que le ha informado al chofer sobre su destino, el taxista por instinto (que no vocación de servicio, ojo) se ve en la necesidad de empezar una conversación. No le importa si su pasajero está evidentemente de malas y no tiene ganas de platicar, o que necesita terminar un reporte urgentísimo durante el trayecto. Es regla inquebrantable que empiecen por preguntar qué opinión tiene uno del clima y su inestable comportamiento, el cual, es pertinente mencionar, se ha venido agravando en los últimos años. Esto inevitablemente lleva a la conversación al tema del calentamiento global. Y sí, se concluye que el calentamiento no es culpa de nosotros —¡qué va!— es producto de la conjura de las empresas petroleras transnacionales (aquí PEMEX no tiene nada que ver). Y las empresas petroleras transnacionales se comportan como entes malvados, porque las guía una codicia feroz que sólo puede ser propiciada por el capitalismo más desalmado. Si no fuera por el neoliberalismo, el mundo sería mucho más armónico. Por eso las legítimas causas sociales deben ser reconocidas bajo un nuevo esquema de gobierno: un sistema que privilegie el desarrollo sustentable, la justa repartición de las riquezas y la abolición definitiva de las diferencias sociales. Si se le pregunta al sabio eremita disfrazado de chofer de taxi si estaría dispuesto a donar su vehículo a la comunidad, él contestaría con premura que eso es harina de otro costal, porque el taxi que él posee le ha costado el sudor de su frente, dos tortuosos matrimonios y cinco hijos que demandan, como todos,  comida, estudios, ropa y un iPhone.

Pero por qué detenernos aquí, si hay variaciones mucho más folklóricas.

Usted sabe que la semana pasada estuve muy viajador. Primero fui a Guadalajara y luego a Villahermosa. Cuando regresaba del aeropuerto a mi casa el pasado miércoles, por supuesto en un taxi, me tocó en suerte un chofer griego, que vive entre nosotros desde hace 30 años y que además en sus ratos libres es entrenador de futbol en el Club Asturiano. El ser entrenador de futbol le ha permitido viajar a una gran cantidad de países. Nada más por eso se sintió en la obligación de comentarme que Viena, en su opinión, es la mejor ciudad del mundo; que Bratislava es la peor ciudad de Europa; que ama, claro, Atenas; que cuando viajó al lejano oriente tuvo la oportunidad de dormir cobijado sólo por las estrellas en las estepas de Mongolia y de tomar leche bronca de no se qué animal; que el mejor país del mundo es Nueva Zelanda, pero que en donde más dinero hay es en San Marino. Me preguntó si había estado en Hong Kong. Cuando vio mi cara de WTF, me dijo que no valía la pena, Shanghai es mucho más interesante, aunque él prefiere Pekín, que es más auténtica. Remató con que el 9 de junio salía para Brasil; va a ver jugar a México y a Grecia en el Mundial, y con pesar comentó que se quedará por allá “sólo hasta el 20 de junio”.

¿Ahora entiende por qué detesto a los taxistas?

 

Si quiere saber más sobre esta intolerante publicación, lo invito a que me acompañe el próximo miércoles, a las 8 de la noche, en este su blog De la tierra nacida sombra.

 

Como siempre, aquí encontrará la versión audio-bici, con música de ya sabe quien (@bbybone):

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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