El secreto y los viajes – El mundo desde mi bici LXXXV

Imagen de minisdelcuento.wordpress.com

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Hay quienes todavía se resisten a creer que nuestro universo es de muchas formas mágico. Es verdad también que muchos exageran el asunto y todo lo quieren ver como un conjunto de sistemas esotéricos. Dentro de este grupo, hay algunos individuos que se jactan de haber descubierto el mecanismo oculto que rige todo lo que existe. El último  grito de sistema universal que ha sido concebido tiene un nombre arrellanado justo en el centro del lugar común: la ley de atracción.

La fuerza de gravedad fue convertida en verdad omnipresente y disfrazada de panacea en la película El secreto. Toda película de su especie armoniza elementos de la más feroz de las ficciones con hechos científicos duros. En mis tiempos, a esto se le conocía con el nombre de ciencia ficción. Hoy, es sólo ciencia. A pesar de que algunos científicos de verdad han señalado las muchas imprecisiones que aparecen en ese largometraje, El secreto sigue teniendo sus fieles seguidores.

La película pretende demostrar que la ley de atracción opera sobre todas las cosas y seres que existen. Es el equivalente contemporáneo a la astrología y a La Fuerza de la Guerra de las Galaxias. Y como en la Guerra de las Galaxias, afirma que nosotros podemos modificar sus resultados si aprendemos a manipularla. Un ejemplo de signo negativo que demuestra la pertinencia de esta hipótesis es el muy evidente caso del hipocondríaco: al imaginarse siempre enfermo acabará enfermo. Lo que no me queda claro es cómo esta teoría resuelve el probable conflicto que se daría si dos personas quieren, con intensidad y fuerza de voluntad parejas, tener exactamente lo mismo, como por ejemplo la más grande, completa y prolija biblioteca del mundo. A pesar de esta contundente objeción, parece ser que esta hipótesis funciona.

Este domingo por la tarde viajé a Guadalajara. El motivo nada romántico del viaje: dar un curso.

Ya que el fin de semana no comenzó del todo bien (recordar que el Real Madrid ganó la décima), me provocó un informe y viscoso desasosiego. Conforme se acercaba el día y la hora de mi vuelo, mi aprensión crecía al tiempo que me cavaba un doloroso hueco en el estómago. Era un presentimiento cruel, del tipo que describen haber sentido las personas que, de último momento, decidieron no tomar un vuelo que algunos minutos después se estrelló en medio de la nada.

La fecha y hora marcadas llegaron inexorables. El viaje fue magnífico. Contra todos los pronósticos, el avión salió a tiempo y hasta el piloto, iluminado por la gracia celestial, aterrizó el aparato como si de seda se tratara.

El hueco en mi estómago se hizo más grande.

Un taxista con ojo gacho, cicatriz artera en la mejilla y un tic nervioso en el párpado superior del ojo bueno me recibió con una sonrisa sesgada sólo digna del más canalla.

—Entonces aquí será mi fin, pensé. Tanta vida y tan florida para venir a acabarla en un taxi.

Tengo que aceptar mi desprecio por los taxistas. A ellos les gusta reptar por las calles ocupando más de un carril a velocidades ridículas. Justifican su mal manejo argumentando que es la única forma de asegurarse el pasaje. Estoy seguro que lo hacen para molestar. Sin embargo, cuando voy en un taxi, me doy cuenta que este oficio requiere de una serie de habilidades que se deben de practicar simultáneamente. Está el manejo, claro, y lo que ello implica: sortear el tráfico, a los peatones y, por supuesto, a los demás taxistas. Al mismo tiempo se debe platicar con el pasajero, contestar el celular, cambiar de estación de radio, hablar con la base y sacarse un moco sin que nadie lo note. Viéndolo así, este oficio es sólo para… taxistas. Aún así los sigo despreciando.

Llegué al hotel sin novedad y la tenaz premonición seguía ocupando la parte alta de mi estómago.

Al llegar a mi habitación hice lo que no me gusta hacer: llamar al room service. Pedí lo que todo el mundo pide cuando llama al room service: un club sandwich, una limonada preparada con agua mineral y un café. Como el desasosiego persistía, antes de empezar a comer hurgué entre todos los ingredientes de mi sandwich para cerciorarme de que ninguno estuviera en mal estado o contuviera letales y microscópicos pedazos de vidrio.

Al día siguiente impartí mi curso sin novedad y el taxi de regreso al aeropuerto estuvo tan bien, que llegué a tiempo para adelantar mi vuelo. Mis cejas dibujaron un pronunciado arco en clara señal de escepticismo.

Luego las cosas se destorcieron. El vuelo se retrasó porque el eficiente aeropuerto capitalino, incapaz de lidiar con el cada vez mayor tránsito aéreo, no nos podía recibir. Así que no gané nada de tiempo porque el vuelo adelantado salió en el horario de mi vuelo original.

Ya en el avión, avancé a lo largo del pasillo para encontrar mi lugar en la fila 23 asiento B. El vuelo venía lleno. Cuando llegué a mi asiento vi que iba a ser escoltado por dos enormes mastodontes que debían medir no menos de 1.90 metros de altura y de diámetro. El espacio libre era, en medio de esos dos, una delgada franja de apenas 20 centímetros de ancho. No sé todavía cómo cupe ahí. Lo que sí me queda claro es que tuve que practicar las enseñanzas de respiración profunda que aprendí en un viejo libro del lama canadiense Lobsang Rampa.

A partir de aquí, el desasosiego se desvaneció.

 

Si quiere usted enterarse de más secretos, lo invito a que me acompañe aquí, en su blog De la tierra nacida sombra, el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche. Hasta entonces.

Aquí les dejo su audio-bici para los que la prefieran. La música es de Goyito (@bbybone13):

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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