Doctor ¿Who? – El mundo desde mi bici LXXXIV

¿Habla alemán?

¿Habla alemán?

Es asombroso como un país tan uniforme (culturalmente hablando), como los Estados Unidos de América, esté acostumbrado a la diversidad lingüística, y un país tan diverso  (en todos los sentidos), como México, se sienta incómodo ante las palabras de origen extranjero. Sólo habrá que echar un vistazo a algunos de los apellidos que conforman al vecino país: Wozniak, Staubach, Polamalu y Chevapravatdumrong. En cambio, en México, que es al parecer un extenso Macondo, sólo hay tres grandes familias: los García, los Pérez y los González. Quien no tenga un apellido así, o al menos uno de origen español, tendrá que transitar por la vida en medio de la ignominia (uso aquí el significado etimológico de esta palabra: sin-nombre).

En mi infancia no me pude dar cuenta del problema que representaba mi apellido. Mi madre tuvo la fortuna suficiente (no me refiero a la suerte, sino al numerario) y me inscribió en el Colegio Alemán. Acostumbrados en esa teutona institución a lidiar con palabras como Feuerwehrwagen, Schornsteinfeger y Schönheitsfehler, mis compañeros y maestros no tuvieron problema alguno con el Boeneker (ni con la palabra, ni conmigo).

Viéndolo retrospectivamente, tengo que aceptar que había algunas personas, como el señor de la tiendita, el que nos llevaba la leche y el de las naranjas, que evitaban pronunciar nuestro apellido y siempre se referían a nosotros como seño, don y joven. Entonces no le di importancia alguna. Pensé que era una forma de respeto y no de supina ignorancia como lo fue en muchos casos.

En mi segundo año de secundaria, aún en el Colegio Alemán, tropecé con una maestra de español que, para colmo de males, se las daba de cosmopolita. La forma que tenía, según ella, para demostrar su vasta cultura, era pronunciando con “minuciosa corrección” las palabras de origen alemán. La primera vez que leyó mi nombre en la lista de asistencia me llamó sin titubear: “¿Señor Peneque?” No supe si decir presente o hacerme el desentendido. Cuando vi su risueña mirada posada sobre mi atónita humanidad, no me quedó más que levantar la mano.

A partir de ahí, todo se fue en picada. El resto del año escolar, mis compañeros me llamaron Peneque. Para que tenga una idea precisa de las gravosas consecuencias,¿cómo se sentiría si le llamaran Pambazo o Tlacoyo? (Bueno, he de admitir que tengo un amigo de aquellos tiempos al que le decimos el Tamal).

Después de haber realizado grandes esfuerzos y de haber rechazado los reiterados ruegos que los maestros me hacían para que me quedara, pude por fin salir del Colegio Alemán. Aterricé primero en una escuela elitista y nimia de cuyo nombre no quiero acordarme, y luego, para cursar la preparatoria, en el CUM, una escuela regida con mano férrea por los maristas de entonces. Esta escuela se distingue, aún hoy en día, por ser profundamente incapaz de enseñar a sus pupilos cualquier idioma extranjero. Ante esta realidad, eran más que previsibles las numerosas transmutaciones que mi apellido habría de sufrir.

Para el maestro de álgebra fui Bonequi y para el de química Bueniquer. El profesor que impartía el curso de Etimologías Greco-Latinas fue el peor de todos. Siempre quiso creer que mi apellido tenía una oscura raíz griega y me llamaba “joven Bokeneka”. La maestra de inglés, cuya cadera estuvo registrada por años en el libro Guinness como la de mayor diámetro del mundo, me decía míster Bóuneka. Un compañero, durante la clase de historia universal, me emparentó con el ilustre intrigante y economista de Luis XVI, Jacobo Necker. Otros compañeros y amigos todavía se refieren a mí como Buenequer.

Mi vida profesional está plagada de erratas y malentendidos derivados de mi apellido. En algunos lugares con sistemas de acceso más estrictos no autorizaron mi entrada porque tenían registrado a un señor Boni en vez de a mí. Tuve que rechazar una gran cantidad de cheques y rectificar también muchos contratos. Cuando salía de viaje de negocios a los Estados Unidos y a Europa, las autoridades migratorias aseguraban que era una especie de activista bosnio. En alguna ocasión, un cónsul me preguntó si mi apellido era de origen turco, porque era imposible que con esta pinta que tengo fuera descendiente de alemanes.

Ahora que lo pienso bien, lo siento mucho por aquellos compañeros del Colegio Alemán que llevan nombres aún más complicados que el mío. Es por eso que yo, como Ayrton Senna, prefiero usar mi apellido materno para un sinfín de cosas.

Si alguna vez lo invito a comer, ya sabe, la reservación estará registrada a nombre de Enrique Méndez.

 

Olvídese de la comida y de andar haciendo reservaciones, mejor lo invito a otro plan. Acompáñeme aquí, en su blog De la tierra nacida sombra, el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche. Le prometo una bici menos complicada. Hasta entonces.

 

Para aquellos que también andan en bicicleta, aquí les dejo su audio-bici musicalizada por ese huésped que aparte es mi hijo (@bbybone13):

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

5 responses to “Doctor ¿Who? – El mundo desde mi bici LXXXIV

  • Erika Boeneker

    Hace mucho tiempo que no reía tanto como hoy. Tienes toda la razón, el apellido nos los han cambiado ya en varias ocasiones. Siempre tenemos que deletrearlo para que lo puedan escribir correctamente. Y ahí va un apellido imposible de pronunciar: Schnippenkötter (creo que así se escribe). Muy buenas noches y seguiré riendo por un buen rato.

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  • Alejandro Gonzalez

    Disfruté enormemente esta bicicleta. No te creas, aún con un nombre y un apellido tan comunes que hasta parecen pseudónimo, cuando uno vive en Estados Unidos también enfrenta las mismas dificultades, sobre todo porque te cambian el nombre de las 10,000 maneras.
    Por ejemplo, en un año me llamé Alejandio, Alexandro, Alexander, Alejanetro y Ale Jantro… y González, en vez con Zeta al final, me acomodaban una “s” final y me emparentaban por asociación caricaturesca con un ratón veloz como las mentiras de los políticos en ambos lados de la frontera. En fin…

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  • tonamtzalor

    Mi estimado escritor, señ Bo. o B. o alguna de las anteriores variaciones, me he reído tanto con esta bici y al mismo tiempo casimlloro de alegría de encontrar a una ” víctima” similar. Yo ni en Méxioc, ni en Alemania, qué decir de otros lados, me he visto libre del mal pronunciado nombre o reinventado apellido. Muchos saludos afectuosos de su colega, “señor Tomasin Martiznez Calor” o en este país del Norte para ahorrar problemas, “María Steinle” (aunque es Steidele”. 😉

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    • Enrique Boeneker

      Hallo, Frau Steinle (aunque sé que es Steidele, pero no sé si Tonantzin, o para no errarle, Tona.
      Sí, es un caso este tema de los nombres y apellidos raros. Si no fuera por ellos nos moriríamos del aburrimiento.
      ¡Saludos!

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