Cómo comportarse en una reunión – El mundo desde mi bici LXXXIII

Me he dado cuenta de que la vida matrimonial se asienta justo sobre la delgada línea que divide lo legítimo de lo ilícito. Toda pareja veterana podrá testificar que el matrimonio conlleva algunas situaciones de dudosa calidad moral: alevosas extorsiones, secuestros exprés, abusos de confianza y violencia psicológica. Situaciones sin las cuales esta sacrosanta institución perdería substancia e interés.

Hace no mucho, la señora de mi casa me extorsionó para luego secuestrarme. La idea: ir a una reunión con sus compañeros, los budistas VIP. Los califico como VIP porque, si Marx todavía viviera, definiría a la burguesía a través de la descripción de este selecto grupo. En él no hay ni un lumpenproletariat por más que se le busque.

Esta desventajosa situación en la que me habían metido implicaba que yo debía realizar un esfuerzo doble: vestirme para la ocasión con toda propiedad: nada de jeans, nada de tenis y mucho menos camisetas, y comportarme a la altura, es decir, con educación y cortesía. No soy una persona maleducada ni mucho menos majadera. Mi madre se lo puede confirmar. Lo que pasa es que no poseo la aptitud para hacer nuevas amistades cuando el entorno no me es del todo favorable. Por entorno no del todo favorable entiendo un ambiente integrado por fanáticos fundamentalistas de una religión críptica y ajena que aún no es peligrosa, pero que algún día, estoy casi seguro, lo será.

Así que ahí me tienen bañándome (¡en sábado!), rasurándome (¡en sábado!) y poniéndome ropa de trabajo (¡sí, en sábado!). Cuando ya estaba casi listo, una última advertencia: “Y péinate bien, que no quiero que hablen mal de ti.” A regañadientes me subí al coche, manejé hasta una remota casa, enclavada encima de uno de los últimos cerros de la ciudad, y procuré durante la travesía no mostrar mi mal humor.

Llegamos a la reunión de milagro. Entonces no tenía el sistema de navegación en mi teléfono, así que tuve que confiar en un croquis, que se parecía mucho al Códice Florentino, y en el sentido de orientación de la mujer que se hizo pasar por mi copiloto. Lo malo de tener a la señora de mi casa como copiloto es que ella tiene dos manos derechas: una con la que escribe y otra con la que no escribe. Así que todas las instrucciones que de ella recibía eran “y en la siguiente, a la derecha”.

El amplio jardín de la casa del anfitrión fue equipado con calentadores de gas, sillas plegables y una mesa larga que primero ofrecía las botanas y luego el buffet. Una pequeña multitud departía ahí con exaltado ánimo. De los presentes sólo reconocí a dos personajes. Al festejado y anfitrión, que es una persona tan sensata que todavía no entiendo por qué es budista, y a una señora que se llama Cecilia y que está casada con Carlos. Carlos posee algunos de mis defectos para crear nuevos lazos amistosos y eso lo convirtió, desde hace un tiempo, en mi único amigo dentro de este selecto grupo de personas.

En esta ocasión, Cecilia decidió dejar a Carlos en su casa. La noche se presagiaba larga.

Así que estuve jugando al voy-vengo por un rato. Caminé varias veces de un extremo del jardín, en donde estaba sentado, al otro en donde estaba la mesa con el buffet. Ahí escogía cualquier cosa para luego regresar con premeditada lentitud a mi lugar (recuerde que tenía que matar una gran cantidad de tiempo). Mastiqué la comida como mi abuela me enseñó: 37 veces por bocado. (Esta técnica podrá ser buena para la digestión, pero es poco eficaz: uno termina comiendo todo congelado.) Mientras hacía mis trayectos de ida y vuelta, sonreía afable a esa gente que aprendió en poco tiempo a ignorar mi presencia.

Un poco más harto que de costumbre, me dediqué a observar a los saltimbanquis metafísicos, mejor conocidos como budistas VIP. Parado, solo y con la descripción completa del aburrimiento en su cara, un señor más o menos de mi edad revolvía distraído los hielos en su vaso. Al ver que nadie se le acercaba para hacerle plática, decidí ir hacia él y averiguar si su situación era tan precaria como la mía. Resultó que este buen hombre era mucho más afable de lo que aparentaba. Me saludó con sobrada cortesía y sin parar habló de futbol, de la economía mundial, del volumen y temperatura ideales del agua para hacer un buen café y de los rituales de apareamiento de los estorninos. Como pareció agotar por completo los temas de conversación posibles, a mí no me quedó más que preguntarle a qué se dedicaba.

—Soy químico, contestó.

—Ah, vaya, un ingeniero quí…

—No soy ingeniero—, me atajó. Soy químico investigador en la UNAM, tengo un doctorado.

—Ah, entonces ya no eres químico, ¡ahora eres físico!

Dicho esto, la reunión se terminó para mí.

 

Mejor lo invito a una reunión de veras buena. La cita es el próximo miércoles a las 8 de la noche aquí, en De la tierra nacida sombra. Hasta entonces.

 

Aquí su audio-bici (ya sabe, con música del ya no tan pequeño-terrible, @bbybone13):

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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