[Anti-] Instrucciones para ser escritor – El mundo desde mi bici LXXXII

PortadaA veces pienso que el mundo está hecho de equívocos. Rectifico. Estoy seguro de que nuestro mundo es en esencia un gran y muy enredado malentendido. Son los prejuicios los que nos engañan. Hay prejuicios que se inventan. A éstos los llamamos mitos. Hay otros que se labran. A éstos los llamamos mentiras. Una gran mentira es creer que los escritores son personas sumamente inteligentes e inmensamente ricas. No hay nada en este mundo que sea más falso. Conozco más de una docena de escritores que no tienen dos dedos de frente. Todo lo que producen está guiado por la fórmula, la redacción dubitativa y lo obvio. Conozco mucho más escritores —la mayoría— cuyo saldo en su cuenta bancaria es peor que un cero a la izquierda. Créame, se lo digo yo, que escribo. Con la desaparición de esa generosa figura conocida como mecenas, casi todos los escritores necesitan de un “empleo decente” para sobrevivir. (Como si el noble oficio de la escritura fuera lo peor de la indecencia, algo así como la prostitución.) Hay pocos colegas que tienen la suerte de trabajar en empresas o instituciones que se relacionan con su oficio, pero inclusive ellos tienen que realizar, por al menos 9 horas diarias y de lunes a viernes, las tediosas labores que su trabajo demanda y que en realidad a nadie apasionan mucho. Así que para la mayoría de los que escribimos, nuestra verdadera vocación (y trabajo productivo) debe relegarse a las pocas horas libres que nos quedan.

En este barroco mundo no hay absolutos y una infinidad de escalas y gradaciones de grises se dan cita. Muchos trabajos “decentes” ofrecen una prestación que debería ser obligatoria para todos: las vacaciones. Las vacaciones en México, aunque no son tan generosas como las de Europa, al menos están bien repartidas a lo largo del año para que todos disfrutemos de unos breves momentos de esparcimiento y olvido. Estas vacaciones se otorgan bajo dos pretextos: la celebración de los días patrios y de las fiestas católicas más importantes. Este año tuvimos la fortuna de tener dos festividades con sólo dos semanas de separación: la Semana Santa y la celebración del 1º de mayo. Cada una me aportó 4 días de asueto.

Lo mejor de las vacaciones es que puedo jugar a ser escritor de tiempo completo. Lo tomo tan en serio que hasta invento algunas rutinas para establecer una disciplina. Mi día empieza a las cinco de la mañana. Sé que muchos jóvenes con escandalizada justeza comentarán dos cosas: que enloquecí de remate y que la edad ya me está venciendo. Nadie en su sano juicio puede levantarse a esa hora ¡en vacaciones! Sólo los viejos lo hacen, y no por gusto, lo hacen porque ya no se les da eso de dormir. Lo único que puedo argumentar a mi favor es que a esa hora de la madrugada hay una calma y un silencio tan perfectos que me permiten escribir a mis anchas hasta la hora del desayuno. (Con respecto al tema de la edad, mejor lo dejo así, porque en efecto ya no duermo como antes.) Durante esas cuatro horas, si bien me va, puedo arrebatarle al menos tres párrafos a mi mente. Cuando termino de escribir, más o menos a las nueve de la mañana, se despiertan Don Balón y Goyito. Esto me permite compartir el desayuno con ellos. Ya con este par bien despierto no se puede hacer mucho en la casa, porque al mayor le gusta poner su música a un volumen que ni The Who en sus mejores tiempos y a Don Balón le gusta quejarse, con perseverancia digna del más ortodoxo de los prusianos, de que está muy aburrido. Con todo esto sucediendo en la casa, la única tarea que uno puede hacer con honestidad es la de censor. Así que me pongo a corregir hasta la hora de la comida lo que escribí por la madrugada.

Una actividad importantísima es la siesta. No hay escritor que valga sin siestas. Dormir a la mitad de la jornada produce una cantidad importante de sueños (a veces) y pesadillas (con mayor frecuencia). Sobre todo éstas son fuente interesantísima de nuevos argumentos literarios, porque su carácter rico en conflictos y ansiedades le permiten a uno urdir tramas que en la vigilia nunca podría haber concebido. Por eso es necesario que al despertar uno anote todo lo que soñó, so riesgo de perderlo para siempre. Ya a media tarde, con el cerebro exhausto de tanto esfuerzo intelectual, al escritor sólo le quedan dos opciones: nutrirlo con un buen libro o salir despavorido de la casa y organizar cualquier tertulia aunque el tema a tratar sea sobre la calidad humana de Laura de América.

Después de cuatro días de llevar esta vida tan espartana, uno logra escribir muchísimo: unas dos o tres cuartillas más o menos legibles y listas para que un corrector de estilo las haga trizas en dos minutos.

 

Nos vemos como siempre aquí, en De la tierra nacida sombra, el próximo miércoles a las 8 de la noche. Hasta entonces.

 

A continuación su audio-bici musicalizada por el chavo ese que le gusta oír música a todo volumen (@bbybone13):

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

3 responses to “[Anti-] Instrucciones para ser escritor – El mundo desde mi bici LXXXII

  • tonamtzalor

    Buenos días, Heiner.
    Me identifico plenamente con tu punto de vista… menos con la parte de levantarme a las cinco de la mañana, es algo que nunca lograré. Puedo decir como pretexto, que a esa hora tengo los mejores sueños para escribir nuevas historias. Igualmente, un abrazo transcontinental.

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  • Erika

    Bueno, eso de abrir los ojos en la madrugada, sí viene con la edad. Después ya no puede uno dormir. Yo por ejemplo, tomo el libro que estoy leyendo y lo sigo haciendo hasta que me levanto; no muy tarde tampoco.

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