Sobre los golpeadores y otras manifestaciones – El mundo desde mi bici LXXX

Usted va a confirmar aquí que me estoy convirtiendo en una persona que gusta solazarse alrededor de sólo unas cuantas ideas. La ciencia, con especial predilección por la física y la genética, me atrae por dos razones: 1) cada vez que me entero sobre algún nuevo descubrimiento científico me convenzo de que vivimos en un universo de risa; y 2), constato, como Pascal, que a pesar de que sabemos cada día más, cada vez comprendemos menos. Uno de los muchos hallazgos de la física contemporánea (y que por supuesto me tiene hecho un tonto) ha sido el de haber descubierto que el tiempo no transcurre. Es más, esta disciplina del conocimiento se atreve a afirmar que el presente, el pasado y el futuro son todos una misma cosa, como si de un bloque de concreto se tratara. Sin embargo, en el universo que nos tocó vivir parece ser que, por alguna razón y contraviniendo varias leyes de la física, el tiempo transcurre de forma lineal. Es decir, el tiempo aparenta ir siempre hacia adelante, como el río de Heráclito. La explicación a este singular fenómeno parece estar en el principio de entropía tal y como lo concibió Ludwig Boltzmann. Este principio afirma que nuestro universo parte del orden extremo (justo antes del Big Bang) y se dirige hacia el desorden absoluto. Como la entropía implica un fin (el desorden universal) es por eso que el tiempo que rige nuestro universo tiene una dirección. De todas las increíbles teorías que la ciencia ha planteado, la de Boltzmann es la que más me cuadra. Me cuadra porque veo sus efectos reflejados en la vida diaria.

A la Ciudad de México se le conoció alguna vez como la Ciudad de los Palacios. Eso fue cuando la mayoría de sus edificios eran no sólo suntuosos y grandes, sino también de buen gusto. En nuestros tiempos, con el advenimiento del art narcó y el neoclásico politikkon, mucho de ese lustre se ha perdido. La construcción de los segundos pisos en el periférico y de los aparatosos distribuidores viales que se emplazan en distintos puntos de la ciudad han aportado su cuota de fealdad poco práctica. Los cerros circundantes, antes cubiertos por pinos y árboles de varia naturaleza, ahora se ven tapizados por casas y edificios a medio hacer. En los años cincuenta del siglo pasado, Carlos Fuentes escribió la más brillante y al parecer la más fantasiosa de sus novelas: La región más transparente. En ella hace alusión, entre otras cosas, por supuesto, más importantes, a lo prístino y claro de la atmósfera del Valle de México. Sólo unos cuantos años más tarde, los mexicanos nos dimos a la tarea de contaminar con muy variados gases de efecto invernadero el aire, al tiempo que llenábamos con basura y químicos tóxicos e indestructibles la tierra que nos da sustento y el agua que nos purifica.

Todo lo anterior sólo es el brote epidérmico de una enfermedad crónica. En este país, cada quien tiene licencia para hacer lo que se le dé la real gana. Para los rusos o para los venezolanos esto podría parecer positivo y signo inequívoco de una vigorosa democracia y de un sistema respetuoso de las garantías individuales. No lo es. Que circulen camiones de carga pesada por las vías rápidas, que el transporte público no respete los límites de velocidad, que la gente no use los pasos peatonales, que los delincuentes “trabajen” a sus anchas, que la economía ilegal crezca con vigor inusitado, que los líderes partidistas manejen sus redes de prostitución desde sus oficinas presidenciales, que la gente se empiece a organizar para hacer labores de seguridad pública y que los políticos salgan siempre impunes de sus latrocinios son síntomas evidentes del cáncer que nos corroe.

Las manifestaciones públicas, en un principio, se organizaron para protestar contra todo lo anterior y para reivindicar los derechos esenciales de los mexicanos. Como en su momento advirtió Albert Camus, toda forma de rebelión tiende a degenerar y termina convirtiéndose en lo que combate. Es así como las marchas pacíficas y las silenciosas se fueron convirtiendo en manifestaciones que llevan furiosas hordas dispuestas a destruir todo lo que se encuentren en su camino. Es tanta la vocación por la violencia, que ahora todo grupo manifestante se ve en la necesidad de contratar mercenarios y golpeadores profesionales. De esta forma, pueden herir con suma eficacia a cuanta persona se les atraviese, a robar con toda impunidad cuanto comercio esté a la vera de su camino y a pintar o hasta destruir cualquier cristal o fachada en detrimento de la economía y el entorno urbano. Las marchas ahora son pequeñas revoluciones que aspiran a encarnar una mayor.

Y es que el mundo insiste en escurrirse entre nuestros dedos. Unos dicen que es la falta de educación, otros, la falta de escrúpulos, otros más, la sobrepoblación. Yo digo que son las tres. Es tanto el daño que se ha infringido, que éste se ha colado hasta las altas esferas de la inteligencia. Ahora resulta que los intelectuales, en especial los que se dedican a la crítica, también se hacen acompañar de sus golpeadores profesionales. Acostumbrados a unirse en “gremios” y “grupos” que no son otra cosa más que pandillas ilustradas y, por ende, pandillas de la peor ralea, han reclutado a varios suspirantes a escritores para que compongan las más bellas loas a sus sacrosantos líderes y arremetan con argumentos soeces, provocadores y con frecuencia mal sustentados a los que disienten de su clan. Si uno se atreve, literalmente, a rozar con la orilla de su pluma a un “consagrado” de la cultura en México, es muy probable que le caigan a uno más de tres fulminantes réplicas en forma de uppercuts patafísicos. La función de estos golpeadores intelectuales es la de ridiculizar al atacante y forzarlo a hacer mutis. Si uno se atreve a ejercer su derecho de réplica, ¡que Dios lo guarde porque los ángeles caídos de todos los infiernos vendrán a reclamar su alma!

Toda esta sistemática descomposición parece confirmar el principio de Boltzmann. Sin embargo, quiero creer, la vida y la inteligencia pueden todavía hacerle frente.

 

Le invito entonces a que venga otra vez por estos rumbos, el próximo miércoles, en punto de las 8 de la noche y nos recetemos una nueva bici antes de que alguien apriete el botón. Recuerde, la cita es aquí, en De la tierra nacida sombra.

 

Si lo prefiere, aquí su audio-bici con música de Goyito (@bbybone13):

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

4 responses to “Sobre los golpeadores y otras manifestaciones – El mundo desde mi bici LXXX

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