El que se enoja, pierde – El mundo desde mi bici LXXVI

Foto de Milenio.com

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Muchas veces no entiendo nada, y eso me frustra mucho. Hace unos días me encontré con esta reveladora noticia en la sección de salud de un prestigioso periódico de circulación nacional: “Enojarse aumenta el riesgo de un infarto”. No supe si reír a carcajadas o agarrar a periodicazos al primero que se me pusiera enfrente. ¿Por qué los comunicadores últimamente se empeñan en vendernos lo obvio? ¿Creen acaso que todas las madres en este país no ingirieron las dosis adecuadas de ácido fólico cuando nos tenían en sus entrañas? Mire usted. Me ufano de tener una cultura televisiva muy amplia. Desde chico veía la televisión a hurtadillas; le hacía creer a mi abuela que estudiaba, cuando en realidad estaba viendo mis programas favoritos a un volumen sólo apto para los oídos de una hormiga y así evitar ser descubierto. Como en mis tiempos la programación para niños era limitada, muchas veces veía series que fueron concebidas para gente un poco mayor que yo. En aquel entonces, al parecer, se pusieron muy de moda los infartos. En dos de cada tres programas alguien moría de este mal. Y en todos, sin excepción, el enojo le precedía.
—Fernando Anselmo, tengo que decirte algo.
—Dime, Anatolia Crisóstoma, qué es lo que pasa.
—¡Cristina Susana, tu hija, tu tesoro de tan sólo 16 años…!
—¡Qué, mujer, dime! ¿Qué le pasa a Cristina Susana? ¿Por qué tienes el rostro desencajado?
—Cristina Susana, Fernando Anselmo, Cristina Susana…
—¡Cristina Susana qué, por Dios! ¿Qué tiene, qué le pasa?
—Cristina Susana, Fernando Anselmo… ¡está embarazada!
En este momento se oye un piano tocar un siniestro acorde, Fernando Anselmo se pone rojo del coraje y, acto seguido, sufre un infarto fulminante. Fin del capítulo. Casi todos los programas tenían la misma fórmula para resolver las causas de esta terrible afección: mala noticia + enojo = infarto. Estoy seguro que de aquí sale aquella expresión popular que alude al extremo enojo de alguien cuando se dice que está infartado. Es así que, al menos para un servidor, no es para nada una noticia que los enojos provoquen infartos. Sin lugar a dudas, una gran noticia sería el descubrimiento de un remedio infalible contra los enojos.
Los que me conocen dicen que tengo un carácter del nabo. Cuando me exaspero, la gente se me queda viendo con tal cara, como si el mismísimo diablo se les hubiera aparecido. No sé qué expresión pongo, pero creo que no es, digamos, la mejor. El quid está en que me es imposible pasar un día sin enojarme.  Ayer, por ejemplo, venía en mi coche de visitar a un cliente por la tarde. El tráfico estaba bastante decente, todavía no era la hora pico. Como buen marzo capitalino, empezó a llover sin previo aviso. Nada más cayeron las primeras dos gotas y todo se echó a perder. Se organizó un tráfico de los mil demonios. Los automovilistas bajaron su velocidad —a unos dramáticos 5 km/h—, como si sus coches, cual esponjas, estuvieran absorbiendo toda el agua que caía del cielo, provocando que sus vehículos adquirieran unas dimensiones y peso inmanejables. En mi radio la música calló para dar paso al noticiero de la tarde. Para empezar, esta noticia: las leyes secundarias de telecomunicaciones quieren revivir sin sutileza alguna la censura, y al mismo tiempo mejorar los mecanismos de extorsión hacia los concesionarios de esta industria. Por otro lado, el ínclito señor don Humberto Suárez, ex-secretario de finanzas del gobierno de Michoacán, tuvo la delicadeza de hacerse multimillonario vaciando las arcas estatales. Como se le descubrió su responsabilidad, se le tuvo que seguir un proceso penal, el que desahogó pagando una fianza de más de 50 millones de pesos, que sacó del cambio que traía en la bolsa derecha del pantalón. Sobre el dinero que se robó, con toda evidencia una cifra muchísimo mayor al importe de la “ridícula” fianza que se le impuso, no se sabe nada. En lo que me distraigo con estas nimiedades, un señor Vladimir, presidente de Rusia y cuyo apellido debería llevar acento en la i, decide mandar sus barcazas de guerra a mares latinoamericanos en franca agresión y extremo nomeimportaísmo. Cuando escucho con cuidado esto, una patrulla, para regular el caos vial en el que estoy inmerso, decide bloquear la mitad de la calle por la que circulo. El tráfico empeoró sensiblemente. Después de media hora, durante la cual pude salvar la increíble distancia de doscientos metros, pude llegar a la oficina sólo para enterarme de que el cliente que debería haber pagado no lo hizo. Al llegar a la casa por la noche, no pude siquiera ver un capítulo de mi programa favorito, House of Cards, porque el maldito Internet no servía. Ante esta bola de cosas y extraños sucesos y a su tenaz empeño (¡así de hiperbólico!) por presentarse todos los días, compréndame, es imposible no enojarme.
Me pregunto entonces: ¿cómo puedo evitar el inminente infarto? (Y por favor no me diga que no me enoje, porque me enoja.)

Como siempre le agradezco su atenta lectura. Lo espero aquí, el próximo miércoles en punto de las 8 de la noche, con una nueva bici. Si no lo hace, ya sabe lo que me puede ocurrir.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

7 responses to “El que se enoja, pierde – El mundo desde mi bici LXXVI

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