Las malas metáforas – La Bici LXIX

Ilustración tomada de sites.google.com

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¿Es imprescindible la metáfora para la literatura? Y, por otro lado, ¿siempre que encontremos una metáfora habrá ahí literatura? Veamos. Este recurso es una figura del lenguaje que utiliza una cosa o concepto para designar a otra cosa o concepto similar. Algunas muestras de ella, que he tomado del diccionario de la RAE por pura conveniencia, son: “Las perlas del rocío”, “La primavera de la vida” y “Refrenar las pasiones”. No serán los mejores ejemplos, empero por ahora nos son suficientes. Su invención debió haber sido simultánea a la invención de la poesía: la encontramos en los textos más antiguos y, en algunos casos, como lo es el caso de la literatura escandinava del medioevo, es parte fundamental de ella. Su función más inmediata es la de ampliar los alcances del lenguaje. De entre todas sus características la que en lo personal más me gusta es su capacidad plástica. Cuando decimos “La primavera de la vida” imaginamos primero a la primavera, después a la vida y por la feliz unión de ambos términos llegamos salvos a nuestra juventud. En verdad es casi imposible concebir una novela, un cuento o un poema que no esté adornado por algún conjunto de metáforas. Sin embargo existen: sólo habrá que recorrer las páginas que nos dejaron Chéjov y Carver, autores ambos de magníficas obras literarias que prescinden por completo, en la gran mayoría de sus textos, de la metáfora. Con esto contestamos a la primer pregunta: no es necesaria la metáfora para la construcción de una obra con valor artístico. Con respecto a la segunda, podremos afirmar sin temor a equivocarnos que una golondrina no hace una primavera y mucho menos si la golondrina es de dudosa calidad.

No porque la metáfora vista mucho quiere decir que vista bien. Esto se debe a que no todas las metáforas son eficaces y por lo tanto bellas. Es más, hay muchas que con toda franqueza podremos considerar como malas, sobre todo si su uso se generaliza hacia campos poco propicios para su cultivo, como por ejemplo el de la política. Aunque los discursos, que forman parte de la retórica, han sido utilizados desde siempre por los políticos, nunca como ahora se ha abusado tanto del quehacer metafórico dentro de ellos. Hoy en día no hay discurso que no esté engalanado por al menos tres o cuatro de estos tropos. Esto se hace, más que para embellecer un discurso, para que el orador destaque sobre sus adversarios políticos. Los escritores de discursos se han afanado tanto en esta tarea (la de hacer destacar sobre los demás a su cliente, el orador) que han concebido una serie de metáforas de lo más desatinadas. Cuando era muy joven tuve la oportunidad de padecer a dos presidentes de la república que se distinguieron por su particular locuacidad. Competían junto con Fidel Castro para ver quien de ellos aburría más y por más tiempo a su audiencia. Al primero de ese par le oí decir, en medio de la primer crisis devaluatoria de la que yo me acuerde, que esperaría con calma “el juicio de la historia”, cuyo veredicto sería con toda seguridad favorable hacia su persona. Hasta ahora, tengo entendido, el señor sigue esperando dicho “veredicto” dentro de la comodidad de su hogar y cobijado por el olvido de la mayoría de los mexicanos. El segundo, que se distinguió por su capacidad para derramar lágrimas de cocodrilo, fue más prolífico. De él escuché por primera vez la desconcertante expresión “el concierto de las naciones”. Desde tan tierna edad me costó mucho trabajo concebir que las naciones pudieran interpretar algún tipo de música, a menos que esa música esté conformada por las percusiones producidas por las bombas que entre ellas se arrojan. La peor metáfora que le llegué a escuchar a tan distinguido señor fue cuando dijo que “defendería al peso como un perro”. Lo que no nos aclaró este buen hombre es que los únicos perros que conocía eran los falderos. Este mal, para el infortunio del mundo entero, no es exclusivo de nuestro país. Nuestros vecinos gringos gustan llamar a nuestro territorio como “SU patio trasero” y cuando le hacen la guerra a un país olvidado y paupérrimo les encanta argumentar que no pueden llevar a cabo su santa labor sin provocar algunos “daños colaterales”. Los israelitas y los palestinos se sienten muy cómodos viviendo dentro de su “tensa calma” (¡hágame usted el … favor! A ver, si usted está estresado ¿puede estar al mismo tiempo en perfecta calma?). El “calentamiento global” supongo tendrá algo que ver con los globos aerostáticos, ¿no es así? El comentarista que califica como “la esperanza verde” a cierto grupo de ñoños que no pueden darle una patada limpia a una pelotita o que cuando se refiere a cierto gol dudoso lo llama como “El fantasma de Machala” nos hace ver que, ahora sí, el horno no está para bollos.

Se supone que las metáforas ayudan a revelar una cualidad oculta de la naturaleza de algo o alguien. Vivimos tiempos en que nuestras herramientas se han convertido todas en cuchillos de doble filo y se vuelven contra nosotros, rebelándose. Ahora resulta que las metáforas son usadas para ocultar en medio de sandeces.

Como siempre le espero con otra bici la próxima semana aquí mismo, en De la tierra nacida sombra (que por cierto es una bella metáfora de Sor Juana); mismo día y a la misma hora.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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