¡Es usted un inconsciente! – La bici LXVIII

Scientific American, Enero 2014

Scientific American, Enero 2014

Hace tiempo le pregunté si alguna vez se descubrió en el portal de su casa sin saber a ciencia cierta cómo había llegado hasta ahí. Espere, no; no es una pregunta existencial para averiguar el curso que su vida tomó y que lo llevó hasta su condición actual. Me refiero al hecho de no recordar nada sobre el trayecto que usted hizo de un punto A a un punto B momentos después de haberlo realizado. ¿Verdad que le ha pasado al menos una vez?¿Usted sabe cómo le hizo para llegar sano y salvo? ¿No? Le pregunto porque yo tampoco tenía ni la más remota idea de como contestar a esta pregunta. Alguna vez llegué a darle a este fenómeno una explicación por el lado de la patafísica: imaginé que cuando esto me sucedía me desplazaba de mi universo a otro paralelo sin darme cuenta. Pero resulta que no, que la explicación está en otro rincón. Investiguemos, pues, este fenómeno con mayor amplitud. ¿Recuerda todo lo que hizo el día de ayer? ¿Sí? ¿Y lo que hizo antier? ¿Sí… pero… ? Este tema del repentino olvido ya lo había tratado en una bici anterior, pero en esta ocasión he variado en unos grados el ángulo de aproximación hacia él. Este cambio de óptica se debió a un artículo que leí en la revista Scientific American de este mes y que se llama “Nuestra mente inconsciente” (Our Unconscious Mind*), escrito por un tal John A. Bargh.

Resulta que los más recientes estudios sobre la forma en que opera nuestra mente concluyen en que ésta usa más su parte inconsciente que su parte consciente. Y esto no sólo lo hace durante el sueño, como alguna vez nos enseñó Freud, si no que también lo hace en plena vigilia. Durante un ensayo, a unas personas (por cierto, todas normales y en apariencia cuerdas) se les propuso elegir a un candidato para un puesto público de entre un grupo de perfectos desconocidos. La decisión debía hacerse con la mayor celeridad posible. El estudio arrojó que la mayoría elegía en base a la raza, a la apariencia o al gesto (los candidatos que sonreían fueron más votados que los que no; así que ya sabe, si quiere ganar un puesto de elección popular, por favor, sonría). Cuando a este grupo de personas se les pedía que explicaran el motivo de su elección, sólo decían que los elegidos les parecían más confiables que los demás, pero no supieron explicar exactamente por qué les parecieron más confiables. Veamos esto otro. Tenemos enquistadas dentro de nuestro lenguaje estas dos expresiones: al calificar a una persona como cálida, damos a entender que ella es amable, bondadosa y amigable; en cambio, cuando decimos que una persona es fría, es porque es indiferente, no muy amigable y con toda seguridad nada bondadosa. Pues bien, si nosotros recibimos a alguien en nuestra oficina y le damos una taza de café calientito, es muy probable que esa persona nos califique como personas amables. Si en cambio le ofrecemos un vaso de té bien frío con toda seguridad nos tildará como personas distantes y hasta difíciles de tratar. Estos juicios se dan gracias a los afanes de nuestro inconsciente y no gracias a nuestro estado más lúcido. Otro experimento, que por cierto no es para nada políticamente correcto, apelaba a evaluar los juicios de valor de un grupo de voluntarios. La persona evaluada tenía frente a sí dos botones: uno izquierdo y otro derecho. Presionando el botón izquierdo se calificarían las cosas o personas “malas” y si se presionaba el botón derecho se calificaría a las “buenas”. Al voluntario se le proyectaba una imagen por muy breves instantes y esta imagen podía ser de un objeto o una persona blanca o negra. Durante el primer ejercicio la regla era la siguiente: si el objeto era blanco o de raza blanca debía pulsar el botón de bueno y si era un objeto negro o de raza negra entonces debía pulsar el botón izquierdo. El índice de asertividad aquí fue muy alto. Sin embargo, cuando se invirtió el juicio de valor a blanco/malo y negro/bueno, este índice se fue al suelo. El artículo refiere a otros experimentos y observaciones sobre comportamientos comunes que no enunciaré aquí por razones obvias. Las conclusiones apuntan hacia el mismo resultado: muchas de las “decisiones” que tomamos todos los días, si no es que la gran mayoría, están basadas más en lo que nuestro inconsciente manda que en razonamientos conscientes.

Habiendo llegado hasta aquí, se me ocurrió la idea de que el ejercicio de la escritura, el que practico en este preciso momento, es de hecho una demostración de que con un poco de esfuerzo podemos ser capaces de utilizar más nuestra parte consciente. Tengo que aceptar que esta idea peca de ingenua. Se sobrevalora mucho el oficio del escritor (aunque algunos escritores se quejen de que esto no es cierto), al grado que se le clasifica como parte de esa rara avis conocida como clase intelectual (clase que se jacta —muchas veces sin demostrarlo— de usar más el intelecto que el resto de los mortales). Mas siendo honestos, mucho de lo que escribimos nos llega en automático, como si otra persona nos estuviera dictando. Borges y Paz reconocían un ente superior, ese otro que llamaron poesía. Un buen escritor —decían— no crea nada, sólo debe escuchar muy bien. Y es verdad, uno copia de su otro yo, el inconsciente que nos gobierna.

Las repercusiones de esto me parecen poco halagüeñas. Una de ellas cuestiona sin ambages la existencia del libre albedrío y esto, como usted sabe, me puede mucho. ¿En realidad decidimos o más bien actuamos en base a nuestros prejuicios? Otra repercusión apela a nuestra naturaleza: ¿somos homo sapiens-sapiens o más bien somos homo zombies-zombies? Una más. En la bici en donde refiero el tema de la memoria ligada a vivir con plena consciencia la conclusión a la que llego es errónea, si no por completo, al menos en gran parte. Concluyo ahí con hiperbólico entusiasmo que debemos apelar más a nuestro lado consciente para así poder disfrutar más de nuestras vidas. Después de leído este artículo del Scientific American, en donde se demuestra que nuestra capacidad racional no es tan amplia como suponíamos, y que incluso es mucho más limitada, no me queda más remedio que declarar mi profundo desasosiego. ¿Qué es entonces la vida, qué somos nosotros? Me aventuro a proponer(me) lo siguiente: la vida es reconocer nuestra naturaleza y, a partir de ese reconocimiento, superarla.

Escrito esto, le pido que nos leamos el próximo miércoles a esta misma hora en este su blog De la tierra nacida sombra.

* Bargh, John A.; Our Unconscious Mind; Scientific American; Volumen 310; Número 1; Enero 2014

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

4 responses to “¡Es usted un inconsciente! – La bici LXVIII

  • sabritas999

    Hola,
    A mi me pasa muy seguido esto. No recuerdo muchas cosas y hago muchas en automático. Mil gracias por citar la fuente de tu artículo. ¿Me podrías decir en dónde compraste esta revista?

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  • Cesar Huici

    Mi estimado Boeneker, apenas un poquito de tiempo atrás, caigo en cuenta de tu capacidad literaria. Enhorabuena!… qué bien que puedas desarrollarla. Esto de la mente inconsciente ya lo había leído, y por más difícil de creer que sea, muchas de nuestras actividades diarias son controladas por el lado “Homo-zombie-zombie” como le llamas…saludos Atte
    César Huici

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