Esa manía de apoyar la cabeza sobre la mano – La bici LXVI

IMG_0137Dicen que para ser artista hay que parecerlo. Puedo —y no— estar de acuerdo con esta frase. No estoy de acuerdo porque la apariencia, la rama más banal de la estética, se convierte en moda y por lo tanto no es definitiva (¿o definitoria?). Cuando hablamos de algún científico, cualquier científico, lo primero que viene a nuestra imaginación es un hombre de edad con surcos por arrugas en la frente, muy canoso, bigote abundante y mal cuidado, con aspecto de ser buena gente y que lleva una cabellera que se empecina por tender al afro sin llegar a serlo. Así es. Cuando se nos dice científico, pensamos en Einstein. Para ser franco creo que ningún hombre de ciencias se pareció ni se ha parecido a él. En cuanto a imagen Einstein fue la excepción a la regla. Los científicos que yo recuerdo haber visto (los de a de veras y no ésos que salen en la tele) usaban anteojos de pasta negra, llevaban un corte de cabello a la brush y vestían una corbata muy angosta y una camisa blanca de manga corta. Al menos el 87.34 % de los científicos de la NASA lucían de esta forma; el restante 12.66 % no usaba anteojos. Sólo gracias al éxito del programa Apollo, ideado y comandado por este selecto grupo de personas perfectamente bien uniformadas, pude convencerme de que la apariencia no sólo ayuda sino que hasta puede ser definitiva (¿o definitoria?).

Hace unos días, me reuní con un excelente amigo, al cual llamaré de ahora en adelante con el apropiado nombre de W. Buffett. Nos vimos para tomar un par de cafés y discutir sobre cuestiones graves y serias; es decir, sobre negocios. Como a los dos nos gusta divagar, la conversación de repente dobló hacia la izquierda y nos llevó directo a Oscar Wilde y a su aspecto. Recordamos los abrigos de mujer que usaba, su cabello largo, suelto y desaliñado, los zapatos con tacón más alto de lo normal y la fama de homosexual que él construyó con tanto esmero para escándalo de la reina Victoria. Sin esta perfecta imagen de sí mismo Oscar Wilde no hubiera sido. Otro ejemplo puede ser el de Carlos Monsiváis. Monsiváis era ante todo una cabeza con cabello ralo, blanco y nunca peinado, unos anteojos, un gato merodeándolo y mucha mezclilla. Fue tal el impacto que tuvo su moda que hasta se usó como disfraz en las fiestas de Halloween, sólo compitiendo en popularidad con las máscaras de Carlos Salinas de Gortari. Los escritores en ciernes, por su lado, adoptaron como su uniforme el look Monsi.

La apariencia nos segrega y nos une al mismo tiempo. Al crearnos una imagen estamos comunicando no sólo lo que hacemos sino también quienes somos y con quien no nos juntamos. Me llama especialmente la atención la imagen que se han inventado los intelectuales. Para ser intelectual hoy en día es imperativo, antes que nada, tomarse una fotografía en donde salga uno sosteniéndose la cabeza con la mano. Entre más afectada hagamos esta pose, más inteligentes y sofisticados pareceremos. Es así como estos mañosos personajes han concebido una serie de variaciones sobre esta postura en su sempiterno afán por la originalidad. A unos les gusta sostener su sien sólo con el dedo índice. Otros se toman la barbilla al tiempo que ponen cara de estar pensando en la refutación definitiva de la teoría de las cuerdas. Las mejores fotos son cuando el modelo decide recargar el cachete sobre su mano (momentos antes de quedarse profundamente dormido); pero mis favoritas (¡y las más honestas!) son aquellas en donde se le captura por sorpresa jalándose los cabellos en un gesto de franca desesperación. Toda esta idea de andar sosteniéndose la cabeza con las manos nos comunica en principio dos cosas: uno, que los intelectuales tienen una masa cerebral digna de ser apuntalada; dos, que por falta de ejercicio tienen un cuello tan ñengo que es incapaz de cargar con su cabeza.

Mas nunca subestimemos las capacidades cognitivas y expresivas de un intelectual. Esta especie de ser humano, aunque nos parezca un poco rara y un mucho nerd, no da paso en vano. Todo lo que hace tiene un propósito, muchas veces poco claro o de plano oscuro. Si prestamos atención, este arreglo fotográfico tiene una fuerte carga simbólica. La cabeza es antes que nada la manifestación del espíritu en el cuerpo y representa al círculo y a la esfera. El círculo y la esfera son símbolos del infinito y de Dios. Los ojos suelen ocupar el centro de la cabeza y su mirada significa la percepción intelectual. La mano que sostiene todo este aparato es la encarnación de la actividad, de la potencia y del dominio. Y ya con toda esta vacua sabiduría sobre los hombros, uno se da cuenta que esta pose le queda de maravilla a Marcel Proust, a Bertrand Russell, a Michio Kaku y al Pensador de Auguste Rodin. Por otro lado, esto también explica la razón por la cual Javier Sicilia sale en todas sus fotos con sombrero.

Nos leemos aquí, en De la tierra nacida sombra, el próximo miércoles a las 8 de la noche en punto.

Anuncios

Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

¿Qué opinas? Déjanos tus comentarios aquí. (No tienes que estar registrado en Wordpress para comentar)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: