Los probadores como búnkers – La bici LXV

Una de las dificultades del oficio de escribir es la de elegir el momento preciso en donde debe empezar el texto de la historia que vamos a contar. Aunque lo que se esté haciendo sea pura invención, siempre hay un antes y un después más vastos que no son relevantes para los fines que persigue el relato. La dificultad también está en erradicar esas partes superfluas sin mermar su sentido. Este aspecto del oficio me hizo dudar mucho sobre cómo empezar la construcción de la bici de esta semana. Lo que resultó fue lo que a continuación apunto:

Durante las vacaciones —como las que acabamos de dejar atrás—, hay gente que aprovecha para huir de su ciudad. Muchos por omisión eligen largarse a un “destino turístico tradicional” (léase Acapulco, Puerto Vallarta o la Isla del Padre, según por donde ande uno), y aunque saben que están yendo a un lugar mucho más conflictivo que la Plaza de la República, no les importa tanto porque “de lo que se trata es de salir a donde sea, ¿o no?” Los que en verdad son ricos se van a unos lugares estupendos. Creo que el sadismo es directamente proporcional al saldo de la chequera, porque estos amigos nos hacen llegar a través del feis o del tuiter unas fotos que si a usted no le causan envidia es porque no tiene ni una pizca de alma. Unos cuantos, como un servidor, nos tenemos que quedar en nuestra ciudad; ya sea porque el trabajo nos lo demanda o porque con toda honestidad debemos de admitir que no nos alcanzó el dinero ni para el picnic en Ecatepec. Empero, como todavía conservamos algo de orgullo, a los que nos quedamos nos gusta decir que lo hacemos porque en estas épocas vacacionales la ciudad es de lo más disfrutable. Afirmamos con aire de suficiencia que podemos ir al restaurante, bar, antro, museo o teatro que se nos dé la gana sin necesidad de hacer cola o reservaciones. La verdad (y esto no lo leyó de mí, ¿de acuerdo?) es que ni a estos lugares vamos. En cambio, a donde sí no perdemos oportunidad de ir es a cualquier centro comercial. Sino pregúntele usted a mi mujer y a Don Balón (a Goyito no, porque fue uno de los que se escapó). Es así como terminamos los tres en el centro comercial de Santa Fe. Como tenemos el fino don de la oportunidad, decidimos ir el mismo día y a la misma hora en que a unos rateros se les ocurrió asaltar con lujo de violencia una joyería de ese lugar.

No voy a dar aquí todos los detalles de tan incómodo suceso, si tan chismoso no soy. Sólo le haré saber que hubo dos momentos. El primero que pareció una falsa alarma y el segundo que resultó ser un pandemonio. Éste es el que nos interesa. Don Balón, que no es nada vanidoso, decidió que necesitaba su quincuagésimo par de zapatos. Fuimos a Liverpool para ver si ahí nos encontrábamos algo que al joven le cuadrara. Cuando estábamos en el departamento de zapatería, sin previo aviso empezó a entrar a la tienda una turba bovina y muy alarmada proveniente de los pasillos del centro comercial. Como nos asustamos, corrimos junto con ellos para refugiarnos a las zonas centrales de la tienda sin siquiera saber qué era lo que sucedía. Después de algunos minutos de confusión y falsos rumores, el personal de seguridad declaró que no había peligro alguno. En ese momento volvimos todos a nuestras actividades de compra como si nada hubiera pasado. Pocos minutos después, una segunda turba irrumpió dentro del Liverpool. Le aseguro que vi a algunos jóvenes recurriendo al parkour para abrirse paso entre la gente. Así las cosas, decidí jalar a mi mujer y a mi hijo otra vez hacia una zona más protegida. Cuando en eso estábamos, una vendedora que actuaba como si fuera hostess de la isla de Lost nos dirigió hacia los probadores. Ahí —aseguró— estarán mejor. La mamá de mis pequeños terribles, que es muy ducha para encontrar los lugares más exclusivos, consiguió un probador vacío para nosotros tres. En él nos encerramos de inmediato. Al principio todo era silencio, hasta que oí que una mujer se había desmayado y un grupo de vendedores trataba de reanimarla. Los del probador de junto, que no eran menos de diez personas, comentaban entre murmullos que un comando armado había asaltado una joyería cercana y que con toda seguridad se habían podido introducir en nuestra tienda. Otros, que se quedaron en el pasillo que comunica a los probadores, preguntaban si ya se podían ir porque todo eso era un fastidio. Su claustrofobia era mayor al miedo por perder la vida. Mientras tanto, decidí esconder mis tarjetas bancarias y casi todo mi dinero en el interior de mis zapatos (dejé dos billetes de 200 pesos en mi cartera para no hacer enojar a los probables delincuentes en caso de que decidieran asaltarnos). Mi mujer hizo lo propio. Don Balón por primera vez en eones no chateaba por el teléfono con sus amigos. En ese compás de espera nos quedamos por largos minutos. Hubo un momento en que todos decidimos guarecernos en el almacén, lugar que parecía más seguro. Y al sopesar nuestra ubicación y situación (el comando armado dentro de la tienda, el ridículo espesor de la “pared” de tabla-roca que nos protegía, el callejón sin salida en el que estábamos atrapados por voluntad propia) empecé a preocuparme aún más. Un papá trató de tranquilizar a su muy asustado hijo diciéndole que los policías pronto agarrarían a los malhechores. Para nuestra fortuna, breves momentos después de oído esto, nos enteramos que los malhechores habían escapado.

Nosotros no pudimos salir del centro comercial. La gente, ante los acontecimientos, decidió irse toda junta y congestionó ipso facto todas las salidas. Al ver esto, mejor nos resignamos y fuimos a tomar un café para hacer tiempo. Seguíamos nerviosos y no nos reconfortaba en lo absoluto ver en pleno sábado al Centro Santa Fe semivacío. Lo único que atiné a expresar mientras esperábamos fue mi temor a que esto se convirtiera en un acontecimiento cotidiano en la ciudad, como lo es ahora en Michoacán, en Tamaulipas, en Coahuila.

P.D. Resulta que ayer, 7 de enero de 2014, nuestro presidente declaró que el país se encuentra tranquilo, en paz, en concordia y muy deseoso de empezar un nuevo año de éxitos. ¡Qué bueno que me lo aclara, Sr. Presidente! Quiere decir entonces que la inseguridad que experimentamos los mexicanos es pura exageración y sólo está en nuestras retorcidas y manipuladas mentes. ¡Me siento tan tranquilo ahora! De veras, ¡muchas gracias!

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

3 responses to “Los probadores como búnkers – La bici LXV

  • Felipillo

    Es una pena que en México estén ocurriendo estas cosas. Aquí en España nos llegan pocas noticias de ustedes y las que nos llegan no son buenas.

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  • Juan Flores Meza

    NO PUEDE GENERALIZAR ASI. MEXICO NO ES SANTA FE PARA QUE SE ENTERE. NO ESTOY DE ACUERDO EN QUE LE FALTE AL RESPETO AL PRESIDENTE TAMBIEN ES SU PRESIDENTE Y EL DE TODOS NOSOTROS.

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    • Enrique Boeneker

      Hola de nuevo, Juan.
      Veo que también me hiciste favor de hacer un comentario aquí mismo, en mi blog, lo cual te agradezco mucho como ya sabes. Te respondo también aquí con el objeto de ser muy claro contigo y para con mis lectores: no es ni ha sido mi intención faltarle el respeto al presidente. Además dar mi opinión, aunque ésta no coincida con la del gobierno o alguno de sus gobernantes, no implica una falta de respeto. En mi texto nunca lo insulto, simplemente le hago saber que no estoy de acuerdo con él. Coincido contigo en que Santa Fe no es México, pero tampoco podemos ignorar que en muchos estados de este país están sufriendo las consecuencias, y muy graves, de la inseguridad. Yo creo que es importante atajarla cuando los primeros síntomas aparecen.
      Te agradezco una vez más tu lectura.
      Un abrazo,
      Enrique Boeneker

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