Las erratas y otros monstruos criminales – La bici LXIV

Mientras que las herramientas de escritura han gozado de grandes avances en los últimos cien años, las erratas de todo tipo se han multiplicado sin control aparente. Antes todos escribíamos a mano: las tareas, las cartas, los libros y las ininteligibles recetas médicas. En las escuelas primarias se les impartía a los alumnos una materia sólo apta para probar la paciencia de chinos y japoneses: la caligrafía. Su ambicioso objetivo: hacer legibles los pavorosos garabatos que como niños con tanta naturalidad hacemos. Con la invención de la máquina de escribir el proceso de escritura se agilizó. Las secretarias (perdón, pues, las asistentes) se contrataban por su velocidad mecanográfica y eran motivo de lucimiento social: “Fíjate que Clotilde puede escribir 215 palabras por minuto.” Ayudados por sus asistentes, los escritores usaban también este maravilloso invento para pasar en limpio sus manuscritos antes de llevarlos a las editoriales. Algunos, como Carlos Fuentes, sólo escribían con este artefacto (y, por cierto, lo hacía de dedito: usaba sólo los dedos índice al grado que llegó a deformárselos). Para emparejar este avance se creó un sistema criptográfico que abreviaba la escritura a mano de tal forma que le permitía ir a la misma velocidad del habla. Así nació la taquigrafía. De esta disciplina abusaron con felicidad Jorge Luis Borges y su (verdadera) pareja, María Kodama. La pausa y la reflexión eran símbolos inequívocos de aquellos años aún a pesar de las Smith-Corona y las Remington. La gente, al verse forzada a usar un trozo de papel, se tomaba su tiempo para escribir cualquier cosa. Había la convicción de que lo escrito permanecía para siempre, aunque se fuera al bote de la basura.

No quedaba de otra mas que hacer todo con calma y con mucho cuidado, porque tampoco se podía uno dar el lujo de andarse equivocando a cada rato salvo pena de gastar una fortuna en tinta y papel. Los escritores hacían su manuscrito, le daban su buena revisada, corregían dos o tres cosas (ese verbo mal conjugado, el adjetivo aquél, alguna preposición mal empleada) y lo llevaban a su editor. La última oportunidad que se tenía para pulir algo antes de ser publicado era la prueba de galeras. Si se era un autor con éxito, cabía la posibilidad para corregir alguno que otro detalle antes de imprimir la segunda edición. A pesar de ser todo tan inflexible (o precisamente por eso) la fe de erratas de cualquier obra no ocupaba más de media página. Por supuesto había sus ilustres excepciones. Se dice que Valle-Inclán escribía acostado y tiraba al suelo las cuartillas terminadas. Cuando estaba lista su obra, recogía el tiradero como sólo Dios le dio a entender y se lo daba a su editor. Sus primeras ediciones, con todas esas páginas mal distribuidas, prefiguraron al surrealismo. Los afortunados poseedores de estos escasos volúmenes afirman que esta aleatoria disposición le otorga un sabroso sinsentido a sus textos.

Para nuestra desgracia llegaron las computadoras y con ellas los procesadores de palabras y sus correctores ortográficos. No niego que son herramientas utilísimas, pero también son armas de dos filos. El problema radica en su “capacidad” para facilitarnos la escritura. Sus correctores ortográficos (los más ambiciosos programas se atreven a incluir correctores gramaticales) nos permiten escribir con mayor soltura. Y agarramos tanta confianza que a menudo escribimos con una ortografía en apariencia impoluta ciertas atrocidades como las que siguen:

“Haber, muchacho, quítate de enfrente.” (En vez de “A ver, muchacho, …”)

o

“La asistente hizo el envió.” (Ni me tomo la molestia para explicar esto).

o de plano cambiarle por completo el sentido a la siguiente frase:

“El hombre llegó a la sima del Everest.” (Cuestión imposible porque el Everest no tiene simas mas si una muy codiciada cima).

A mí me resulta intolerable que los correctores de ortografía se afanen en hacer valer su verdad sobre cualquier otra. Como usted sabe, a mi me gusta llamar al Facebook por su apócope fonético feis o al Twitter, por el breve y poco común nombre de tuiter. Pues el malvado corrector se afana por enmendarme la plana y me impone la palabra feos en vez de feis (¡qué trabajo cuesta escribir lo que uno quiere, de veras!) o tuitee en vez de tuiter.

Estos dispositivos no sólo nos “corrigen” la ortografía sino que asimismo nos permiten cambiar la posición de los elementos de una frase, haciéndonos correr el terrible peligro de tropezar, por tanto barajar la sintaxis, con el uso involuntario de la voz pasiva que tan molesta es para los que saben leer. Incluso podemos cambiar los párrafos de lugar y si nos da la gana, capítulos enteros también. Podríamos, con mucho menor mérito, claro está, jugar a que somos Valle-Inclán.

Tal vez lo peor aún es el hecho de que ahora es más fácil escribir que leer. La vocación de los jóvenes por mandar mensajes de texto por cualquier medio imaginable es un buen ejemplo de ello. Esto se traduce a su vez en el aumento exponencial de las publicaciones en el feis y el tuiter. Los temerarios, como un servidor, se atreven inclusive a constituir su propio blog. Los resultados los tenemos a la vista y muchas veces sólo nos producen pena ajena.

Para abonarle al asunto, los modernos procesadores de palabras nos permiten escoger entre cientos de plantillas con diseños tan vistosos y elegantes que ni el más avezado de los tipógrafos hubiera podido concebir. El autor atestigua conforme va escribiendo cómo lucirá su mamotreto cuando termine. Y de seguro se verá de lo más hip al estar tan adornado con todas esas fotos, viñetas, títulos, anotaciones al calce, pies de página y rayitas de todos los tamaños, colores y espesores. ¡Es que en verdad está más padre que cualquier libro que haya tenido entre mis manos!, dice el jovenazo de allá. Y sí, así es muy difícil resistirse a escribir ¡y publicar! lo que sea.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

One response to “Las erratas y otros monstruos criminales – La bici LXIV

  • Felipillo

    Eso no es lo peor. Lo peor son los que se atreven a opinar así, con una mano en la cintura. Me gustó algo su artículo. Me hubiera gustado más si hubiera descrito bien el proceso editorial. No está completo.

    Me gusta

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