Atrás de la raya… – La bici LXII

Al arte, esquivo en ocasiones, le gusta estar en otro lado. Cuando no se es precavido, lo asalta a uno emboscándolo desde cualquier polvoso recoveco, revelándose lúdico y burlón. A pesar de que Ortega y Gasset en el primer tercio del s. XX había proclamado su deshumanización, éste se hizo cada vez más popular: primero invadiendo galerías, salas de conciertos, teatros, cines, compañías de subastas y hasta las lustrosas paredes de las mansiones; para luego irrumpir sobre las aceras, las calles y los muros descarnados de las casas abandonadas. Este trend tomó mayor impulso a mediados del siglo pasado con la aparición del happening, llegando hasta nuestros días convertido en performance o en su versión best-seller conocida como flash mob. Ahora las pinturas de gis sobre las aceras, las apariciones “sorpresivas” de músicos en las calles, la escenificación de una obra en una plaza pública cualquiera son casi monedas de uso común. Su expansión ha sido tal que se ha desbordado dentro de los lugares menos pensados.

Octavio Paz en su libro Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe se queja con amargura de la moderna indiferencia por todas las bellas artes. Emulando un poco a Ortega, envidiosamente se maravilla de los torneos poéticos y las sonadas tertulias del siglo de oro español y del XVII novohispano. Debo admitir que junto con ellos también envidié. Es verdad que la vida cotidiana puede ser informada en un páramo. Nuestro evidente gusto por el concreto, la herrumbre y las calles ramplonas nos ha sumergido en un hoyo que pretendemos ignorar con olímpico esfuerzo, y eso por no mencionar nuestra innata vocación por despeñarnos a la menor oportunidad dentro de una televisión o una tablet. Mas el arte siempre está al acecho.

Además de mi bicicleta, he tenido que recurrir al metro para transportarme. El hartazgo provocado por las incesantes manifestaciones y el infinito tráfico, además de los sostenidos incrementos a los precios de la gasolina, me han obligado a usar estos medios de transporte. Y ha sido en el metro, para mi sorpresa, en donde se han ido suscitando una serie de performances dignos de ser referidos al menos aquí. Dentro de la línea dos del metro se subió un trovador (no confundir con un cubano de la nueva trova, sino un auténtico trovador del medioevo —¡el hombre llevaba un magnífico disfraz!) que declamó no sin emoción un fragmento de Fuenteovejuna (que por cierto no es medieval, hecho que en verdad poco importa). Más tarde, durante el mismo trayecto, un grupo de alegres y voluntariosos muchachos quiso convulsionar el vagón interpretando algo que creo fue compuesto por el Three Souls in my Mind (que no por el Tri, que casi no es lo mismo). En otra ocasión, un poeta aún no descubierto por esa gigante llamada Mondadori nos recitó media docena de sus poemas que también podríamos reunir en un volumen llamado Los amorosos.  Las reacciones del involuntario público ante el asalto artístico a veces superan por mucho al performer. La mayoría, con tal de no pagar ni un céntimo de propina, hace hasta lo indecible por ignorar al artista en ciernes: tuercen el cuello para esconder la mirada llegando a límites que se creían imposibles incluso para un búho, algunos otros se echan un clavado dificultad 6 a sus smartphones y los más majaderos se ponen a platicar subiendo su voz hasta alcanzar los 140 decibeles. A los que nos gusta aprovechar lo que sea para evadirnos observamos entusiasmados, emitimos una gran cantidad de exclamaciones de asombro y al final aplaudimos hasta poner rojas las palmas de nuestras manos. Y todo esto a cambio de dos pesos o nada.

Pero si uno se fija bien, descubre que el espectáculo no acaba en quien lo ejecuta sino en quien lo ve. Es más, el espectáculo ni siquiera se agota ahí. Éste se alarga y se ensancha abarcando la vida. Ya nos lo había advertido Calderón de la Barca hace medio milenio. Por eso los que saben dicen que debemos abocarnos en lograr que nuestras vidas sean las más completas y mejores obras de arte. Que sea.

Anuncios

Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

One response to “Atrás de la raya… – La bici LXII

  • Maricarmen Rodríguez

    Efectivamente, tienes mucha razón. Estamos viviendo en un país, ciudad, etc. en donde la gente sigue ignorante y no le importa absolutamente nada sobre las artes. He visto en las entradas de las estaciones de las líneas del metro a violinistas, chelistas y declamadores que nos deleitan infinitamente.

    Me gusta

¿Qué opinas? Déjanos tus comentarios aquí. (No tienes que estar registrado en Wordpress para comentar)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: