Sobre la literatura y otros golpes – La bici LXI

Dicen los que mucho estudian que no hay literatura sin conflicto. ¿Y sabe qué? Tienen razón. Imagine usted este argumento. Juan y Juana se conocieron cuando eran niños. Desde esa tierna edad jugaban juntos, iban a la misma escuela, vacacionaban en los mismos lugares. Cuando llegaron a la secundaria se enamoraron y decidieron ser novios. Lograron matricularse en la misma universidad, estudiaron carreras afines, consiguieron trabajos bien remunerados, después se casaron, tuvieron muchos hijos rollizos y vivieron felices el resto de sus vidas. ¿Qué tal le pareció? Más aburrido, imposible, ¿verdad? Ahora compárelo con este otro. Una bella niña pierde a su mamá. Su padre decide casarse con otra señora. Esa señora tiene dos hijas, una más fea que la otra, y las tres aborrecen a la bella niña. La madrastra hace de su hijastra una sirvienta y la maltrata cada vez que puede. Un día, así nada más, llega un bando del palacio real en donde se invita a todas las chamaconas en edad de casarse a un baile ya que el príncipe (el muy conchudo y prepotente) anda en busca de su princesa. El comunicado es claro, deben de presentarse todas. Aún así la madrastra le prohibe a la bella jovencita ir al baile. Llega el gran día y la bella sirvienta ve partir entre lágrimas a su familia postiza rumbo al festejo real. Un hada madrina se aparece y le resuelve el problema: con su magia le consigue un carruaje, unos pajes, un bello vestido, un glamoroso corte de cabello y hasta uñas postizas. Nada más le advierte sobre un insignificante detalle: la magia tiene fecha de caducidad y esa fecha es ese mismo día a las 12 de la noche. Llega nuestra heroína al baile. Comparada con las demás lagartonas, ella es una afortunada mezcla de Angelina Jolie y Megan Fox. Por supuesto el príncipe cae cual bobo a sus pies y no la suelta en toda la noche. Las parientes de la bellísima arden en los aciagos fuegos de la envidia. Sin embargo la hora fatal llega y la bella mujer tiene que salir disparada para que el príncipe no se entere de su pobre condición. Sólo deja tras de sí una zapatilla de ridículas e imposibles proporciones. El príncipe, desconcertado, la recoge. Al día siguiente decide probarla en los olorosos pies de todas las mujeres del reino para dar así con su amada. Cuando llega a la casa de la niña esta, sus parientes la encierran en una covacha. La zapatilla, a pesar de los ridículos esfuerzos, no le calza a ninguna de las dos hermanastras. A través de otro pequeño milagro la protagonista se libera de su improvisada prisión y se la prueba. La zapatilla le viene a la perfección. El príncipe sin más la secuestra y suponemos que se casa con ella y que la hace feliz por siempre y siempre. Lo que le da tensión a este argumento es el conflicto constante al que está sujeta nuestra bella e inocente mujer. Sin éste La historia de la Jolie-Fox simplemente no sería.

Uno llega a creer que un ambiente rico en conflictos sólo se remite al ámbito de la ficción. Infortunadamente, dijo Pero Grullo, esto no es verdad. La verdad es que los conflictos tienden a pasar con suma eficacia de lo literario a esto que llamamos realidad.

Es de usted ya muy conocida mi devoción por Julio Cortázar. El Gran Cronopio es para mí uno de los escritores menos valorados del boom latinoamericano. Es verdad que sus últimos textos, teñidos con el falso tinte de la ideología, no tienen la estatura de su obra previa. Aún así, un gran trozo, el más grande de su obra, me gusta muchísimo. No le abrumaré relatando mis numerosas lecturas de los libros de mi argentino preferido. Prefiero que usted haga las suyas. Sólo le diré que un día esos afanes me llevaron hasta el libro Papeles inesperados. Este libro colecciona una serie de textos que fueron encontrados por la pareja del escritor varios años después de su muerte y que hasta hace poco no se habían publicado. Dato inverosímil: estas cuartillas estaban “perdidas” en el cajón del escritorio en donde Cortázar solía trabajar. Pues bien, en este libro hay un relato que se llama Estamos como queremos o los monstruos en acción. Aquí, como en ese otro estupendo volumen llamado La vuelta al día en 80 mundos, el autor nos narra sobre su afición al box; en La vuelta nos relata la pelea que el mítico boxeador Jack Dempsey tuvo con ese argentino que sólo los argentinos recuerdan y que respondía al nombre de Firpo. En Estamos como queremos escribe del por otro lado bien conocido y también argentino boxeador de los 70, Carlos Monzón. Nunca imaginé que una persona tan creativa, inteligente y vanguardista como lo fue Cortázar haya sido un perseverante seguidor del box.

No soy aficionado al box. Considero a este deporte sólo digno del más salvaje de los trogloditas. Eso de andarse dando de puñetazos por unas cuantas decenas de millones de dólares se me hace de lo más absurdo para un mundo que se jacta de ser civilizado. Si alguna vez llegué a seguir este “deporte” fue durante mi infancia. Y eso se dio porque en aquellos tiempos había un boxeador mexicano, campeón del mundo en la categoría welter, que se llamaba José Angel Nápoles, mejor conocido como El Mantequilla. Tenía este apodo porque, decían, los golpes se le resbalaban. Yo sólo me acuerdo que las victorias que le vi fueron todas pírricas: salía siempre de ellas tambaleándose y con la cara hinchadísima, como si lo hubieran picado cien mil abejas. ¿Cómo no irle a un buen hombre que parecía jugarse no sólo el campeonato del mundo sino la vida misma en cada pelea? Debo confesar que todas fueron muy emocionantes… hasta que le tocó darse de cates con Carlos Monzón. Parece ser que este caballero argentino pertenecía a una división superior y que para pelear contra El Mantequilla tuvo que bajar unos kilitos. Claro, que aún así la presencia física de este orangután era por mucho superior a la de mi héroe. El Mantequilla no ganó esa pelea. Fue tal el daño que le hizo ese maldito que ya no volví a saber algo de mi boxeador predilecto. Entristecí y odié el box. Pasaron los años y me encuentro con que uno de mis autores preferidos no sólo era aficionado hasta la médula de este fraudulento deporte sino también fan absoluto del tal Monzón. ¿Cómo puedo lidiar con algo así? Ahora cada vez que abro un libro de Cortázar parece como si éste me diera un puñetazo justo en medio de la cara.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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