La lectura como vicio 2 – La bici LIX

En verdad yo no sé por qué hay programas de gobierno para fomentar la lectura. En particular porque nuestros gobiernos han demostrado su ineptitud para una gran cantidad de cosas. Recién hace unos días se ha declarado incompetente para controlar y reducir al orden público a la “guardia” que la CNTE y el SME dejaron tras de sí en el monumento a la Revolución. En el ramo de la justicia dejó ir a un capo sanguinario y a una francesita secuestradora en aras del “buen proceso”. Cuando se trata de crear nuevos impuestos o de hacerlos aún más confiscatorios parece ser muy competente cuando en realidad no lo es: son tan leoninas las nuevas leyes fiscales que muchos se van (¿o nos vamos, compadre?) a sumar a la economía “informal”, lo cual redundará en una menor recaudación de impuestos en el mediano plazo. No se diga cuando se trata de echar a andar medidas urgentes de protección civil ante un cantado desastre pluvial, antes desalojamos a algunos quejosos incómodos del zócalo para festejar bien nuestra independencia que a la inerme población que se encuentra en zonas de inundación y deslaves. ¿Y qué opina usted de la calidad de la educación en las escuelas públicas? De eso mejor ni hablamos, ¿verdad? Tal vez por eso tiene que matricular a sus hijos en escuelas privadas y no porque usted sea un millonario rapaz. Si el gobierno no tiene la capacidad para enseñar, mucho menos la tendrá para inculcarnos el hábito de la lectura. Además leer se puede convertir en un terrible vicio por su muy despiadada naturaleza esclavizadora.

Mire usted. Yo empecé a leer por gusto como a los nueve años. No habré sido un Mozart de la lectura, mas empecé a leer a una edad que considero bastante tierna para cualquier ser humano. Mi perdición empezó en un viaje familiar que hicimos a Cuernavaca. Recuerdo que se habían reservado habitaciones en el Holiday Inn. Cuando llegamos al hotel, nos dimos cuenta de que apestaba a ma… feo y que el fondo de su alberca se encontraba decorado con una gran cantidad de botellas de vidrio rotas. El PET en aquellos ayeres creo que todavía no se había sintetizado. Mi tío, el coronel Custer, hizo una sonora rabieta de los mil demonios y canceló todo. Para nuestra fortuna justo en la acera de enfrente de este hotel había otro, de cuyo nombre ni siquiera me puedo acordar. En un acto temerario nos dirigimos capitaneados por Custer a la recepción de ese hotel y, previa inspección que pecó de minuciosa, decidimos hospedarnos ahí. La cuestión es que en aquella ocasión fui el único niño del grupo, y ese niño estaba rodeado por una juvenil horda de los setenta a la que le gustaba asolearse nada más se hubiera desayunado uno y que era muy proclive a leer sendos libros como La palabra, de Irving Wallace o El padrino, de Mario Puzo. Después de nadar en la alberca hasta que me salieron escamas y de jugar por horas con mi hombre de acción, me aburrí. Usted tiene que saber que cuando un servidor se aburre se pone de un pésimo humor. Así que mi madre, desesperada, tomó una decisión irresponsable: me compró en la tienda del hotel lo que ahora se conoce como una novela gráfica. La novela trataba sobre las campañas de Napoleón narradas desde el punto de vista de uno de sus leales soldados. Los dibujos eran tan buenos y la historia tan bien narrada (el protagonista salva por un pelito a Napoleón al final de la novela) que me provocó esta adicción a la lectura que ahora tanto padezco.

Desde entonces leo lo que sea que se me ponga enfrente. En la secundaria agoté toda la “literatura” sobre lo extraterrestre, lo paranormal y lo patafísico. Me leí a Pedro Ferriz Santacruz (q.e.p.d.), a Erich von Däniken, a Jacques Vallée; también me receté un mamotreto que tenía por título algo así como Libro Azul – los archivos secretos del ejército norteamericano sobre los OVNI (precursor, por cierto, de los noventeros X Files) y me suscribí a una revista especializada sobre estos temas. Terminé concibiendo una afanosa teoría que relacionaba a los incas, a los mayas, a los egipcios y a dos anónimos desaparecidos en el Valle de Nazca para probar de manera incontrovertible la existencia de los extraterrestres en nuestro planeta. Después de unos cuantos años y de varios miles de pesos invertidos en una abigarrada biblioteca de lo absurdo, me di cuenta que esto no sólo era un gran negocio sino un fraude estupendo. Sin embargo ese entrenamiento en el ejercicio de leer no fue en balde. Leí todo lo que me dejaban de tarea en las clases de literatura de la preparatoria y algo más. Si el maestro nos encargaba leer Marianela de Pérez Galdós, pero en la clase había dicho maravillas sobre La regenta de Clarín, pues también me recetaba esta última, ¿por qué no? Lo malo es que a la hora del examen se me hacían engrudo los personajes y confundía a Ana Ozores con Florentina, la bella adversaria de Nelita. A veces me da por leer hasta las etiquetas de los productos que consumo (yo me enteré antes que nadie sobre la existencia del glutamato monosódico), la cantidad de metros que tiene el papel de baño, las letras chicas en los contratos, la forma adecuada para aplicar sobre el cuero cabelludo un shampoo, las instrucciones de seguridad en los aviones y hasta esas calcomanías que los automovilistas pegan en la parte trasera de sus coches y que dicen: “Si puedes leer esto… ¡es que estás muy cerca, güey!”

¿Y usted cree que a mi edad y después de tanto leer padezco de vista cansada? Pues no, porque resulta que a los miopes rara vez se nos cansa la vista. Así que ni modo, a seguir leyendo.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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