La lectura como vicio 1 – La bici LVII

Dicen que los que escribimos somos chismosos por naturaleza. Aquí entre nos, yo no tengo por qué negar nada. Hay muchas cosas que motivan mi curiosidad, una de mis favoritas es el extraño comportamiento de los lectores-snob. Permítame fijar el significado de este último terminajo. Su primera parte no tiene pierde. Lector es una especie animal que está en peligro de extinción en México. No me gustaría repetir aquí esas huecas estadísticas que dicen lo muy poco que leemos, pero, como no veo otra alternativa, ahí le voy: los mexicanos consumimos per capita menos de tres libros al año. Aquí encuentro dos imprecisiones. La primera es que el vocablo consumir no equivale al vocablo leer. Yo conozco mucha gente que compra libros sólo para decorar su sala o para apuntalar las patas de la mesa de su tele. A esa gente ni por acá se le pasa que los libros son para leerse. La segunda es una crítica a los métodos poco exhaustivos de los que se sirve la estadística. Aunque sus fundamentos se encuentren en ciertas operaciones matemáticas, que en este caso consisten en dividir el número de libros vendidos en un año entre el número de habitantes que suponemos saben leer y escribir, la realidad nos dice que los pocos que leen lo hacen con profusión y con mucho gusto. Algunos de estos extraños seres afirman leer 52 libros al año, es decir, uno por semana. Otros, más modestos, sólo 25. Los más se refinan un libro cada mes. Los menos, como yo, no nos interesa contarlos. Los libros que se leen más en este país son las novelas, los de superación personal y los “políticos”. A la mayoría de la gente no le gusta tanto leer cuentos, mucho menos, los ensayos; al teatro hay que verlo, no leerlo, y la poesía no gusta ni en su casa [tamaña tristeza la que me embarga]. Esto, ojo, aplica sólo para la mayoría de los lectores —los cuales siguen siendo, en términos poblacionales absolutos, la gran minoría. Dentro de esa minoría hay otro grupo mucho más ridículo (no por su tamaño, sino por su forma de ser): los lectores-snob.

A los lectores-snob les gusta leer sólo para presumir. Pero, ¿de dónde viene esa palabra tan gastada, snob? Algunos dicen que el origen de este vocablo no es inglés sino latino, y que se da por la contracción de las palabras sine nobilitate (en español simple y llano: sin nobleza). Los snob son personas carentes de nobleza. Ergo, el lector-snob también. Permítame tantito ahí, que voy vengo. El lector-snob carece de toda nobleza ya que lee sólo “para tener tema de conversación”. Si Rayuela acaba de cumplir 50 años y todo el mundo habla maravillas de ella, entonces hay que leerla. Si el grupo de lectura de las señoras-bien está entusiasmado por las 50 sombras de Grey, entonces habrá que ponerse cachondos y a leer la trilogía completa para poder platicar con ellas sobre las sutiles fronteras entre la literatura erótica y la pornografía. Si un habitante de la antigua Formosa gana el premio Nobel de literatura, entonces habrá que ir corriendo a la librería más cercana a comprar todos sus libros para atragantárselos en una o dos semanas a lo más, porque en la reunión mensual de los-intelectuales-empequeñecidos seguro discutirán la pertinencia o no de este reconocimiento. Si se muere un escritor famoso, como sucedió con don Alvaro Mutis este fin de semana, muchos sin duda se erigirán en conocedores profundísimos de su vida y obra (previa compra de algún par de novelas, por lo menos para saber quién coños es Maqroll el Gaviero [y un diccionario para averiguar qué demonios significa gaviero]).

Lo que define a este tipo de lectores es su generalizado padecimiento del F.E.S. (síndrome del examen final, por sus siglas en inglés). Este síndrome es el que sufren aquellos estudiantes que unos cuantos días antes de algún examen se queman las pestañas para aprender de un sentón, por ejemplo, todos esos huesos y órganos que nuestro cuerpo posee y así acreditar la materia de Anatomía. Durante el examen saben a la perfección en donde está el metatarso, que es una mitocondria y en donde se lleva el proceso de sinapsis. Una vez aprobada la materia, el alumno borra de su memoria todo lo aprendido. De la misma forma opera un lector-snob. Lee lo necesario para poder discutir sobre el tema de actualidad, permitiéndose inclusive el lujo de tomar la posición más absurda posible y así avivar —según él— las llamas de la controversia. Una vez pasada la reunión, el lector-snob olvida todo lo que leyó.

La siguiente vez que vaya a una reunión de diletantes de la cultura evite a todo aquel que se muestre ansioso por desviar el tema de conversación, porque seguramente es uno de estos lectores que, a toda costa, intentará hablar sobre el tema “que domina”, permitiéndole así demostrar lo sabio que es y lo ignorantes que somos todos los demás.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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