El mundo desde mi bici – LV

Todos los mexicanos tenemos la impresión de que somos el país más amable y popular de la Tierra. Nos han hecho creer que todo el mundo nos quiere. Pues déjeme decirle que eso no es cierto. Los mexicanos, a pesar de nuestro natural malinchismo, practicamos una de las formas más hipócritas de la xenofobia: el abuso sistemático de cuanto turista nos visita. Si levantáramos una encuesta entre los turistas que han tenido que tomar un taxi, lidiar con un policía, cambiar sus divisas por pesos o pedir unas enchiladas rojas su opinión no nos sería tan favorable como pensamos. Ni para qué mencionar las infinitas penas por las que tienen que pasar nuestros hermanos centroamericanos cuando se atreven a cruzar la frontera sur. La verdad sea dicha, los mexicanos no somos tan populares como creemos. Para lo que sí somos muy buenos, y por lo que sí se nos reconoce universalmente, es por nuestra capacidad para dar gritos y sombrerazos.
Octavio Paz alguna vez comentó (no me consta, aunque la cita me suena a El laberinto de la soledad) que los mexicanos sólo gritamos por el espacio de una hora los 15 de septiembre para después callar el resto del año. Se refería a nuestra bien enquistada apatía política y no por supuesto a nuestro evidente gusto por la estridencia. Estará usted de acuerdo que es imposible acallar los sentidos gritos de un mexicano cuando un mariachi “se arranca” con El son de la negra. Aquí el grito significa mucho más que la simple expresión de un sentimiento nacionalista: es sin duda muestra de virilidad rayana con machismo descarado. Tampoco es posible ahogar los comentarios a viva voz que hacemos en las salas de cine para condimentar la trama de alguna película. Mi Amigo-Perdido refirió alguna vez que durante la proyección de El exorcista un anónimo gritó “¡Taquitos de guacamole!” al ver el vómito de la muchachita poseída. Cuando a los mexicanos nos da por emigrar, sobre todo a países donde abundan los güeros, se nos identifica porque somos los únicos que nos atrevemos a subirle a un nivel intolerable el volumen al estéreo y organizar así una fiesta espontánea (no importándonos el hecho de si es martes o sábado). Cuando se nos pasan las copas, nos vemos en la solemne necesidad de gritarle a nuestro compadre lo mucho que lo queremos y lo poco que seríamos sin él. Aquí se le grita más al árbitro que al equipo que apoyamos durante un juego de futbol. Si no hace ruido, para que quede bien claro, es que no es mexicano.
No debe extrañarnos entonces que conmemoremos nuestra independencia a gritos. Ese día nuestro presidente se convierte en el gritón más importante del país. No sólo tiene que gritar varias veces el muy manido “¡Viva México!”, sino que también tiene que levantar una serie de vivas a la mayor cantidad de próceres posible: el grito de la independencia convertido en un examen de historia. Así la fiesta patria por excelencia bien puede durar —como decía Paz— al menos una hora. ¡Recordad a Echeverría y a ese pupilo —que por mucho le aventajó— que respondía al nombre de López Portillo!
Durante esta ceremonia no sólo conmemoramos nuestra Independencia, conmemoramos el carácter festivo de este país. El día del grito había sido, desde que don Ignacio López Rayón lo dio por primera vez en 1812, la ocasión en donde el pueblo y el gobierno comulgaban para echar relajo. Este año, sin embargo, no sucedió lo que se había venido sucediendo sin interrupción. Una sombra oscura se posó sobre nosotros el domingo pasado. El zócalo no se llenó. Es más, estaba semi-lleno (no apunté semi-vacío para que no diga usted que soy el colmo de lo negativo), y dicen que los pocos que fueron eran acarreados. ¿Desde cuándo tenemos que acarrear gente para festejar? Por primera vez no celebramos todos. Por primera vez dejamos de gritar. Y si no gritamos quiere decir que algo muy dentro de nosotros se está muriendo.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

2 responses to “El mundo desde mi bici – LV

  • Erika Boeneker

    Siempre se ha dicho que nosotros los mexicanos, recibimos con los brazos abiertos a los extranjeros, etc. Bueno serán a algunos, los que dejan buena propina. Pero nosotros como turistas nacionales, para nada que nos tratan bien. Creo que cualquiera estará de acuerdo conmigo. ¿O no? Erika

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  • katia vera

    Muy cierto compadre. Pero que esperabas del quorum en el zócalo cuando nuestro querido presidente literalmente compró los votos de quienes lo llevaron a esa plaza. Ahora sus estiramanos no lo apoyan si no hay de por medio algún beneficio. Y quién se va a ir a mojar de a gratis?

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