El mundo desde mi bici – LIV

Si de algo se tiene que enorgullecer este país es de sus marchistas. Aunque en las últimas olimpíadas y competencias atléticas nos han quedado bastante mal, debemos reconocer que las emociones que nos proporcionaron con sus hazañas quedaron como marcas indelebles en nuestra memoria. ¿Cómo podríamos olvidar aquella escena durante los juegos olímpicos de Moscú 1980 cuando Daniel Bautista, hecho una saeta y yendo en primer lugar muy por delante de un ruso malencarado, fue sospechosamente descalificado “en lo oscurito”, es decir, debajo de un túnel? ¿O los juegos olímpicos de Los Angeles, cuatro años más tarde, cuando Raúl González y Ernesto Canto nos trajeron sendas medallas de oro y llenaron nuestros corazones de orgullo? Esa fue una de las pocas olimpíadas en donde pudimos escuchar el himno nacional más de una vez. La marcha fue en aquellos tiempos el único deporte que pudo superar en popularidad al futbol. Esa escuela de los Canto, los González, los Bautista y los Pedraza caló tan hondo en nuestro país que dio cauce a toda una nueva casta de marchistas aún más pragmáticos y útiles para la sociedad en general: nuestros queridos manifestantes.
Un manifestante no es otra cosa que un marchista comprometido, entendiendo compromiso con el sentido que le dio Sartre a esa palabra. Sin embargo, así como la literatura comprometida no tiene una buena reputación, sobre todo entre aquellos que proclaman el arte por el arte, así la marcha comprometida —la marcha política— está hoy muy subvalorada entre la población en general. Creo que en ambos casos hay un alto grado de incomprensión. Antes que nada debemos de entender que el derecho a la manifestación privada y pública está con claridad expresado en nuestra Constitución Política. Los marchistas políticos hacen uso de ese derecho inalienable. Por la forma de actuar de nuestras autoridades, o más bien por la forma en que no actúan, entendemos que ese derecho está por sobre todos los demás. Por ejemplo, es mucho más importante el derecho a manifestarse que aquél que pide una educación de calidad para nuestros hijos. También tenemos que entender que las causas de los marchistas siempre son las causas más justas. Y son justas precisamente porque son sus causas. La natural trascendencia de ellas justifica en sí cualquier acción, aunque eso implique atropellar los derechos de los demás, que, como ya vimos, son derechos de menor importancia. Dicho lo anterior se vislumbra la verdadera vocación social y la ínclita heroicidad de nuestros manifestantes.
Caemos entonces en cuenta de que las marchas políticas son mucho más importantes —¡y útiles!— que las marchas olímpicas. Contrario a lo que se pueda pensar, el oficio de marchista político requiere de un entrenamiento rigurosísimo. Recordemos que un deportista sabe en donde está su meta; un manifestante, no. Su lucha puede llegar a ser eterna. También se deben considerar los aspectos tácticos que hacen de esta actividad un asunto de una complejidad incomparable. La marcha política demanda de sus practicantes trabajo en equipo y mucha coordinación. Se deben de organizar a los que gritan consignas, a los que llevan las pancartas, a los golpeadores. En términos bélicos, porque al fin y al cabo hablamos de una lucha por los derechos sociales del pueblo, las marchas poseen una estrategia y un orden sin precedentes. Se debe elegir con sagacidad en donde establecer los campamentos; lo cual siempre se hace, ¡oh, genios descomunales!, en la plancha del zócalo capitalino. También se debe sopesar con sabiduría hacia qué lugares se dirigirán las marchas. Si usted se da cuenta siempre logran llegar a los lugares en donde más estorban. La idea es sólo una: por medio del bloqueo y la provocación logran captar la atención no sólo de los furiosos ciudadanos sino de las autoridades gubernamentales, que por falta de sensibilidad y de visión política han ignorado una y otra vez sus muy justas e históricas demandas. La elaboración de tan complejo dispositivo nos revela la inmensa capacidad e infinita inteligencia de los líderes de estos movimientos. Este simple hecho, el de ser muy capaces e inteligentes, les permite dormir y compartir el pan y la sal en hoteles y restaurantes de lujo a expensas de los marchistas que los apoyan.
Para resumir. Usted debe entender que el único derecho que se respeta en este país es el de manifestación. Usted debe entender que las causas de los manifestantes son siempre justas. Usted debe entender que por ende ser marchista político es mucho mejor a ser un simple marchista olímpico. Usted también debe entender que los líderes deben sacrificarse dándose una vida de reyes porque lo merecen. Usted, en pocas palabras, nunca tendrá la razón y ellos, los marchistas, sí. Así que no se queje. Sea solidario y tolerante. Eso de estar sentado por horas en su coche en medio del tráfico es un privilegio y no una maldición.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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