El mundo desde mi bici – LIII

A mi mujer no le gustan mis libros. Argumenta que no van con la decoración de la casa, que ocupan demasiado espacio, que producen mucho polvo. Tal vez —dice—sea ese polvo el que me provoca las intermitentes alergias que me aquejan. Y no es que yo posea la biblioteca de Alejandría; me podría encantar, pero aún no me he sacado el Melate. Durante más de 20 años de matrimonio logré acumular algunos libros. Debo confesar que al tiempo que iba llenando los libreros de la casa llenaba en la misma proporción mi ego. Tenía libreros en la sala, en mi cuarto y en el estudio. Aunque separados geográficamente, los libros estaban organizados en un estricto orden alfabético. Aparte, me gustaba mantener algunos sobre mi buró: el que estaba leyendo, el que iba a leer, el que recién había leído, el diccionario y ése de Teoría estética de Theodor Adorno que nunca he podido descifrar sin antes quedarme dormido. También tenía algunos libros de arte sobre la mesa de la sala. Mi casa era [casi] un paraíso borgiano en miniatura. Hasta que un día se hartó mi mujer. Sacó los libreros de la sala, desapareció el librero que teníamos en la recámara y refundió todos los libros en los lugares más inhóspitos e inapropiados: en la covacha debajo de la escalera, en los muebles en donde antes se guardaban los blancos, en los armarios, en el cuarto de lavado. Los libros desaparecieron y su orden aristotélico se desdibujó para siempre.
Por supuesto ahora encontrar cualquier libro se ha convertido en la demostración incontrovertible de que al universo entero lo rige la más completa de las incertidumbres. Si quiero encontrar, por ejemplo, el tomo 2 de los Cuentos completos de Poe traducidos por Julio Cortázar es más probable que encuentre el recetario de Chepina Peralta o cualquier otro libro antes de que me tope con cualquiera del buen Edgar. Con seguridad aparecerá después de algunos meses el tan ansiado tomo, pero será demasiado tarde porque mis apetitos literarios ya habrán mudado de Poe a Vargas Llosa. Se sobreentiende que en ese momento no encontraré nada de Vargas Llosa, pero sí los Poemas selectos de John Keats. Llego a sospechar que los libros que sigo sin encontrar nunca los he tenido: son parte de la mitología bibliográfica personal; en términos amazónicos ahora forman parte de mi wish list. Mi vida, en estos últimos años, ha pasado de leer lo que quiero a leer lo que puedo. Claro que este reino de lo aleatorio me depara algunas sorpresas. He encontrado libros que según yo no había comprado. Otros que creía haber perdido en un desafortunado préstamo. Y algunos que francamente me da pena aceptar que compré. Para mi fortuna todavía conservo los libros del buró y los que pongo sobre un pequeño escritorio dentro de la recámara. Mi vida perdería todo sentido si no tuviera al menos esto.
Esta situación explica muchas cosas que me han estado sucediendo últimamente. La más evidente se descubre en mi forma de escribir entre dubitativa y osada. Como al fin y al cabo somos lo que leemos, entonces lo que escribimos delata quienes somos. Como no encuentro los libros que quiero leer y leo los que sí encuentro, esto causa que sea lo que no quiero ser y quiera ser quien tal vez nunca seré. Para remediar un poco este desasosiego existencial, me he dado a la tarea de adquirir libros electrónicos. Estos libros, ya lo habíamos discutido con anterioridad, tienen algunas ventajas. Para el caso las que son relevantes las enumero a continuación: no almacenan polvo que me provoque congestiones nasales, no ocupan espacio alguno y puedo leerlos cuando sea y en donde sea. Sin embargo sustituir mi breve biblioteca de libros reales por libros-e, aún considerando que estos últimos son relativamente más económicos, provocaría en mi familia un descalabro económico de hiperbólicas proporciones. No sólo eso, también me van a terminar provocando una ceguera de santo dios padre; eso de estar leyendo de una pantalla fluorescente no puede traer a la larga nada bueno. La cuestión está, para abreviar, en que no me hallo. Que esto de tener libros pero no poder leerlos me está volviendo loco, al grado de que me he quedado con sólo dos alternativas: o me convierto en un lector geek, pero en eterna quiebra, o invado la casa de mi vecina que tiene un magnífico cuarto que podría albergar mi biblioteca sin empacho. Ayúdeme, por favor: ¿qué escoge, águila o sol?

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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