El mundo desde mi bici – LII

¿Cree en los taxistas? Perdone usted, está mal hecha esta pregunta; no me quiero ir por el lado ontológico del asunto, lo que le deseo consultar debería preguntárselo mejor así: ¿confía usted en los taxistas? Se lo pregunto porque últimamente han gozado de una súbita popularidad entre mis amigos y conocidos. Resulta que con el establecimiento del alcoholímetro la gente ha tenido que recurrir a ellos para no perder su vida social. Es curioso que se les tenga confianza ahora con la mala reputación que han tenido siempre. Se entiende que en un mundo ideal un taxista es un profesional del manejo. Es decir, un experto que no sólo proporciona transportación de un punto A a un punto B, sino que la proporciona de la forma más segura, eficaz y confortable posible. La vida cotidiana y nuestros encuentros y desencuentros con estos profesionales refutan tal teoría. Todos sabemos que los taxistas manejan muy mal. Usan las luces de urgencia para indicar que van a dar vuelta en alguna calle: ¿cuál y para qué lado, izquierdo o derecho?, eso es tarea que sólo un psíquico le puede contestar. En cambio les gusta usar la direccional para avisar que se van a parar (otra vez, ¿en dónde, cuándo? ¡Sabrá Dios!). Gustan de cerrarle el paso a cualquier motociclista o ciclista que ose intentar rebasarlos. Bajan a su “pasaje” —palabra peyorativa— de preferencia en los carriles centrales de una avenida o del periférico. Podría mencionar que los aspectos que más me molestan son su inmunda pericia para pasarse los altos a la mínima velocidad posible y su vocación por encontrar siempre la ruta más larga, conflictiva y peligrosa hacia nuestro destino. Hay un nuevo aspecto, sin embargo, que debería despejar cualquier duda con respecto a la supuesta confiabilidad de los taxistas: resulta que ahora el chofer de un taxi puede ser un político disfrazado.

Lo único bueno de un taxi era su interior: en él se conservaba uno de los pocos reductos de la libertad de expresión. Ahí todos, sin miramiento alguno, expresábamos lo que pensábamos y sentíamos sobre cualquier tema, en especial sobre política, hasta que al primer ministro noruego se le ocurrió usarlo como espacio para efectuar encuestas de opinión. Así es. El señor Jens Stoltenberg, el cual se encuentra en plena campaña para su reelección, hace unas cuantas semanas se hizo pasar por taxista para así poder escuchar las opiniones que los electores tenían sobre su gobierno y en particular sobre su persona. Para su poca fortuna, la mayoría de sus “clientes” lo reconocieron poco tiempo después de haberse subido al taxi y el experimento para obtener opiniones genuinas no resultó como se había planeado. Los reporteros que cubrieron la noticia destacaron que la mayoría de los pasajeros mencionó que su primer ministro era francamente “un muy mal conductor”. Se hicieron así evidentes las dotes naturales que Don Jens tiene para seguir la carrera de chofer de transporte público. Lo que sí no quedó muy claro es si éstas superan su pericia como jefe de estado.

¿Que pasaría si a alguno de nuestros políticos se le ocurriera llevar a cabo esta misma idea? Aunque esto es muy poco probable, ya que es evidente que nuestra opinión les vale un bledo, el solo pensar en ello hace que la piel se me ponga de gallina. Para las ínfulas que tienen, serían capaces de tomar represalias contra nosotros en vez de tomar nota de nuestro parecer. Ya veo a ese diputado hablándole a su compadre en la PROFECO para pedirle que clausure con cualquier pretexto el negocio en donde trabajo. O a aquel gobernador instruyendo a su secretario de ingresos para que se me haga sin mayor demora una auditoría fulminante. Pero no todos son así de rencorosos. Los políticos más avezados tomarían nota, nos darían una palmadita en la espalda y, como le hacen en todas sus campañas políticas, le pasarían nuestros comentarios a su secretario adjunto para que convoque a una comisión especial que esté facultada para evaluar las Legítimas Necesidades del Pueblo. Como no hay presupuesto que contemple la creación de dicha comisión especial, es muy probable que todo acabe arrumbado en alguna oscura esquina del Archivo Muerto de la Nación.

No diga que no le advertí con tiempo. La siguiente vez que se suba a un taxi omita todo comentario que pueda ser malinterpretado, no vaya a ser que sus opiniones lo lleven a otro destino.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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