El mundo desde mi bici – LI

Las ciudades y pueblos de México se distinguen por su eclecticismo. No hay colonia que forme parte de ellas que no albergue dentro de sí al menos un hospital, una iglesia, una fábrica, una escuela, un edificio de oficinas, una zona residencial, un cinturón de miseria, un centro comercial y un supermercado. Por supuesto este pastiche está acompañado por una infinita diversidad arquitectónica producto de la más minuciosa planeación del urbanismo contemporáneo: el estilo colonial convive y se mezcla con el minimalismo, el exotismo, el neo-clásico, el barroco, el gótico y el art narcó. Esto no sólo se aprecia a nivel macro sino también a nivel micro: nuestras calles contribuyen decididamente a la construcción de este caos. Conozco algunas que en una sola cuadra albergan una tienda de abarrotes, un mini-golf, una cantina, dos casas, tres edificios, una escuela y una estación de bomberos. Todo en escasos 100 metros. Esto no nos preocupa mientras el pedazo de calle en donde vivimos no se vea muy afectado por esta dinámica.

Mi calle, a pesar de ser más bien gris, ya se vio afectada. Se encuentra en esa brumosa frontera entre la zona residencial y el cinturón de miseria de la colonia. Es por esta razón que las construcciones que la componen se debaten entre la sobriedad clasemediera y lo horripilante. Cuando me cambié aquí sólo había dos inmuebles que no albergaban una familia: una casa convertida en oficinas y un taller en donde se arreglan televisores y otros aparatos electrónicos. Nada para preocuparse. Una de las grandes virtudes de mi calle era que casi nadie circulaba por ella, salvo de vez en cuando algún taxista perdido, mi suegra y un par de caballos (literal). Todo empezó a cambiar con celeridad desde hace un par de años. Primero se instaló una tortillería casi enfrente de la casa. Se hizo tan popular que la calle empezó a procrear pequeños congestionamientos viales, sobre todo a mediodía. Con esto se demostró que el comercio en general podría florecer en este olvidado codo de la ciudad. Acto seguido se nos instaló una verdulería, después un taller mecánico, una fonda, una segunda verdulería que hizo quebrar a la primera, y al final abrió sus puertas lo que creo es un expendio de jugos. Mi calle es ahora más conflictiva que el puente vehicular fronterizo entre Tijuana y San Diego.

Si el tráfico fuera el único problema ni siquiera me hubiera tomado la molestia de escribir este libelo. Como usted sabe, el tráfico es un mal endémico de esta ciudad al que ya estamos muy habituados los chilangos. Mi molestia fue provocada por lo que los gringos llaman daños colaterales (¡es inaudita la cantidad de cinismo que le cabe a esta expresión!). El primero es que la entrada al garaje de mi casa se ve constantemente bloqueada por las gigantescas camionetas Town & Country de las insufribles señoras de la colonia. No se le ocurra pedirles con amabilidad que no se estacionen frente a mi entrada porque se indignan tanto que hasta el coche le avientan. Lo peor tal vez es el hecho de que estas finas damas se hacen acompañar por sus críos. Los pobres niños vienen tan fastidiados después de haber estado toda la mañana en la escuela que para entretenerse —¡pobrecitos!— no les queda otra alternativa mas que tocar el timbre de mi casa y salir corriendo entre risotadas a esconderse tras las faldas de sus madres. A esto agregue usted que los dueños de la verdulería equiparon su camioneta con un claxon que toca el tema de la película El Padrino. Y les gusta tanto oír su infame melodía que lo hacen inclusive los sábados y los domingos ¡a las 7 de la mañana! Total, a esa hora y en esos días todos deberíamos estar bien despiertos, ¿o no? No quiero siquiera imaginarme el nido de bichos que la verdulería, el expendio de jugos y la fonda están produciendo para solaz de todos nosotros, sus indefensos vecinos. Es aquí cuando entiendo los motivos de los miembros de la National Rifle Association para estar bien armados y a lo que se refieren cuando hablan de su legítimo derecho a defenderse. Como por el momento no hay escapatoria posible, me tendré que comprar unos anteojos bien oscuros (para no ver), unos buenos audífonos (para no oír), una mascarilla contra el gas (para no oler) y una suscripción a Rodex (para evitar las plagas). O tal vez sea más fácil recetarme una generosa dosis de Xanax. ¿Usted qué me recomienda?

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

One response to “El mundo desde mi bici – LI

  • Erika Boeneker

    ¿Qué puedo decirte? En la cuadra donde habito, empezando la misma, hay un refaccionaria, después una cerrajería, le sigue una peluquería/boutique, la fonda de las carnitas, un depacho de abogados, una oficina de Met Life y algunas casas. Por las mañanas temprano están en la esquina vendiendo tamales y casi junto a la entrada de nuestro conjunto habitacional venden gelatinas. Y lo peor: las pipas, que están practicamente las 24 hs. de todos los días, cargando agua y para colmo de males diciendo tamañas palabrotas, etc. Hasta que escribiste este artículo, me di cuenta de todo lo que me rodea incluyendo, ya se me olvidaba, a los microbuses y al tren ligero, que pasan desde las 5 de la mañana. ¿Qué te parece? Entonces tu calle no está tan mal, ¿verdad?

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