El mundo desde mi bici – L

Hay lugares que pertenecen a lo onírico. Macondo y Comala gozan de esa naturaleza. También hay lugares más “concretos” y “reales” que poseen el aura de lo casi imposible. El restaurante Sir Winston Churchill’s, ése que desde siempre descansa al lado oriente del Anillo Periférico, fue uno de esos sitios para un servidor, y no es porque me hubiera parecido una especie de meta inalcanzable —como con certeza lo es la posibilidad de comprarme un Rolls Royce—, más bien este restaurante representaba para mí el quiste de un pasado remoto e improbable, una  referencia geográfica que me decía que había llegado al área de Polanco cuando circulaba por el periférico, un negocio que, no sé cómo y después de tantas décadas, había eludido la súbita desaparición. En otras palabras, un simple símbolo en mi espacio-tiempo particular. Tal vez el destino decidió despojar al Sir Winston de su naturaleza cuasi-etérea sólo para que pudiera algún día llegar a él. Ese día fue el pasado miércoles. Una cena de negocios con unos colegas del Canadá me llevó ahí.

Cuando un ideal se concreta nos provoca una de dos cosas: o nuestras expectativas son rebasadas con impar contundencia o sufrimos una gran decepción. Veamos cómo me resultó. De entrada la estética del restaurante es ambigua. Una vez fuera de mi automóvil, me recibió un complejo conjunto de terrazas equipadas cada una con su respectiva sombrilla, mesa, sillas y servicios. Escenario, por cierto, no muy inglés que digamos. Allende de esa maleza de retorcidos tubos y desconcertantes telas que ahora ocupaban lo que antaño con seguridad fue un lindo jardín intuí una construcción que prometía ser el restaurante. Como todo comensal primerizo, me aventuré dudoso escaleras arriba, sorteando las múltiples terrazas hasta llegar a una discretísima puerta apenas iluminada por una lámpara que data de la época victoriana. El interior del Churchill’s no es británico, sino lo que le sigue. Forrados sus muros por lo que supongo es madera de caoba y ambientado a base de luces indirectas, su atmósfera parecía prefigurar mi encuentro con Holmes o al menos con Bond… James Bond. Lejos, más allá, un tímido pianista colaba algunas notas entre el chasquear de vajillas y vasos. Apenas me percaté de que había meseros, impecables estaban camuflados con sus trajes negros. Este espectáculo no era más que una abominable justificación a lo que habría de venir: los precios en la carta. Un trozo de carne semicocida se vende por la mínima cantidad de quinientos pesos y una ensalada consistente en dos hojas de lechuga, una de espinaca y 1/4 de jitomate aderezada por una salsa innombrable, doscientos pesos. Cuando el mesero me preguntó qué era lo que deseaba tomar, me hice el doble A y le pedí una Coca Cola con hielos, rogándole a todos los dioses de este mundo que no costaran mucho esos hielos. Al fin y al cabo tuve que pedir un filete Wellington término medio y enloquecí de remate cuando hice que me sirvieran un buen café al final de la cena.

Mas no hay restaurante de lujo sin que oculte un costo ulterior. A dos mesas de la mía había un grupo de parejas que en voz baja cuchicheaban. Más tarde me enteré de que eran italianos. Me llamó la atención que a lo largo de toda la cena no profirieran ni un solo vocablo a un volumen mayor a los 80 decibeles. Parecían miembros de una conspiración. Después me enteré que ellos, como yo, estaban tratando de digerir… los precios de lo que se habían comido y bebido. Y dos mesas más allá de los italianos, conformando una curiosa simetría, dos parejas reían y se divertían como si estuvieran en Reino Aventura (perdón, Six Flags pues). Los dos hombres eran con toda seguridad Don Importante y Su Secretario, amos y señores de alguna dependencia gubernamental. Las dos chavas… bueno, mejor se las describo: mini-minifalda, piernas de cartaginés, cabello lacio y largo, brevísima cintura, dotadas por detrás y por delante, harto lipstick, de risa fácil. Y usted dirá que el comentario está lleno de envidia [de la mala] y que el autor no la pudo ocultar con esa falsa ironía. Pues le diré que no, porque el espectáculo que ofrecían (jugando a las manitas calientes por debajo de la mesa, en medio de risotadas, tomándose una foto grupal —hágame usted el condenado favor— al lado de la chimenea y junto al pianista que no sabía cómo ocultarse, tuteando y faltándole al respeto al mesero que acomedido los atendía) era para darle pena ajena a cualquiera. Llegando a casa, tuve que ir al baño corriendo. No sé si porque el filete que estaba tan caro resultó demasiado fino para mi estómago o porque los lugares caros siempre tienen a algunos comensales como Don Importante y Su Secretario.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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