El mundo desde mi bici – XLIX

A mi primo Jorge

Todos los mexicanos estamos frustrados por el pobre desempeño de la selección nacional de futbol. Después de meditar un poco sobre la pertinencia de esta frustración, concluyo en que no deberíamos darle la menor importancia al asunto. Es verdad que la mayoría de los mexicanos —tal vez por falta de imaginación— somos muy pamboleros. También es cierto que cuando juega la selección de futbol sentimos que el orgullo nacional y la vida misma están de por medio. Pero también es un hecho insoslayable que la selección está haciendo unos papelones dignos de la hermana república del Nabo, en donde el deporte nacional es el crickett. En lo que va de este año sólo le ha podido ganar a Jamaica, que juega a todo (literal) menos al futbol, y a Japón, al cual seguramente engañaron prometiéndole que si perdía contra México llevarían a todos sus integrantes a un antro plagado de hermosísimas brasileñas que los jugadores mexicanos conocen muy bien. En los últimos seis meses nuestros arietes han atinado a meter 13 goles en igual número de partidos, cuando Messi —él solito— tiene la puntada de meter el doble de goles por partido en una temporada estándar. Es en estas ocasiones cuando nos desgarramos indignados las vestiduras y pedimos la cabeza del director técnico “nacional”. Y es aquí en donde estamos muy mal. En primera ese pobre hombre que con cara de mal mimo manotea desesperado a un lado de la cancha no es el director técnico “nacional”. Él es el director técnico que contrató una asociación privada para dirigir o al menos entrenar a 23 hombres que se dicen jugadores de futbol y que, igualmente, pertenecen por afiliación a dicha asociación privada y que cotidianamente trabajan para algunas cerveceras, casinos y un par de televisoras. Esos 23 hombres no son necesariamente los mejores jugadores de futbol del país, simplemente son los empleados del mes que se ganaron un viaje todo pagado a distintas y muy bellas ciudades de los Estados Unidos. Evidentemente a ellos nunca se les advirtió que tenían que jugar al futbol durante dicho viaje (“¡Pos no que era premio, tú!”). Entonces caemos en cuenta de que todo esto es un malentendido, que toda esta gente no es parte de la “selección nacional”; que todos ellos, por lo tanto, no nos representan. Ellos son sólo una pequeña muestra del producto de un experimento que hasta ahora no ha salido del todo bien. Lo que pasa es que los laboratoristas quieren hacernos creer que esta pequeña muestra nos representa y que lo que ellos hacen [mal] es del máximo interés nacional. A esto le llaman en mi colonia con un nombre clarito como el agua: simulación.

Parece ser que lo nuestro, lo verdaderamente mexicano, es la simulación, el autoengaño. Como ejemplo ahí le van estos botones. Afirmamos hasta el cansancio que nuestro país es una república federal democrática regida por el más absoluto estado de derecho. Nuestra política de vanguardia, desde la tres veces heroica revolución de 1910, se distingue por su vocación profundamente social. Además los mexicanos somos tolerantes, respetuosos y en cada oportunidad que se nos da promovemos la libertad de expresión. México es, ha sido y será garante de la concordia entre los países y los pueblos (“Entre los hombres como entre las naciones el respeto al derecho ajeno …”) Afinamos un poco nuestros sentidos y lo primero que notamos es que todos los órdenes de gobierno dependen de las decisiones del presidente. Nuestra “democracia” es como una mujer de Sullivan: nuestros partidos políticos la manosean (por no decir otra cosa) cada vez que pueden. Hay más de 40 millones de pobres en este país. A los periodistas que no están de acuerdo con el régimen en turno se les compra, se les destierra o se les desaparece. La delincuencia sigue tan campante haciendo de las suyas porque el sistema judicial que tenemos privilegia la impunidad sobre la legalidad. ¡Vaya, en este país ni los reglamentos de tránsito se respetan! Y cuando vemos la Liga MX (que ahora lleva nombre de banco español como todo en latinoamérica) creemos ver futbol cuando lo que estamos viendo es un deporte al cual no se le ha encontrado nombre aún. Lo único que hemos sabido hacer más o menos bien es nuestra “política exterior”. Sin embargo esta es la parte más sutil de la simulación nacional: farol de la calle, oscuridad en la casa. La verdad es que hemos sabido ignorar desde muy jóvenes tanta falsedad y poco nos importa ahora si nuestro gobierno lo rige Juan o Pedro, al fin y al cabo los dos son igual de rateros. Y así como ignoramos lo que en verdad importa, lo que en verdad nos afecta, así lo exhorto para que de una vez por todas ignore a ese mayúsculo mito que llamamos “selección nacional”. Al fin y al cabo esos 23 mequetrefes junto con su numeroso “cuerpo técnico” llegarán al mundial y, si siguen así, harán un oso terrible. Tan terrible que a lo mejor provoca que en el futuro en verdad empecemos a jugar al futbol. Si así de fácil fuera encontrar la solución para las otras cosas que sí importan…

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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