El mundo desde mi bici – XLVII

¿Qué quería usted ser de grande cuando era niño? Muchos niños de mi generación, nacidos en la década de los años 60, querían ser astronautas; otros, Bruce Lee, y los que menos imaginación tenían, bomberos o futbolistas. Yo, en cambio, haciendo también gala de mis escasos recursos imaginativos, quería ser policía. Pero no cualquier policía.

Así como ahora nuestros niños y jóvenes se pasan las horas embebidos viendo las pantallas de sus smartphones, así nosotros nos la pasábamos viendo las pantallas de nuestros televisores. El canal 5 era nuestro favorito. Ahí transmitían las caricaturas por las tardes y las series por las noches. Como en el cine de aquella época, la televisión no tenía muchos géneros: o eran de vaqueros (Bonanza, Custer) o eran de policías (Hawai Cinco-0, Kojak). A mi me gustaba el programa de Starsky & Hutch. Aunque en mi salón de la escuela todos querían ser Hutch, yo prefería asumir el papel de Starsky. Recuerdo que hice ir a mi mamá hasta Chiconcuac, en el Estado de México, para que me comprara un suéter típico que era igualito al que usaba Starsky. Me ponía ese grueso suéter todos los días, aunque fuera primavera e hicieran 30º a la sombra.

Pero, ¿por qué quería ser policía? Normalmente, los policías de las series norteamericanas eran inteligentísimos, súper simpáticos y muy ocurrentes; también corrían como gacelas, brincaban como conejos y tenían la virtud de nunca transpirar por más que se esforzaran. Y, sobre todo, siempre se ligaban a la chava más guapa del episodio, lo cual no es cosa menor. ¿Cómo no querer ser policía?

Como todo lo que es de esta vida, algo no cuadraba, y lo que no cuadraba era la realidad fuera de la televisión. Los policías que yo veía en la calle eran diametralmente opuestos a los de la tele. En México un policía de tránsito normalmente es barrigón, de bigote ralo y corto de piernas. Recuerdo a los policías de la “secreta”: eran lo más parecido al eslabón perdido, un raro homínido cuyo aspecto se debatía entre un Neanderthal y John Travolta.

La aparición de un policía provocaba las reacciones más inesperadas en nuestros padres. Si a mi madre, por ejemplo, se le ocurría pasarse un alto — tomando, eso sí, las debidas precauciones — y era sorprendida por uno de estos “defensores de la ley”, ella no ocultaba su enojo: Ahí viene este hijo… de… a morderme (Nota para mis amigos de otros países: morder en México es sinónimo de pedir soborno.) Lo que seguía era una discusión muy confusa en donde mi madre le exigía al policía que le sacara la debida multa y el policía se negaba a hacerlo “porque se le había acabado la libreta de las multas” y entonces era necesario arreglar el asunto de otra manera. Como mi madre, tan ejemplar ella, siempre tenía sus papeles en regla, al policía no le quedaban más argumentos de extorsión y optaba por abortar la difícil misión para sacar aunque sea una mordidita. Todos estos happenings me disuadían de no optar por la carrera policíaca que, así vista, parecía ser muy distinta a la representada cada semana por el buen Starsky.

A pesar de los continuados esfuerzos de nuestros magníficos gobernantes para revertir esta mala imagen, puedo afirmar sin temor a equivocarme que nuestros policías de tránsito siguen siendo gordos, de bigote escaso y de piernas cortas, y que, además, no se les ha quitado lo mordelón. En un desesperado intento por dignificar a la corporación policíaca, al delegado de la Benito Juárez se le ocurrió que, durante el pasado día del niño, los niños fueran policías de tránsito. ¡Magnífica idea! Resulta que los automovilistas, obedientes como ningún otro día, respetaban las tajantes y precisas indicaciones de los niños policía. No hubo uno solo que pisara las rayas peatonales, se pasara un alto, se le cerrara a un ciclista o tocara su bocina. Me quedé maravillado al ver tan inusual comportamiento. Por un momento hasta dudé si estaba en el D.F. o en Berna, Suiza. Propongo entonces que dejemos mejor a nuestros hijos de policías y a los policías los mandemos a las escuelas. A ver si así aprenden algo.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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