El mundo desde mi bici – XLV

Nadie es profeta en su propia tierra… porque no la conoce, máxime si se es chilango. La Lectora-Prima comentó hace unos días que tuvieron que pasar 38 años para que ella conociera el interior del Castillo de Chapultepec. Es tal nuestra ignorancia sobre tantos lugares de nuestra ciudad, que si a un chavo se le manda al Mercado de Sonora por unas hierbas para anular el mal de ojo, es capaz de subirse al primer avión que lo lleve a la ciudad de Hermosillo, Sonora. Para mi desgracia debo incluirme en este abultado grupo de ignorantes funcionales, como le hubiera gustado llamarnos al buen Carlos Monsiváis. Los 38 años que le tomaron a la Lectora-Prima para visitar el Castillo de Chapultepec son pecata minuta comparados con los 48 que me tomé yo para ir al mercado de San Juan y Pugibet. Este mercado, por si usted no lo sabe aún, aparenta ser como cualquier otro. Esto se debe a que todos los mercados populares de nuestra ciudad capital fueron construidos por el entonces regente, un personaje que respondía al nombre de Ernesto Uruchurtu, y que también se distinguió por prohibir allá, en los años sesenta, los conciertos de rock & roll por ser a su juicio, aparte de demenciales y altisonantes, agentes probados de disolución social. Si no me cree, pregúntele a los dos únicos Beatles que nos quedan vivos y verá que cuando estaban los cuatro – y tocando juntos – siempre quisieron venir a deleitarnos con sus yeah, yeah, yeah, pero nunca obtuvieron el permiso oficial correspondiente. (Y esto, por cierto, afectó a generaciones enteras, como la mía, que sólo pudimos ver a nuestros músicos favoritos en vivo hasta que éstos cumplieron los 60 años de carrera). Disculpe usted la digresión. Como le comentaba, el mercado de San Juan es igual a todos los demás sólo en apariencia. En realidad es uno de los mejores lugares a los que usted puede ir. Abocado en algún momento a surtir de insumos alimenticios de primera calidad a restaurantes y hoteles, ahora es un mercado que recibe a personas tan legas como el que esto sigue escribiendo. Y las recibe con delicadezas como carne de cordero fresca, cabritos y lechones tiernos, mermeladas de tocino, vainilla en vaina, trufas españolas y francesas, hierbas finas, goma agar-agar (necesaria, por ejemplo, para hacer las gomitas en forma de sandía que se venden en el sótano del Liverpool de Insurgentes), quesos de todo tipo, desde los más frescos hasta los más podridos; jamón serrano de bellota, chapulines, caviar y unas frutas tan coloridas que parecen sólo estar ahí para que alguien llegue y les tome una foto. El mercado es un festival de colores, olores y sabores. Me es difícil justificar ahora por qué no había caído antes en tan estupendo templo de la glotonería. Definitivamente fue la desidia; creo también, la ignorancia. Ignorancia de no saber a ciencia cierta en dónde estaba este mercado. Y cómo lo iba a saber, si la única referencia que tenía de él me había sido dada vagamente por mis abuelos. “Está casi enfrente de la torre de la XEW, a un par de cuadras de San Juan de Letrán, sobre Ernesto Pugibet.” Resulta que la torre que era de la XEW ahora pertenece a Telmex, que San Juan de Letrán ya no se llama así y ahora es Lázaro Cárdenas, y que la calle de Ernesto Pugibet está más escondida que esa cucaracha que se me escapó el otro día. Para acabarla de amolar en todos los programas televisivos y de radio en donde se hace referencia a “tan afamado mercado” nunca, pero nunca dicen cómo demonios llegar a él. Y yo tampoco le voy a decir en dónde está. ¡Ja! Ya bastantes pistas le he dado. Sólo añadiré que está cerca, relativamente, de la Torre Latinoamericana.

Llegar ahí no es el único tema. No. El tema es llevar a mi alada esposa a un lugar como ése. Para empezar a ella sólo le gusta ir a lugares que cumplan con ciertos estándares. Ir a Liverpool o a El Palacio de Hierro está bien. La gente es linda, la ropa lo es más y tienen aire acondicionado. Ir a un típico mercado mexicano implica para ella un sacrificio sin parangón. Sobre todo si en el mercado se exhiben los pobres animalitos recién muertos (muy importante acordarse que es budista), se perciben los olores más eclécticos (y algunos francamente desagradables) y se descubren los alimentos más insólitos (es decir, que no cumplen con la estética que “un alimento decente” debe tener). Ella tenía la idea de que sólo iríamos a San Juan para comprar dos kilos de camarones y nada más. Asunto que nos tomaría, si acaso, 20 minutos. Pero mi plan era perversamente otro y no podía revelárselo por anticipado so peligro de que se negara rotundamente a acompañarme. El plan real lo trataré de resumir como sigue: el Manitas, su Esposa-Siempre-Amable y un servidor habíamos quedado en que él compraría un par de litros de pulque curado de lo que hubiera y los llevaría a La Nueva España, un establecimiento dentro del mercado de San Juan que se especializa en la venta de quesos y jamones de todo tipo, mermeladas de pétalos de rosa, pan del día, salchichas y embutidos de la más alta calidad, en donde habíamos quedado de reunirnos. En La Nueva España se distinguen también por preparar las más sabrosas baguettes con lo mejor de los productos que ahí se ofrecen. La idea era acompañar nuestros pulques con unos emparedados de antología preparados por el propietario de La Nueva España. Para complementar, encargaríamos en el puesto vecino un poco de carpaccio de atún fresco. Como en San Juan también se vende un delicioso café, terminaríamos el día refinándonos uno. Así concebido el plan, la visita al mercado sería de por lo menos 4 horas. Mi mujer se enteró de esto cuando llegamos a La Nueva España. Por la mirada que me echó, intuí que su buen humor matinal había trasmutado en algo menos agradable. En ese momento, se nos acercó el dueño de La Nueva España, Don Armando, y nos ofreció un tentempié en lo que esperábamos al buen Manitas y a su Esposa-Siempre-Amable. Mi acompañante, que momentos antes todavía se consideraba mi esposa, con visible ira contenida rechazó el ofrecimiento de Don Armando argumentando el viejo pretexto de “estoy a dieta”. Yo, sin embargo, no tuve empacho en aceptar las deliciosas viandas y comer las porciones que a mi otrora mujer correspondían. En medio de lo que los malos periodistas describen como una “tensa calma”, llegaron el Manitas y su Esposa-Siempre-Amable con sendos vasos de pulque. Como el ánimo de este buen señor siempre es magnífico, por extrovertido y afable, pronto a mi mujer se le fue el mal humor y se empezó a refinar un clericot, especialidad también de la casa, y a acompañarlo con unas generosas porciones de baguette hechas con jamón de bellota, roast beef y chorizo español. No sé si fue el efecto del clericot, del pulque que me tomé yo y que ella olió, de los abundantes alimentos con los que nos deleitamos, o de la combinación de todo esto, que pronto mi alada esposa estaba en plática amistosa no sólo con Don Armando y con su mujer, que alegremente se nos había unido, sino también conmigo. Fue tal su satisfacción por lo que ahí había comido (y de lo que me obligó a comprar para llevar a casa) que se puso a promover sin inhibición alguna La Nueva España a los extraños que por ahí pasaban. En ese momento decidí emprender la retirada, con la obvia reticencia de mi promotora acompañante, prometiendo no volver al mercado de San Juan hasta que se nos hubieran bajado los humores del pulque y del clericot. Si no tiene nada qué hacer este sábado, le aconsejará mi recuperada esposa, vaya a San Juan andando, que ahí le esperan las deliciosas baguettes de Don Armando. Así que ya sabe, por ahí habremos de vernos.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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