El mundo desde mi bici – XLIV

Me queda claro que una de las máscaras de la muerte es la incertidumbre. A Heisenberg, que descubrió el principio de la incertidumbre en física, lo considero más un agorero del fin del mundo que un científico connotado. Como todo descubrimiento, al principio sólo parecía interesar a una parcela del conocimiento universal ajena a la vida práctica: las insondables profundidades de las partículas subatómicas. Nada más falso. Una vez que Heisenberg lo hubo postulado, este principio empezó a migrar con celeridad a las capas más epidérmicas de esta cebolla que llamamos universo. Y es ahora cuando la incertidumbre parece afectarnos a todos. ¿No me cree? Pregúntele usted a un griego, a un argentino, a un venezolano, a un español, a un italiano o a un acapulqueño si no vive en un permanente estado de incertidumbre. Y es tan universal este mal que a mi también ya me alcanzó.

A finales del año pasado empecé a padecer una alergia multi-sintomática (y sí, este terminajo me lo acabo de inventar, porque si el Doctor House inventa libremente enfermedades y sus remedios, ¿por qué no habría yo de nombrar enfermedades reales como se me dé la gana?) Le decía entonces; mi alergia empezaba a manifestarse con una terrible picazón en los ojos. ¿Le han puesto polvo pica-pica alguna vez? ¿Verdad que uno no resiste la tentación de rascarse, por más que no lo quiera? Bueno, era tal la picazón en mis ojos que no sólo quería rascarme con todas las uñas de mis manos, sino con un picahielos. Una vez que me había restregado los ojos hasta dejármelos color vampiro, la comezón se parapetaba como un bicho herido en la parte superior de la garganta, justo detrás del paladar. La única forma posible para llegar a tan absurda zona fue por medio de la lengua. Esa lengua, entrenada en otros tiempos para saborear los más exquisitos manjares y las más refrescantes bebidas, se había convertido en cuestión de días en lija del número 3. Satisfecha mi necesidad de calmar la ignominiosa molestia faríngea, el malestar contraatacaba virulentamente mi zona nasal. Entonces estornudaba ininterrumpidamente por el espacio de 15 minutos. A Goyito y a Don Balón no les quedaba mas que reírse de su pobre padre que entre tanto estornudo parecía un garabato humano. Después de estos ataques en serie, mi alada esposa no quería ni verme, porque tenía la nariz de Rodolfo, el reno, los ojos de Bram Stocker cuando terminó de escribir Drácula bajo la luz de una vela, y la garganta de Kim Carnes después de ofrecer un concierto en Suecia durante el invierno. El cuadro completo apuntaba a una alergia de lo más aguda y al parecer crónica. Y aquí, como usted concederá, no hay incertidumbre sino total certeza. Conociendo mi cuerpo como lo conozco y con mi amplia experiencia en la ciencia de Hipócrates, mi diagnóstico no podía ser mas que infalible. Me compré en la farmacia un Allegra y santo remedio. Bye bye alergia.

Días después mi cuerpo decidió reaccionar a algo más. Libre de todo síntoma, olvidadas las comezones y los estornudos, sintiéndome como un adolescente, empezaron a brotar en mi piel unas ronchas rosadas que tomaban las formas más caprichosas. Primero aparecieron en mis muslos, después en mis brazos y finalmente se desperdigaron alegremente por mi tórax. Fue aquí cuando la incertidumbre se asomó tras las cortinas con un gesto burlón y maléfico. Porque a la incertidumbre le gusta acecharnos y atacarnos por sorpresa, cuando más desprevenidos y confiados estamos, jugando a ser Ho Chi Minh. ¿Y ahora, qué demonios tengo? La mente es un poderoso y malvado instrumento y se echa a andar nada más se le provoca un poco. ¿Tendré una especie de viruela virulensis (otro terminajo digno del mejor mercadólogo farmacéutico)? ¿Será el reflejo de una enfermedad hepática? ¿Acaso me aqueja una secreta infección? ¿Se vale inventar que tengo las algarrobas arrobadas? No, no se vale. Una algarroba es una planta rastrera y trepadora. Tal vez sea rastrero, pero nunca un trepador (mi acrofobia me lo impide). Y arrobar, como usted ya sabe, pues es ponerse o poner a alguien en un estado admirativo mayúsculo. Para ser franco nunca he visto una algarroba en plan admirativo, sino que más bien siempre está en plan de que los demás la admiren. Tampoco creo tener una algarroba dentro de mi organismo, me sentiría muy mal, lo cual no es el caso. En fin, insisto, ¿tendré las algarrobas arrobadas? ¿O simplemente me enfrento a la segunda etapa de la alergia que creía extinta para siempre? Porque si no contesto al menos una de estas preguntas satisfactoriamente, le juro, Sr. Cartwright, le juro que le mataré. Porque una cosa es sentirse mal, muy mal, e ir en consecuencia con el médico a que le recete algo, y otra sentirse de maravilla y estar sólo enronchado. Este escenario conlleva un sinnúmero de posibilidades, como ya hemos visto; múltiples posibles causas provocando un solo efecto: estas malditas ronchas. Entonces se cuela a la fiesta la pregunta centenaria, abonándole aún más a la innoble causa de la incertidumbre: ¿ir o no ir al médico? Y eso es ya mucho decidir; sino ande usted y pregúntele al buen Hamlet.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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