El lector

Plácido Agraz fue como su nombre: una paradoja.  Al principio, era la típica persona que pasaba inadvertida, mas cuando se le empezaba a conocer se descubrían en él cualidades en su aspecto y en su carácter que terminaban por ser poco más que inquietantes.  Plácido tenía una gran cabeza sobre la cual habitaba muy poco cabello, peinado siempre con minucioso desparpajo.  Tenía canas que se distribuían con aleatoria alegría en mechones compactos.  Su cabeza era la representación plástica por antonomasia de la anarquía.  Conservo aún la impresión que estaba un poco pasado de peso; pero no, si acaso tenía una panza cervecera, como decía Pepe.  Es probable que la idea de su sobrepeso me la dieran sus dedos; esos dedos eran excesivamente gordos, al grado que no recuerdo tuvieran nudillos.  Su boca, sobre todo cuando se abría para hablar, beber o comer, no era nada agradable.  Sus labios eran gruesos, casi femeninos, y sus dientes parecían haber sido fijados por un perverso bromista, no había ni uno solo que estuviera en su lugar.  Para empeorar el asunto, como fumaba copiosamente, los dientes frontales los tenía ennegrecidos.  Empero no recuerdo que tuviera mal aliento.  Su forma de vestir acentuaba su insólita personalidad.  Siempre vestía unos pantalones de pana color café.  Tengo la certeza que sólo tenía un par.  Gustaba también de las camisas amarillas.  El amarillo de sus camisas debía ser encendido, y no ese color amarillo, más bien pálido, que normalmente vemos en otras personas más comunes y corrientes.  En su afán por hacer evidente para los demás su vocación intelectual, llevaba un saco de tweed de color verdoso.  Y para rematar su uniforme, solía calzar unos mocasines cuyo color parecía fluctuar, según incidiera en ellos la luz, entre el café y el vino.  Lo más inquietante que poseía, por sobre todo lo anterior, era su evasiva mirada.  Nunca se estaba quieta.  Divagaba hacia todos lados y evitaba en lo posible el contacto visual.  Cuando charlaba, sus ojos grises tendían a irse hacia abajo, como si estuvieran buscando siempre algo.  Una de sus pocas virtudes era su conversación, siempre amena y erudita, sin llegar a ser pedante.  Plácido Agraz tenía la insólita capacidad de hablar en prosa; es decir, claro, de corrido y sin muletillas.  También sabía ser un buen amigo.

Lo conocí hace unos cuantos años, en un reunión que organizó Arturo Gámez en su casa.  Estaba sentado solo en uno de los sillones de la sala, fumando y tomando un brandy.  Como mencioné más arriba, no era una persona en la que repararas de inmediato.  Fue esa persistente soledad en la que se instalaba con tanta naturalidad la que terminó llamando mi atención.  Estaba conversando con los hermanos Hugo y Gonzalo Vélez, y no pude dejar de preguntar quién era ése que venía a las reuniones para lucir su extrema timidez o su completa falta de educación.  Gonzalo me tomó del brazo, me encaminó hacia él y sin mayor preámbulo me lo presentó.  Plácido, te presento a Enrique, un viejo amigo de la escuela.  Plácido me extendió su mano sin levantarse de su asiento.  Te dejo con él.  A Enrique le gusta mucho leer y sé que tienen mucho de qué platicar.  Gonzalo se dio la media vuelta y escapó hacia el bar de la casa.  Hugo, por su parte, se había metido en otro corro y parecía muy divertido en él.  Me quedé parado frente a Plácido por unos momentos.  Estaba un poco incómodo, debo confesarlo, porque sentía que me habían depositado en la sección de los detritos de la fiesta.  Como soy una persona educada, no me quedó más remedio que tomar el asiento del sillón contiguo a Plácido y hacerle la típica pregunta que todo bobo hace para romper el hielo.  ¿A qué te dedicas?  En un tono neutro me dijo simplemente que era un lector profesional.  Al verme fruncir el ceño, me aclaró con rapidez y algo de condescendencia que su oficio consistía en “tratar de ser un crítico literario”.  Contuve una sonrisa y le pregunté qué tipo de literatura era la que más le gustaba.  Mi obvia intención era avivar la plática.  ¡Y vaya que lo logré!  Plácido me dio una cátedra de literatura universal, salpimentada con divertidas anécdotas y hechos inauditos y poco conocidos de los más célebres autores, convirtiendo esa aburrida reunión en una de las veladas más agradables y memorables que haya tenido.  Después de esa noche, curiosamente, Plácido y yo empezamos a coincidir en otros compromisos sociales.  Decidimos finalmente intercambiar nuestros números telefónicos.  Al principio nos llegamos a frecuentar con cierta regularidad, después sólo unas tres o cuatro veces al año.  No porque la amistad se enfriara, sino por cuestiones de la vida misma, como lo son el trabajo y los asuntos familiares.

Supe que estudió letras hispánicas en la Universidad Nacional.  Una vez me platicó con detalle sobre su vocación.  Desde pequeño gustaba de la lectura.  Leía, decía, todo lo que se le ponía enfrente, desde El Quijote hasta las etiquetas de los productos que consumía.  En poco tiempo agotó la pequeña biblioteca familiar y empezó a frecuentar la biblioteca pública de su colonia.  Cuando la leyó toda, se hizo el principal cliente de la librería más cercana.  Compraba libros con el dinero que recibía de su padre los domingos.  Ese dinero supuestamente era para que Plácido comprara su lunch en la escuela.  Pero Plácido prefería leer a comer.  Como todos los niños y adolescentes a los que les gusta la lectura, Plácido empezó a escribir.  Primero escribió unos poemitas que pronto terminaron dentro del cesto de la basura.  Luego empezó a escribir cuentos que nunca vieron fin por su afán de perfección.  Fue entonces cuando decidió hacer reseñas de todos los libros que leía.  Ahí se sintió más cómodo, aunque no del todo satisfecho.  Lo que él quería era convertirse en un escritor famoso, no en un gran crítico literario.  Al terminar el bachillerato, se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras con la esperanza de que los estudios formales le dieran las herramientas necesarias para escribir esa gran obra literaria que sentía llevaba dentro.  Pronto se desilusionó.  Sus materias tenían más que ver con la historia de la literatura y con la burda gramática que con la creación literaria.  Después de dos semestres y medio, abandonó la carrera.  Como última esperanza, se inscribió en un taller de creación literaria impartido por Javier Prieto.  Cuando vio que todo lo que escribía, fuera bueno o regular, era alabado por su profesor, Plácido decidió también abandonar este curso que tan poco le exigía.  Gracias a un amigo, pudo entrar al periódico El Nacional.  Empezó escribiendo reseñas para el suplemento literario semanal.  Sus textos fueron bien recibidos y en poco tiempo obtuvo una columna fija en la sección cultural.  Al fin y al cabo Plácido estaba cómodo en su trabajo.  Podía leer todos los días, y le pagaban por hacerlo.  Como toda persona que puede empatar su vocación con sus facultades, empezó a obtener cierto éxito.  Una de las revistas culturales más prestigiosas del país le ofreció formar parte de su consejo editorial.  Pronto se empezó a codear con las máximas personalidades de la mal llamada república de las letras.  Tuvo trato personal tanto con escritores nacionales como extranjeros.  Alguna vez me comentó que se carteaba frecuentemente con Roberto Bolaño, y que inclusive llegó a trabar con él algo que ya se podía definir como amistad estrecha.  Sé de buena fuente que nunca congenió ni con Jorge Volpi, ni con su amigo, Ignacio Padilla.  Fuera de chismes, Plácido se convirtió en el crítico literario del momento.  Todo autor le temía.  Obra que él aprobaba se convertía en un éxito editorial, pero cuando su crítica no era favorable, el escritor afectado se podía despedir para siempre de su oficio.  Muchos colegas le pedían consejo.  Llegó a dar una cátedra de crítica literaria, la Cátedra Jorge Cuesta, en la misma Universidad Nacional.  Siempre se caracterizó por su honestidad y ecuanimidad.  Nunca se aprovechó del poder que con su prestigio había adquirido.  Fue entonces cuando eso le empezó a suceder.

Recuerdo que me habló a la casa un sábado por la noche.  Eran casi las once y media.  Estaba leyendo recostado sobre mi cama con el ánimo de quedarme dormido, cuando el teléfono sonó estentóreo sobre mi buró.  Con su respiración ostensiblemente agitada, me pidió con la brusquedad propia de la urgencia que fuera a su departamento lo antes posible.  Le pregunté qué pasaba. Sólo me alcanzó a decir que algo muy raro había empezado a ocurrir en su casa.  Colgó el teléfono sin darme la oportunidad de hacer más preguntas.  No me quedó más remedio que vestirme otra vez para ir sin mayor demora con él.  Cuando llegué a su departamento, la puerta principal estaba abierta de par en par.  Entré dubitativo, con temor.  La estancia de su casa había sido convertida en despacho y biblioteca.  Ahí lo encontré, sentado en su escritorio, tomándose la cabeza con las dos manos.  Los ojos desorbitados, incrédulos, miraban desesperados sobre su escritorio un amasijo de cuadernos, marcadores, notas sueltas, plumas y libros.  Sólo la lámpara de su escritorio estaba encendida, ocultando apenas el desorden que también imperaba sobre el suelo.  Le pregunté si estaba bien, si alguien había entrado para robarle.  Murmuró algo ininteligible, después me pidió que me acercara.  Me mostró uno de sus cuadernos.  Sus hojas estaban en blanco.  Confundido le pregunté qué es lo que supuestamente tenía que ver.  Fíjate bien, me dijo.  Acerqué el cuaderno a mis ojos y alcancé a ver algunas marcas de escritura, pero sin tinta.  Me explicó que esos grabados casi invisibles eran notas que había hecho hace unos meses, notas que habían sido escritas con una pluma perfectamente normal.   Entonces me dijo que esas notas se habían borrado cuando él las leyó.  Debo reconocer que no entendí bien lo que me acababa de decir.  Repitió que cuando él leía las palabras se borraban.  Esbocé una sonrisa.  Sinceramente pensé que se trataba de una mala broma.  Me dirigió una mirada torva antes que dijera nada.  Se incorporó de su asiento, con cierta brusquedad rodeó su escritorio, agarró mi brazo con fuerza y sin decirme nada tomó un cuaderno al azar, lo abrió sin mirarlo y me preguntó si veía algo.  Vi que las hojas que me mostraba estaban llenas de apuntes perfectamente legibles.  Molesto por la forma en que me estaba tratando, como si fuera un imbécil, empecé a reclamarle su falta de tacto, de mínima educación, de respeto.  Me arrebató el cuaderno y empezó a leer los apuntes en voz alta.  ¡Mira!, exclamó en un tono que me pareció un poco trastornado.  ¡Que mires!  Siguió leyendo, casi a gritos, y vi su cuaderno.  Parte de lo que estaba escrito se había borrado por completo y lo juro, porque lo vi con estos ojos, que las palabras se iban borrando conforme él las leía.  Yo también no lo podía creer.  Por eso seguí maravillado, sí, maravillado al ver cómo Plácido borraba las palabras con su vista.  Al fin se calló, cerró el cuaderno con brusquedad y lo aventó al escritorio.  Soltó mi brazo y se echó abatido en el sillón.  Me vio a los ojos por primera vez en su vida.

  • ¿No estoy enloqueciendo, verdad?  ¡Por favor dime que no estoy enloqueciendo!  ¡Dime que esto es sólo una pesadilla!

No supe qué decir.  ¡Pero por supuesto no supe qué decir!  Me quedé allí, en silencio, él también, por largo tiempo, la desordenada cabeza entre sus manos.  Llegué a pensar como él que estaba soñando.  Soñando que estaba parado, inútil, frente a Plácido, en medio de la noche y que cuando lo veía leer borraba con su mirada las palabras.  Atiné a tomar una silla, la puse frente a él y me senté.  Tomé su hombro presionándolo fraternalmente.  Busqué sus ojos y para reconfortarlo le dije que por el momento olvidara todo.  Le pedí que fuera a la cama, que descansara.  Era posible que todo esto fuera un absurdo.  ¡Tenía que serlo!  Le sugerí que no siguiera leyendo, no hasta que viera a un médico.  Me ofrecí a llevarlo con un oftalmólogo el mismo lunes, por la mañana si eso era necesario.  Esto pareció calmarlo un poco.  Quedamos de vernos ahí mismo, el lunes, a las 10 de la mañana.  Yo pasaría por él.  Resignado me acompañó a la puerta de su departamento.  Se disculpó por su brusquedad, por no haberme siquiera ofrecido algo de tomar y me agradeció una vez más.  Antes que cerrara tras de mí la puerta, alcancé a ver su mirada, estaba más baja que nunca.

Lo encontré el lunes muy pálido y con unas marcadas ojeras.  Le pregunté si había leído algo y él negó con la cabeza.  En todo el trayecto al médico no dijo ni una palabra.  Parecía que había perdido también la capacidad del habla.  Cuando subíamos por el ascensor al consultorio, me preguntó con voz queda si creía realmente que lo suyo pudiera tener cura.  No le contesté, no porque no quisiera, simplemente porque no sabía realmente qué decirle.  El doctor nos estaba esperando.  Nos saludó con cortesía y con ese aplomo que todos los doctores usan para inspirar confianza.  Me pidió que me sentara en la sala de espera y entró con Plácido a su consultorio.  La consulta duró más de tres cuartos de hora.  Cuando salieron, el doctor me llamó.  Plácido se sentó sin abatimiento en el sillón.  Estuvo a punto de tomar una revista, pero se contuvo.  Su expresión era de una profunda indiferencia.  El doctor me dijo que los ojos de Plácido no podían estar en mejores condiciones.  Le pidió que leyera una receta que recién había redactado y que al hacerlo había borrado todo rastro de escritura.  Por supuesto, como yo, él tampoco había visto algo así en su vida.  Sin embargo le pidió que leyera un libro.  Al hacerlo las palabras permanecieron.  Le pidió que leyera un folleto publicitario de un medicamento nuevo, y ahí también las letras no se vieron alteradas por la vista de Plácido.  Tampoco desaparecieron las palabras que estaban en la pantalla de la computadora.  Parecía que sólo tenía la capacidad de borrar la escritura manuscrita.  El doctor me expresó su desconcierto.  Tenía que ser sincero conmigo, no sabía realmente qué hacer.  Me comentó que le había pedido que dejara de leer por un par de semanas.  Tal vez algo en el nervio óptico era el causante de que la escritura se borrara, quién sabe.  Cuando salí del consultorio, le sonreí a Plácido.  Le dije con falso convencimiento que todo iba a estar bien, que lo suyo no era tan grave como lo habíamos pensado.  En el elevador, me preguntó qué me había comentado el doctor.  No le oculté nada y le dije que no tenía de qué preocuparse, siempre y cuando siguiera las instrucciones que le había dado el médico.  Plácido me dijo que se ganaba la vida leyendo.  ¿Qué podía hacer en esas dos semanas?  Le sugerí que se tomara unas vacaciones, que se fuera a una playa.  Negó levemente con la cabeza.  ¿Hace cuánto que no te tomas unas vacaciones?  Me dijo que nunca se había tomado unas.  Me dirigí a la agencia de viajes más cercana, compré un boleto de avión para ese mismo día, le reservé un hotel todo incluido por dos semanas y nos fuimos a su casa.  Como un autómata empacó rápidamente algunas cosas, apenas las necesarias.  Ya en el aeropuerto, antes que se metiera a la sala de abordar, lo abracé y le pedí:  Y acuérdate, Plácido, trata de no leer.

Después de aquel viaje no había oído nada de Plácido.  Supuse que de cierta forma se había recuperado.  No news, good news, dicen los omisos.  Después de un mes, le llamé a la revista para ver cómo se encontraba.  Me dijeron que no se había presentado todavía a trabajar.  Solamente sus colaboraciones se habían recibido puntuales por correo electrónico.  Decidí dejarlo así, seguramente estaba bien.  Ya me hablaría él cuando quisiera verme.

Seis meses después de su viaje, Plácido seguía desaparecido.  Llamé varias veces a su casa, a su oficina y a su celular sin obtener respuesta alguna.  Los mensajes que le dejaba nunca me los respondió.  Fui a su departamento varias veces.  Aunque los vecinos me decían que estaba ahí, nunca contestó al timbre.  Inclusive llamé al oftalmólogo para saber si sabía algo de él, si había ido a una nueva consulta.  El doctor me dijo que tampoco lo había visto.  Mientras tanto, sus artículos seguían llegando puntuales a la revista.  Sospeché que su mal tal vez no lo hubiera abandonado del todo, porque sus textos habían sufrido un cambio de tono.  Plácido nunca fue irónico.  Evitaba la ironía – y lo aseveraba con vehemencia – porque ensuciaba con subjetivismo y lucimiento personal una crítica que debía ser simple y llanamente objetiva.  Ahora, en cambio, sus textos no sólo eran irónicos sino mordaces.  Parecía haber alimentado una especie de odio por determinados autores.  Inclusive se vio envuelto en una infructuosa polémica con Gonzalo Celorio de la que salió muy afectado.  El prestigio labrado en tantos años se desgastaba rápidamente.  Aún así sus colegas siguieron publicando sus colaboraciones en la revista.

En septiembre del año pasado, me habló por teléfono Javier Garciadiego.  Al maestro Garciadiego lo conocí en la casa de Lorenzo Meyer, cuando todavía era presidente de El Colegio de México.  Me pidió si era posible que nos reuniéramos cuanto antes.  Se trataba de Plácido.  Quedamos de vernos en el café La Parroquia a las 7 de la noche del día siguiente.  Garciadiego estaba sentado en una mesa al fondo del café, esperaba mi llegada con un libro sobre sus manos.  Su afable mirada leía sin avidez, como si gozara el transcurso de cada palabra.  Cuando estuve lo bastante cerca de la mesa, alzó su cabeza y al reconocerme se levantó de su silla y me ofreció la mano y una sonrisa.  Me invitó a sentarme y me preguntó si quería algo de tomar.  Llamó a la mesera y pedimos un par de capuccinos.  Sin mayor dilación fue al grano:

  • Humm… No le quiero quitar mucho su tiempo, Don Enrique.  Ambos somos personas ocupadas.  Tengo una junta extraordinaria en el Colegio que no pude posponer, así que no me voy a andar con muchos rodeos.  Sé que es buen amigo de Plácido y quería saber si lo ha visto últimamente.
  • Realmente no soy tan amigo de Plácido…
  • Ah, vaya, tenía la impresión de que lo era.  Él le mencionaba a menudo.  Podría afirmar sin temor a equivocarme que usted era buen amigo suyo.
  • ¿De verdad?  No nos frecuentábamos tanto realmente.
  • Bien, no importa.  ¿Le ha visto últimamente?
  • No, no lo veo desde hace más de seis meses.
  • ¿Y ni siquiera ha hablado con él por teléfono?
  • No.
  • Qué extraño…
  • ¿Por qué?
  • Nadie lo ha visto.  Ni siquiera su hermana.
  • ¿Tiene una hermana?
  • ¡Cómo!  ¡No me diga que no lo sabía!
  • No.  Realmente no era tan amigo como usted supone.
  • Humm… Siempre fue un poco raro.  Debo decir que a mí me costó mucho trabajo construir… sí, esa es la palabra, construir una relación con él.  Aunque nuestra relación sólo se remitía al trabajo, a la revista, me fue difícil establecer un mínimo puente de comunicación con él.
  • ¿En verdad?
  • Sí.  Bueno, pero no estamos aquí para hablar de nuestra amistad con Plácido, sino de algo mucho más importante.
  • Le escucho.
  • Pues bien.  Como usted sabe, Plácido tiene ciertas responsabilidades en el consejo editorial de la revista, las cuales obviamente no ha cumplido.
  • Entiendo.
  • Sin embargo ha estado mandando regularmente sus colaboraciones.  De cierta forma nos enteramos hace algún tiempo que tenía una enfermedad poco común.  Nunca supimos cuál.  Pero ya han pasado algunos meses y las cosas se han puesto peor.
  • ¿Peor?
  • Sí.  Sus colaboraciones…
  • ¡Claro!  Me he dado cuenta.  Han cambiado en los últimos meses.  No son…
  • No son lo que eran antes, definitivamente.  Ahora parecen más diatribas que críticas.  Pero ése no es el problema.  Las diatribas también venden.  El problema es que sus colaboraciones recientes llegaron incompletas.
  • ¿Incompletas?
  • ¡Vaya, hombre!  ¿Tiende a responder tan a menudo con preguntas?
  • No, disculpe usted.  Simplemente estoy un poco confundido, la verdad.
  • Nosotros también.  Mire, – en este momento sacó una carpeta de su portafolio, la puso sobre la mesa y la abrió. – Este es el último texto que recibimos de él.

Abrí la carpeta y por alguna razón no me causó extrañeza ver que partes del texto estaban borradas.  Lo curioso es que el texto borrado estaba distribuido aleatoriamente.

  • Lo verdaderamente extraño – dijo el maestro Garciadiego – es que esto lo recibimos por correo electrónico.  Lo que tiene en sus manos es la impresión del archivo original.
  • ¿Cómo?
  • Sí.  Los huecos que aquí ve son los mismos que aparecen en el archivo electrónico original.  Lo más inusual de todo es que si trata de rellenar los faltantes en la computadora simplemente no se puede, como si el documento estuviera protegido contra la escritura.  Y, aún más sorprendente, esto no sólo sucede en el archivo de la computadora.  Hágame el favor de llenar uno de los huecos con su propia pluma.
  • ¿…?
  • Por favor, hágalo.

Saqué el bolígrafo de la bolsa de mi camisa, tomé el documento e intenté llenar el primer hueco con cualquier palabra.  Mi pluma simplemente no escribió.  Creyendo que estaba seca, le eché un poco de vaho para humedecer la tinta y lo intenté de nuevo.  No pude siquiera marcar la hoja.  Don Javier me pasó una servilleta de papel y con un ademán me pidió que escribiera sobre ella.  Lo hice y mi bolígrafo sirvió de maravilla.

  • Lo sé, yo tampoco lo entiendo.  ¿Usted sabe cómo Plácido podría haber hecho esto?
  • Hay una posibilidad, maestro.  No sé si esto esté relacionado con su enfermedad.  Si es así, quiere decir que ésta ha avanzado y no sólo lo afecta a él, sino también a lo que hace.  Permítame le explico.  Plácido me habló muy alterado a mediados de marzo.  Me hizo ir a su departamento a la media noche de un sábado.  Lo encontré en medio de un desastre y fue cuando me mostró que podía borrar los textos manuscritos con sólo leerlos.
  • ¡Cómo!  A ver, permítame, ¿entendí bien?  ¿Me está diciendo que borraba textos con sólo verlos?
  • Así es.  Algo increíble.  Yo mismo no lo puedo creer todavía, aunque lo vi con mis propios ojos.  Le propuse llevarlo a un médico, a un oftalmólogo amigo de la familia.  Lo revisó y no supo qué era lo que provocaba que Plácido borrara los textos con su mirada.  Le sugirió que no leyera nada por dos semanas, esperando con más fervor que certeza que esto remediara en algo su mal.  En aquel entonces sólo borraba los textos que estuvieran manuscritos, no los que estaban impresos por un medio externo, como los libros o inclusive los caracteres en la pantalla de una computadora.  Por lo que usted me dice, ahora ha empezado a borrar este tipo de escritura también.

El maestro Garciadiego no salía de su perplejidad.  Tomó el documento y lo volvió a ver.  Después, queriendo comprender, dijo:

  • Entonces lo que aquí pasó es que al releer esto Plácido lo borró con la mirada.  Y no sólo eso, sino que al leerlo lo dejó inutilizado.
  • Parcialmente, al menos.  Pero temo que si no se atiende pronto borrará absolutamente todo lo que lea.
  • ¿Hay forma de que se ponga en contacto con él?
  • Sólo si voy una vez más a su casa.
  • Creo que le haría un gran favor a su amigo.  Necesita urgentemente de un especialista.  Como usted podrá entender, por lo inusitado de los hechos y nuestra imposibilidad física de revertir sus efectos, no podremos publicar en la revista sus nuevas colaboraciones.
  • Claro.
  • Bien, trate de localizarlo cuanto antes.  Su puesto en el consejo editorial está en peligro.  Entiendo que es su única fuente recurrente de ingresos.
  • Supongo que así es.  Veré qué puedo hacer.
  • Tome mi tarjeta, Enrique.  Abajo viene mi teléfono celular.  No dude en llamarme si tiene algunas noticias sobre él.
  • Lo haré.

Nos despedimos cordialmente.  Al subir a mi coche, juzgué que era un poco tarde para ir al departamento de Plácido y pospuse mi visita para el día siguiente.  Esta pequeña prórroga que me había concedido sería de ayuda para que yo pudiera, si no aceptar, al menos empezar a asimilar el evidente empeoramiento de la enfermedad de mi amigo.

Decidí tomar el transporte público para ir a la casa de Plácido.  Al final, para aplazar más la llegada, el último tramo lo hice caminando.  Estaba en esto cuando me di cuenta de lo que Plácido era capaz de hacer.  Al principio no le tomé importancia.  Sólo era un letrero que debía llevar el nombre de la calle y que no lo llevaba.  Pensé en ese momento que se trataba tan solo de un defecto de fabricación.  Seguí caminando con lentitud, como un turista, alargando el tiempo.  Y por así hacerlo, empecé a notar que los textos faltantes se hacían más frecuentes conforme me acercaba al departamento de Plácido.  Los anuncios espectaculares mostraban sólo sus elementos gráficos, ni una sola letra.  Los rótulos de los comercios y restaurantes estaban vacíos.  Las calles todas se habían quedado sin nombre.  Algunos autobuses tenían borrados para siempre sus destinos.  La marquesina del cine no anunciaba nada.  Las casas habían perdido sus números.  Las placas de algunos coches no mostraban sus folios.  Llegué lívido al edificio de Plácido, así me lo dio a entender una señora cuando me preguntó si me sentía bien.  Tuve que deducir el botón del timbre que correspondía al departamento de Plácido, ya que todos los números de los botones habían sido borrados.  Al tocar el timbre, no me sorprendió que nadie me respondiera.  Así había ocurrido en los últimos meses.  Para variar, me atreví a tocar el timbre del vecino de piso de Plácido.  Una voz de mujer hastiada me contestó.  Le expliqué quien era y le dije que realmente estaba preocupado por el estado de salud de mi amigo.  La mujer me advirtió que seguramente no estaba, porque tenía más de una semana de no haberlo visto.  Le pedí que por favor me abriera la puerta, prometiéndole no volverla a molestar.  Ella simplemente se negó y colgó el interfono.  En ese momento, un hombre entró al edificio.  Atajé la puerta discretamente con el pie antes de que se cerrara.  Esperé a que el hombre desapareciera detrás de las puertas del elevador y entré al edificio.  Decidí subir por las escaleras al departamento de Plácido que se encontraba en el cuarto piso.  Constaté durante mi subida que ninguna puerta tenía ya su número.

Al llegar, tuve que recuperar mi aliento.  Había subido muy rápido las escaleras, acuciado por un sentimiento de ansiedad que nunca antes había tenido.  Cuando me repuse, presioné el botón del timbre de la entrada y escuché su desagradable sonido.  Sólo el silencio atendió mi llamado.  Volví a presionar el botón por un poco más de tiempo.  Si Plácido no hubiera escuchado su indiscreto timbre la primera vez, en esa segunda ocasión era imposible que no lo hubiera oído.  Vaya, hasta la vecina se dio cuenta, porque pude ver la sombra de sus pies en el resquicio debajo de su puerta.  Seguro me espiaba a través de la mirilla.  Pasaron un par de minutos y Plácido seguía sin contestar.  Esta vez algo me decía que estaba allí.  La cerradura de la puerta era vieja, de ésas que cierran automáticamente por la simple acción de un resorte.  Me acordé que de joven abrí furtivamente el cuarto de mi madre deslizando una tarjeta plástica entre la puerta y su marco, a la altura del picaporte.  Saqué una de las tarjetas que llevaba en mi cartera y la inserté en esa breve ranura.  La cerradura cedió sin dificultad.  Empujé levemente la puerta.  El departamento estaba inundado por una luz mortecina.  Un olor húmedo a encerrado penetró profundamente mi nariz.  Era insoportable.  Ese departamento había permanecido cerrado por semanas.  Transité en silencio el breve pasillo que comunicaba a la estancia.  Mis zapatos pisaban objetos y sustancias irreconocibles y a veces hasta resbalosas.  Las cortinas de todas las ventanas estaban cerradas.  Los escasos haces de luz que furtivos penetraban entre los intersticios de las cortinas revelaban el polvo flotando por doquier, polvo que también se depositaba sobre el escritorio de Plácido, sobre sus cuadernos vacíos de notas, sobre sus libros sin textos, sobre las repisas, sobre los muebles, sobre el piso.  Empecé a sentir náuseas y tuve que abrir una ventana para que entrara algo de aire fresco a ese ambiente infecto.  La estancia se iluminó y me permitió ver el profundo desorden entre el que me encontraba.  El suelo estaba invadido por papeles y libros, lápices y plumas rotas, ropa y hasta restos de comida.  En un rincón, junto al librero, descubrí a un ratón insolente que husmeaba los restos aquí y allá, sin importarle mi presencia.  Había dos puertas.  Una llevaba a la cocina, la otra a la habitación de Plácido.  Fui al cuarto de mi amigo, tratando en lo posible de no pisar la basura, tomé el picaporte y giré mi mano lentamente.  Abrí esta segunda puerta sin mayor problema y fue entonces cuando lo vi.  Estaba parado junto a su cama.  Llevaba sus perennes pantalones de pana, su camisa amarilla y sus mocasines.  No pude ver su cara, ni su gran cabeza.  Estaban hundidas en la penumbra de la habitación.  Después movió su brazo derecho hacia la ventana.  Había perdido la mano… pero no… para ser preciso debo decir que la mano era invisible, porque allí estaba, ya que con ella abrió las cortinas, deslizó el pestillo y abrió la ventana de su recámara.  Sólo alcancé a decir su nombre antes de ver cómo de un solo impulso se tiraba por la ventana.  Corrí hacia ella y vi hacia abajo esperando lo peor.  Sobre el asfalto sólo estaban sus pantalones, camisa y zapatos vacíos.  No había gota de sangre derramada ni rastro de él.

Fue la última vez que lo “vi” y nadie más supo algo de Plácido.  Simplemente desapareció de la faz de la tierra.  Sin embargo yo sé que todavía anda por ahí, en algún lugar, rondándonos, porque de vez en cuando me encuentro en las calles algunos rótulos, algunos carteles, algunos letreros cuyas letras han sido borradas inexplicablemente de un día para el otro.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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