El mundo desde mi bici – XLIII

¿Por qué cuando tengo un muy buen día algo malo pasa?  Fíjese que hoy por la mañana el panorama se presentaba bastante poco propicio para el que esto escribe.  Tenía programada una cita con uno de mis clientes, el más importante, cuya máxima virtud, como todo cliente importante que se precie de serlo, es la de postergar los pagos a sus proveedores lo más posible.  El motivo de la reunión, si todavía no lo ha adivinado, era la de lograr que este importantísimo cliente me pagara lo que me debía.  Normalmente la gente que no está en ventas o en cobranzas cree que ir a cobrar es algo tan simple como plantarse frente al cliente y con tono decidido decirle algo así: Mire, señor, usted ya me debe mucho dinero y fíjese que todas estas facturas tienen dos meses de vencidas.  Le exijo que de inmediato me las liquide.  Dicho esto, el cliente abre uno de los cajones de su escritorio, saca su chequera y le expide un cheque que liquida el adeudo por completo.  Por supuesto, el cliente muy arrepentido le pide perdón y promete que el malentendido no volverá a ocurrir.  Pues no.  Creo que eso no pasa ni en Suecia.  Uno tiene que urdir un complejo plan de acción para cobrarle a su cliente sin herir sus delicados sentimientos, ya que si uno carece de la capacidad diplomática necesaria, podría ocasionar no sólo que el cliente no le pague pronto, sino que, ofendido, postergue el pago por dos meses más.  Para evitar tan nefastas consecuencias, el día de ayer sostuve una larga junta con el director general y la directora de comercialización de la empresa en donde trabajo.  En dicha junta establecimos un estratagema que estaba diseñado para exhortar al cliente a pagarnos los adeudos vencidos a la fecha, evitando siquiera tocarlo con la efímera brisa producida por el pétalo de una rosa.  El plan constaba de tres actos o movimientos.  El primero llevaba por título “Diderot o sobre la adulación”.  En él se destacaría la importancia estratégica que para el negocio representa el canal de distribución de nuestro cliente, pero sobre todo subrayaría la invaluable aportación que el departamento de cuentas por pagar hacía para que el negocio mutuo caminara sobre ruedas hacia un futuro promisorio, brillante y lleno de satisfacciones para ambas partes.  Al segundo acto le pusimos por nombre “Sófocles o sobre la tragedia”.  En él expondríamos lacrimosamente los compromisos que la empresa había adquirido para satisfacer en su totalidad las necesidades de nuestro cliente (que parecen más bien caprichos).  Se explicaría con detalle la transmutación a la cual tuvimos que sujetar a nuestra organización,  convirtiéndola de una sociedad con fines de lucro a una asociación de beneficiencia.  Todo este sacrificio, sería de capital importancia decirlo sin el más mínimo tono de reproche, se hacía con sumo gusto.  El tercer acto, llamado “Dewey o sobre el pragmatismo”, asume que se obtuvo cierto éxito en los actos precedentes para conmover al incólume gerente de cuentas por pagar. En éste se expondría que para seguirle sirviendo como se merece, sería necesario recibir algún emolumento de su parte, aunque fuera pequeño y muy parcial.  Puesto el punto final a nuestro plan, lo repasamos una vez más y notamos con satisfacción que era poco más que impecable.  Hoy por la mañana, mientras me rasuraba, repasé con calma el guión completo, practiqué cuidadosamente, con la cara llena de espuma, cada uno de los gestos y ademanes que haría.  Sentía los nervios que seguramente los grandes artistas tienen justo antes de que se abra el telón.

Pues las cosas no se dan como uno las planea.  Resulta que cuando llegué a la junta con el gerente de cuentas por pagar, la conversación se desvió por rumbos insospechados.  Primero empezamos con la conversación social de rigor.  Esto no sólo es normal, sino muy necesario.  ¡Qué gusto volver a verte!  ¡Por cierto, feliz año!  ¿Cómo está la familia?  ¿Que este fin de semana vas a la playa?  La conversación fue el más gráfico ejemplo de lo que nuestros vecinos anglosajones llaman “small talk“.  Una vez enterados de tan trascendentes asuntos, el plan tan arduamente concebido se perdió para siempre ya que seguimos hablando de genealogía, de coches, de casas, del clima y del cambio de gobierno por minutos y minutos, hasta que casi nos acabamos el tiempo programado para la reunión.  Al final, el gerente de cuentas por pagar simplemente dijo: sé que nos han apoyado mucho, han cumplido con todo lo que les hemos pedido, parece ser que hay varias facturas vencidas.  No te preocupes, te pagaré todas la próxima semana.  Me quedé de una sola pieza por un tiempo que no puedo precisar.  Finalmente alcancé a agradecerle, tratando de contener la euforia que se me salía a borbotones.  De regreso a la oficina, recibí algunas noticias, todas excelentes.  Un par de proyectos con otros clientes, que se habían “congelado” por el cambio de gobierno, habían resucitado como Lázaro.  No sólo eso, parece ser que tenemos una gran probabilidad de ganarlos y llevarlos a cabo antes de que el primer semestre de este año se acabe.  Después de la incertidumbre con la que todos los años empiezan, créame, las noticias recibidas le dieron un giro de 180 grados a todo.  Boeneker estaba exultante.

Pero como dije al principio, no hay bien que por mal no venga.  Mi alada esposa se enfermó, la Sra. Cassez, desde Francia, se sigue burlando de México (de veras, no soporto a esta condenada güerita), los frenos de mi coche empezaron a sonar como discos rayados (y literal, ya se le rayaron los discos), murió don Rubén Bonifaz Nuño, prominente poeta y estudioso del clasicismo antiguo, y para ponerle una cereza a este ignominioso pastel, a uno de los edificios de PEMEX en Marina Nacional se le ocurrió sufrir una terrible explosión cuyas causas y consecuencias reales para siempre habremos de ignorar.  No creo en las conjuras universales, pero a veces pienso que hay una que sobre mí gravita.  Y me entristezco y me preocupo, al grado de que a esta hora de la noche mi garganta acusa ya los síntomas de un cuadro de gastritis comatósica y estrambótica de Santo Dios Padre.  Esperemos que mañana me vaya medianamente bien y que, por lógica causa, no haya mal que por él venga.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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