El mundo desde mi bici – XLII

Dicen que los hijos los tenemos prestados.  Y es verdad.  Pero no sólo los hijos, también la vida.  No se alarme, no me pondré tan filosófico.  Sé que muchos han escrito sobre esto, sobre lo que es la vida, y todos nosotros de cierta forma estamos un poco hartos del tema, a menos que nos encontremos en un estado poco conveniente, a altas horas de la madrugada tratando de arreglar el mundo entero acompañados de un buen amigo.  Aunque no es precisamente ese momento, no puedo evitar escribir sobre lo que parece ser ese fenómeno que llamamos vida.  Le decía entonces: la vida la tenemos prestada.  ¿Quién nos la prestó?  Por sólo esta vez y para los fines que me trato de explicar aquí, la pregunta ni siquiera es relevante.  Simplificando mucho podemos definir que la vida se compone sólo de dos cosas: del tiempo presente, el ahora, y de estar plenamente conscientes de ese presente.  En otras palabras, la vida es lo que con plena consciencia vivimos, valga le redundancia.  Todo lo demás de lo que no somos conscientes forma parte del autómata que todos llevamos dentro y para los fines que este texto persigue también es irrelevante.  Los que nos atrevemos a escribir una o dos líneas de vez en cuando lo hacemos por un afán de capturar la mayor cantidad de momentos posibles, de atraparlos para siempre, de grabarlos en nuestra consciencia.  Es la misma necesidad que impulsa a un fotógrafo, el afán de querer atrapar esos instantes que inexorablemente se nos escapan.  Al final, nuestra vida se resume en una colección de instantes que llamamos recuerdos, los cuales guardamos en nuestra memoria.  Y sólo grabamos en nuestra memoria, aunque no indeleblemente, lo que tuvimos consciencia de vivir con plenitud.  Porque eso ya lo habíamos discutido: la memoria con el tiempo se va gastando, a veces hasta borrarse por completo.  Debemos de reconocer que hay algunas personas en este mundo que tienen almacenada en ella una cantidad impresionante de acontecimientos.  Son personas afortunadas.  Las más sólo conservamos algunos y nos pesa mucho no acordarnos de más y con la claridad que desearíamos.  Sentimos que grandes tajadas de nuestra vida se han perdido por completo.  No sólo eso.  Nos damos cuenta que cada instante, el más mínimo del que podemos tener consciencia, pasa para no volver más.  Podríamos hasta aseverar sin temor a equivocarnos que nacemos y morimos en cada instante.  Ese hombre con ceño preocupado que recién se cruzó en mi camino antes de llegar aquí, tal vez no lo vuelva a ver jamás.  Existió sólo por un momento.  El hecho es tan significativo como la muerte misma.  Si él hubiera notado mi paso, yo hubiera existido para él, aunque a su vez de manera efímera.  En términos absolutos, como el señor ni siquiera se percató de mi presencia, para él ni siquiera fui.  Ahora mismo, por ejemplo, estoy concentrado en este escrito.  Sé que en este café hay personas alrededor mío.  Algunas las conozco, pero ahora las ignoro por completo.  Ellos por ahora no son.  Sólo es esta pantalla blanca y estos garabatos negros, y mis recuerdos, y esta tristeza chiquita que siempre me aqueja en estas fechas no sé por qué.  Tal vez porque mi abuelo, como hace poco me lo reveló una piadosa tía, también se ponía así, melancólico y a lo mejor algo filósofo, y para mi desfortuna terminó heredándomelo.  Este pesar chiquito que siento, aunque sea una reacción química involuntaria insertada en un código genético, es para mi tan metafísico y a la vez tan real.  Y esto soy ahora.  Y más tarde tendré que ir por Goyito, que anda en casa de un buen amigo que lo cuida como si fuera su hermano y del cual siento un poco de celos, porque creo que me lo quiere robar, aunque entiendo que mi hijo no es mío sino de sí mismo.  Y no lo quiero agobiar mucho, querido-lector-que-hasta-aquí-ha-llegado, pero me es imposible dejar de recordar ese momento en que ese mismo Goyito, de tan solo un par de años, está acostado en una camilla de hospital, extendiéndome la mano para que yo se la estreche, con sus ojos llenos de preocupación porque se siente mal y porque sabe que lo suyo es serio.  Y luego ese otro recuerdo de él, rajándose el alma en un juego de futbol escolar, metiendo un gol heróico e inolvidable, y ver su cara de felicidad y de entera satisfacción.  O recordar esos ojos felices y chiquitos de mi alada esposa, como de un Santa Claus perfecto, cuando le di en su cumpleaños el anillo de compromiso; o cuando en la luna de miel nos subíamos a todos los juegos de Disney, como si fuéramos sólo un par de niños jugando a estar casados.  Y es inevitable que se me venga a la mente Don Balón de sólo cuatro años, tomándome la mano con fuerza, cuando lo llevaba hasta la puerta de su salón de clases.  O Don Balón ahora, un muchacho alto, serio, un poco retraído y no muy sociable, pero que cuando se abre lo hace siempre con una sonrisa franca.  Tal vez la tristeza chiquita que me embarga ahora es darme cuenta que esas manos pequeñas que tomaban las mías, las de Goyito y las de Don Balón, esas manos tiernas y suaves de uñas sucias de tanto jugar ya no serán, sólo fueron y ahora son apenas un recuerdo en mi perecedera memoria.  Y cada vez que veo a estos dos párvulos de pacotilla no dejo de pensar en mi madre, que lo mismo sintió y sigue sintiendo para conmigo y también para con ellos, sus nietos, tal vez hasta para con su nuera.  Ya habíamos escuchado de alguien más que la vida son sólo instantes.  Lo malo es darse cuenta de esto un poco tarde, como a mi me ha pasado.

Anuncios

Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

¿Qué opinas? Déjanos tus comentarios aquí. (No tienes que estar registrado en Wordpress para comentar)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: