El mundo desde mi bici – XLI

Hace unos cuantos días fui casi atropellado por un motociclista.  Permítame decirle que los únicos que han sabido atropellarme son los motociclistas.  Ni los taxistas, ni los choferes de pesera han podido hacerlo.  Pero lo que son los motociclistas, ellos sí que saben su negocio.  Para mi fortuna, también he aprendido cómo esquivarlos.  Fue así que me libré de ser atropellado otra vez por uno de estos depredadores urbanos.  A continuación trataré de describir con la máxima imparcialidad posible los hechos.  En el cruce de Adolfo Prieto y Tlacoquemécatl hay un semáforo.  Ese semáforo, como todos los de esta ciudad, unas veces está descompuesto y otras sirve de maravilla.  En las últimas semanas ha estado funcionando bastante bien.  Me aprestaba para cruzar sobre la calle de Adolfo Prieto, pero como sé que el semáforo tiende a fallar de improviso, primero verifiqué que estuviera funcionando correctamente.  Cuando lo hice, empecé a cruzar la calle.  Llevaba tres pasos dados y escuché el motor de una moto a toda velocidad.  Es más, mi oído se ha vuelto tan fino, que puede reconocer por su sonido el tipo de moto que se aproxima.  En esta ocasión era una scooter.  Decidí parar en seco y voilá una scooter pasa rozándome las narices.  El veloz tipo de la moto estaba decidido a pasarse el alto, así fuera sobre mi cadáver.  Pero no lo hizo.  Y no lo hizo porque justo cuando él pasaba enfrente de mi nariz le dije lo que pensaba de él con una contundente y muy mexicana grosería.  Al escucharla, el aludido aplicó a fondo los frenos de su moto, derrapándola con algo de garbo.  El veloz-tipo-que-me-quería-matar-por-llegar-cinco-minutos-antes estaba encolerizado, y me preguntó algo así como “¡¿Qué me acabas de decir, ca…?!”  Le contesté que lo que había escuchado era lo que yo había querido decir, que no tuviera duda alguna, mas no me tomé la molestia de repetir el insulto ya que consideré que mi opinión sobre su persona había quedado bastante clara.  Dicho esto, seguí caminando y crucé con calma la calle.  El tipo de la moto se enojó aún más y tratándome de provocar (¿a qué, a pelear?  ¡El muy zoquete!) me espetó: “¡eres un anciano, un pobre anciano!”  Oído esto solté una carcajada y sin voltear seguí mi camino.  El veloz tipo aceleró su artefacto y se largó.  ¿Realmente creyó ese pobre hombre que me había insultado?  ¿O más bien no me he enterado que la palabra anciano es ahora un insulto?  (Confirmando así que estoy por completo fuera de onda y que, en efecto, ya estoy al menos envejeciendo).

Enrique está perplejo.  Veamos si sale de ese estado.

A mis 48 años aún no me considero un anciano.  Sé que toda edad es relativa.  Si viviera a principios del siglo pasado, no me cabría duda, sería una persona vieja.  Hoy en día, si viviera en Europa, se me consideraría como un joven prometedor.  El diccionario dice que ancianos son los que están en el último período de su vida (lo cual es inexacto, porque nadie sabe cuándo va a morir, por lo que todos podríamos ser o no ser ancianos).  A pesar de mis abundantes canas y súbitos achaques creo que todavía no he llegado a ese tramo.  De todas formas, no veo todavía por qué debería ser eso insultante.

Puedo aventurar aquí dos teorías que podrían explicar el uso de la palabra anciano como si fuera el peor de los insultos.  Desde el período entre las dos guerras mundiales, nuestra cultura ha tendido a sobrevalorar la juventud sobre cualquier otra edad, tal vez acuciada por un cargo de conciencia debido a la pérdida multitudinaria de jóvenes durante la primer gran guerra, o tal vez por motivos meramente neuróticos y hedónicos: la juventud significa libertad, vivacidad, poca responsabilidad y mucha diversión.  Por otro lado, ser joven es tener plenitud física. El ideal de belleza que vemos representado en todos lados es necesariamente joven.  La niñez, la edad adulta y la avanzada son consideradas como inferiores frente a la juventud.  La primera es una etapa preparatoria, las dos últimas sirven sólo como desecho.  Desde este punto de vista podré comprender por qué el veloz tipo usó la palabra anciano como insulto.

Sin embargo sigo sin sentirme ofendido.  Al contrario.  Los “ancianos” tenemos muchas ventajas sobre los jóvenes.  Antes que nada somos supervivientes.  Nosotros hemos sorteado infinidad de peligros en la vida, como los veloces tipos que nos quieren atropellar, y los hemos superado.  Gracias a nuestras canas tenemos derecho al uso de cajas de cobro especiales en los supermercados y, si somos buenos actores, hasta podemos usar los lugares reservados para las personas discapacitadas o de la tercera edad.  Cuando se dirigen a nosotros (salvo que sea un tipo veloz en motocicleta) lo hacen con el debido respeto.  Entramos sin problema a cualquier restaurante, hotel o antro, por exclusivo que sea.  Podemos anteponer la palabra Doctor a nuestros nombres y nadie dudará que lo somos.  Cuando lo consideramos conveniente, podemos hacernos los sordos sin por esto ofender a alguien.  Y para finalizar, como somos “viejos” sabemos lo que somos.  En cambio, cuando se es joven, como el veloz tipo, no se sabe todavía bien a bien quién es uno.

Pensándolo mejor, cuando la siguiente vez tenga que insultar a alguien usaré simplemente esta palabra: ¡joven!  (Aunque el insulto resulte totalmente ineficaz, como lo es la palabra anciano).

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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