El mundo desde mi bici – XL

Un grupo de niños disfrazados invaden las calles y gritan al unísono, con sus voces agudas y estentóreas, ¡queremos jalouín!  Tocan cuanto timbre se encuentran en su camino y, otra vez, al unísono demandan: ¡queremos jalouín!  Si no se sale de inmediato (y me refiero a de inmediato y no 30 segundos después), los niños son capaces de colgarse del timbre hasta volarnos los tímpanos en mil pedazos.  Si al salir no les damos dulces, entonces reaccionarán como cualquier turba semi-organizada y semi-política que toma las calles con la impunidad que la caracteriza: nos pintarán la barda con un horrendo graffiti o las mamás que tienden a acompañarlos, como si de golpeadores sindicales se tratara, nos recordarán a cachetada limpia e innombrables epítetos lo malos e insensibles que somos.  ¡Queremos jalouín!  Oímos justo detrás del portal de nuestras casas.  ¡Queremos jalouín!  Volvemos a oír y con justificado temor comenzamos a intuir por qué nuestro día de muertos trasmutó en noche de brujas.

La bici de hoy, amigo lector, no será un manifiesto que busque defender nuestras tradiciones locales frente a las tradiciones del imperio del mal, como aseveraría en una inflamada arenga Hugo Chávez.  Para mí una discusión desde este punto de vista tan trillado, tan lugar común, tan patriotero, tan callejón sin salida es inútil.  Lo que aquí se quiere descubrir es otra cosa: entender el por qué de mi aversión, ya severa, a la celebración de las fiestas sacras o semi-sacras de cualquier índole, como el todavía reciente día de muertos.

Y antes de que se siga incomodando, porque el tono de este breve texto pareciera estar tomando cauces un poco anti-religiosos, le aclaro de una buena vez: no pretendo tampoco con esto hacer una crítica hacia la religión, sino un apunte al a veces extraño comportamiento de sus creyentes.  Vea usted.  En México tenemos cuatro fechas religiosas de importancia.  Hago la aclaración de que cuando las palabras México y religión están juntas en una oración cualquiera,  se entiende que la religión es la católica y nada más.  No porque el que esto escribe sea católico, sino porque en México parece ser que esta religión ha sido la única capaz de seguirnos imponiendo sus festividades, inclusive de manera oficial, sin importar el credo de los demás, que también somos mexicanos.  Aquí se celebran con sendos días festivos la Semana Santa, el Día de Muertos, el aniversario de la aparición de la Virgen de Guadalupe y la Navidad.  En tiempos remotos, cuando no había ni internet ni televisión, estas fechas se usaban para la reflexión, la purificación del alma y la oración.  Eran, decían nuestros abuelos, “días de guardar”.  Pero con el tiempo y la constante internacionalización de nuestras costumbres, estas fechas han sido sustituidas por otras cuyo origen es, digamos, pagano o al menos ajeno a nuestra cultura original.  La Semana Santa se ha convertido en nuestro “spring break“.  Nuestro día de Muertos, en el arriba citado halloween.  Y la Navidad fue sustituida por Santa Claus y su parafernalia consumista.  A los mexicanos sólo nos queda el día de la Virgen de Guadalupe, pero dudo mucho que tenga el mismo significado ahora que el que tuvo antaño.  Veo ahora en la Basílica cada vez a más gente haciéndose algún tipo de daño físico, a veces irreparable, para “agradecer los favores que la Virgen le ha dado”.  No creo que sea del agrado de la Virgen que sus creyentes se hagan daño.

Y tanta transformación a las fiestas sacras, créalo o no, fue ocasionada por los mismos creyentes.  Parece ser que es mucho más provechoso para ellos organizar fiestas escandalosas, salir a las calles para exigir dulces o dinero, tirar cohetes en la madrugada como si del 4 de julio gringo se tratara, dar el mejor regalo no matter what; manejar borrachos sus automóviles y atropellar así a otros borrachos; salir de la ciudad hacia cualquier playa y sobrevivir hasta el amanecer en cualquier antro; y gastar en todo esto el dinero que no se tiene.

Ahora resulta que los que no somos creyentes nos “guardamos” más que los que sí los son.  Bien dice la Biblia en alguno de sus olvidados rincones: “los últimos serán los primeros”.  (No sé para qué y aún no quiero averiguarlo).

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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