El mundo desde mi bici – XXXIX

El pasado viernes fue el último de este mes, Perogrullo dixit.  Cada viernes último de mes se reúnen varios compañeros de la preparatoria en una conocida cantina de la colonia Condesa.  A estas reuniones, que llevan lustros celebrándose, he asistido en algunas ocasiones y, la verdad, tenía más de un año de no ir a una.  Este viernes coincidió que la constelación de Géminis estuvo bajo la influencia de Mercurio, modificando así contundentemente mi estado de ánimo.  Mi estado de ánimo contundentemente modificado decidió entonces que en esta ocasión debía encontrarme con mis compañeros de la prepa.

Sólo había un pequeño problema.  Ese mismo viernes, más temprano, mi alada esposa se tuvo que someter a una leve cirugía.  Por cuestiones de prevención, le tuvieron que extirpar unos pequeños lunares.  Aunque no fue nada serio, ya que pudo salir por su propio pie después de la operación, en estos casos se recomienda permanecer con el ser amado y apapacharlo lo más posible.  Así que rectifiqué mi decisión y me quedé en la noche con mi alada mujer.  …  Hasta que sonó mi celular.  Era uno de los compañeros que asistiría a la reunión.  Me preguntó con voz quejosa si esta vez estaría con ellos como les había prometido.  Voltee a ver a mi alada esposa: como siempre, no se estaba quieta.  Le dio de cenar a nuestros hijos, les exigió con especial energía para que llegaran a casa temprano y seguros después de sus respectivos reventones, fue al Blockbuster a sacar una película, se puso a jugar con su iPad, habló en repetidas ocasiones por teléfono con sus impertinentes clientes, destendió la cama, la volvió a tender.  La verdad sea dicha: estaba muchísimo mejor que yo, que ya me empezaba a doler la espalda de no hacer nada.  Dicen que es de sabios rectificar (aunque sea por segunda vez).  Escuchando lo que mi sabiduría me había dictado, le anuncié a mi mujer que me iba con mis amigos, “pero sólo por un par de horas”.  Mi aérea mujer me-lanzó-una-fulminante-mirada para luego atajarme con un “no te tardes”.  Por supuesto ni siquiera hubo un beso de despedida.

Admito aquí mismo que en el coche me sentía como adolescente que se va de pinta.  El tráfico fue benigno y llegué con rapidez a la cantina.  Esta “buena suerte” de viernes por la noche no podría traer nada bueno consigo.  Subí al tercer piso, en donde siempre se reúnen mis amigos, y para mi satisfacción había ya varios de ellos departiendo ruidosamente.  Saludé a todos con fuertes y sentidos abrazos.  Después de varios minutos de apapachos y conversaciones de cortesía, por fin, pude lograr sentarme y pedir mi primer cuba-libre.  Ya en mi lugar, el desencanto fue casi inmediato.  El tema de conversación era el inminente divorcio de uno de mis compañeros, al que apodaré como el Filósofo.  El Filósofo nos pedía solidaridad, comprensión y sobre todo consejos para sortear con dignidad y entereza el amargo trance por el cual tendría que transitar.  Probablemente el Filósofo creyó a priori que todos los ahí presentes estábamos suficientemente capacitados no sólo para opinar al respecto, sino también para aconsejarlo.  Hay pocos hechos en la vida que se pueden calificar como un acto de extrema inocencia.  Éste era uno de ellos.  Aunque había un compañero en sus segundas nupcias, que llamaré el Jefe de mi Primo, no creo que se le pueda considerar un experto en divorcios cuando sólo había padecido uno en carne propia.  Los demás asistentes o estaban casados o también divorciados, qué sé yo, y por sus caras preocupadas y perplejas deduje su más absoluta impericia para tratar sobre el espinoso tema.  Y aparte un servidor, con su cuba-libre entre las manos ya frías, que no sabía qué diablos hacía ahí.  Como es regla general en estos asuntos, el que menos sabe es el que más consejos da.  Es decir, yo otra vez.  No sé de donde me salió toda esa locuacidad.  Tal vez fue la irreprimible fuga de tanta estulticia reprimida dentro de mí por años.  La cuestión es que ahí me tienen diciendo que eso de los divorcios lo causaba la falta de dinero, el síndrome del príncipe azul, la liberación femenina, la incompatibilidad estructural entre el hombre y la mujer, y un sinfín de sandeces que afortunadamente he olvidado (espero que para siempre).  Cuando terminé mi exaltado discurso, el Jefe de mi Primo me preguntó a quemarropa: ¿Y el amor?  ¿No es realmente el desamor el principal causante de los divorcios?  Las preguntas del susodicho causaron un aturdimiento generalizado entre los ahí presentes, y fue seguido de un incómodo silencio que duró, acaso, dos eternidades.  Después del silencio, la conversación se rehizo por otros cauces y los temas normales, como el futbol y la política, se instalaron de nuevo entre nosotros.  Fue en ese momento que me di cuenta de mi absoluta y perfecta falta de … todo.  Mi alada esposa debía estar odiándome, viendo sola esa película que rentó en el Blockbuster.  Entendí entonces que si al llegar a casa me recibía con una demanda de divorcio, debía tomarlo como un acto incontrovertible.  También entendí que los divorcios, realmente, son causados por la absoluta torpeza de la que a veces hacemos gala los hombres.

Estoy ahora frente a la entrada de mi casa.  Es la una y media de la mañana.  La llave está lista para abrir la puerta.  La luz de mi recámara está encendida.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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