El mundo desde mi bici – XXXVIII

Discutamos la epidermis.  Leída esta primera frase, tal vez usted, como yo al escribirla, haya imaginado a su actriz/cantante/modelo favorita cubierta apenas por un bikini, asoleándose en la playa, exponiendo así su broncínea piel a los fatales rayos UV.  O tal vez usted, lectora amiga, haya imaginado a su actor/cantante/modelo consentido en plan igual de exhibicionista.  Mas no; no vamos a discutir aquí esa epidermis.  Esa epidermis nuestra civilización nos la ha convertido en un órgano interno, como lo son nuestro estómago, nuestros pulmones, nuestro corazón.  Es algo que ya no está tan a la vista, sobre todo si se vive bajo un régimen musulmán (que no es el caso de este atribulado país).  Sería más preciso llamar a la piel sólo dermis, ya que nuestra epidermis real y funcional es la ropa y el calzado que llevamos puesto.  Esa epidermis es la que no sólo nos distingue de los demás, sino que también nos sitúa entre los demás.  Los verdaderos dermatólogos post-modernos son los diseñadores de moda.  Y aunque la sociedad en su conjunto los califica como seres huecos y, por ende, superficiales, ellos son los que realmente se preocupan por nuestro adecuado aspecto epidérmico, permitiéndonos así mantener unas relaciones sociales sanas, lo cual siempre ha sido importantísimo.  Vea usted si no.

La epidermis, dicen los expertos, la define la situación.  Si uno es abogado, político o banquero, debe forzosamente lucir un traje impecable, de preferencia un traje sastre o de diseñador, con rayitas, a veces más gruesas, a veces más delgadas; acompañados por unos zapatos afilados y súper brillantes sin llegar al charolazo.  Una camisa blanca y una corbata discreta de un color que comunique el partido político en que milita, los de la corporación en donde trabaja o el que exprese la enjundia del apasionado litigante siempre serán apropiadas.  Si, en cambio, uno es millonario y, sobre todo, multimillonario del ramo tecnológico, como lo es el Sr. Zuckerberg o lo fue el Sr. Jobs, entonces unos jeans azules y luidos, una camiseta que muestre una leyenda que sólo los nerds puedan entender, y unos Converse serán suficientes para literalmente gritarle a todos que usted nada en dinero.  Pero si usted es un intelectual, deberá llevar los mismos jeans luidos del millonario y una camiseta, ésta si, preferentemente sin leyenda alguna, y unos Converse, aunque sean pirata.  La diferencia estará en que, en vez de estar comiendo en el restaurante de moda, como el multimillonario tecnológico, estará en el café de siempre.  En ambientes de rancho o campestres, se apreciarán una camisa a cuadros, unos “vaqueros” gastados mas nunca  luidos, unas botas y un buen sombrero de fieltro.  Si se está dentro de una cancha de tenis, unos shorts y una raqueta nunca se verán mal y creo que hasta serán de cierta forma útiles.  Si va al club, lleve sus pants puestos, notará enseguida que la gente lo respetará.  Cuando uno es soldado, más vale parecerlo, sino pregúntele a un soldado.

Las ocasiones sociales también definen la pertinencia de la epidermis.  No se vale ir a una boda de gala en corbata y saco sport.  Tampoco se vale presentarse a una junta con el presidente de la república en mangas de camisa.  No es adecuado ir a la playa en traje sastre, como tampoco lo es cuando se presenta uno en bermudas para pedir un préstamo.  Si uno va a una cena a la casa de un amigo íntimo y entrañable, es prudente llevar unos caquis, una camisa a rayas y un suéter de cashmere; así uno dará el mensaje de que es formal y maduro, pero tan jovial como siempre.  Es recomendable ponerse sus mejores garritas “casuales”, además de rasurarse y peinarse, antes de visitar a su madre, así ella pensará que todo está bien.  A las primeras comuniones, las que se celebran temprano en la mañana, hay que llegar con saco y omitir la corbata.  Si uno es vendedor, más le vale aparentar ser un gran empresario, es la única forma de vender hoy en día.

Y para comprar también tiene uno que cuidar el aspecto de su epidermis.  Uno puede ponerse unos jeans, unos tenis y una playera polo amarilla, muy amarilla, y presentarse en Liverpool, en El Palacio, en Zara, en Gameplanet, vaya, hasta en cualquier tienda de regalos, y pasar desapercibido.  Pero no se le ocurra aparecerse vestido así en Gandhi, porque todos lo tomarán como uno más de los 150 “asesores” que habitan la librería, y no lo dejarán en paz algunos clientes hasta que encuentre la duodécima edición de Los estertores macabros de Juan de la Pitaya.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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