El mundo desde mi bici – XXXVII

Diecinueve años había vivido como quien sueña: veía sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Jorge Luis Borges, Ficciones, Funes el memorioso

¿Qué es la memoria?  Pero momento.  ¿Qué clase de pregunta es ésa?  A primera vista parece cualquier pregunta, tal vez hasta un poco retórica, un poco lugar común.  Mas enseguida intuyo que no es cualquier pregunta, que es como una especie de bicho agazapado dispuesto a soltarnos una buena dentellada nada más nos descuidemos un poco.  Es una pregunta camaleón a la que le gusta sorprendernos, de preferencia cuando, tirados sobre nuestras espaldas en cualquier lugar que usted quiera imaginar, observamos abstraídos la noche estrellada; o cuando, cobijados por una buena conversación y el tintineo de una sudorosa cuba libre, nos encontramos discurriendo sobre la probable inmortalidad del cangrejo.  Dice el diccionario que la memoria es una imagen o conjunto de imágenes de hechos o situaciones pasadas que quedan en nuestra mente.  Pero el diccionario a veces simplifica de más y hace aburrida la existencia entera.  Me gusta más esto de Italo Calvino: “…una blancura opaca iba borrando todo recuerdo de sensaciones, y una indistinta, quieta mancha de luz indicaba la presencia del sol como una sorda punzada de dolor.”*  No encuentro la cita de Borges en donde nos dice que el recuerdo es el proceso del olvido (o algo así).  Porque el olvido es esa blancura opaca, esa quieta y ubicua mancha de luz solar a la que se refiere Calvino.  Y entonces nos asalta la revelación de que, conforme nos vamos haciendo más viejos, lo que termina siendo nuestra vida es ese detrito del olvido, blando e informe, que llamamos memoria.  Y es algo angustiante todo esto, porque también caemos en cuenta de que recordamos muy poco de nuestra propia vida.  A ver, ¿usted, querido lector, me podrá decir con pelos y señas qué hizo el sábado pasado?  O como sucede en las series policíacas ahora tan de moda: ¿me podría decir en dónde se encontraba el 2 de febrero a las 20 horas con 45 minutos?  Es más, ¿cuántas veces no nos hemos descubierto que fuimos desde nuestra casa hasta el trabajo en perfecto estado de inconsciencia?  Vaya, ni nos acordamos cómo cruzamos sanos y salvos todos esos semáforos.  Y si esto pasa con nuestro pasado inmediato, ¿qué podemos recuperar de nuestro pasado remoto?  Realmente sólo un palmo de imágenes.

Hace un poco más de dos semanas murió el comandante Neil Armstrong.  La noticia realmente me conmovió mucho.  Debería decir que me conmovió insólitamente.  Tanto, que me puso  a pensar por qué estaba yo tan triste.  Tratando de dejar atrás la melancolía, empecé a sopesar los hechos.  Es un hecho que Neil Armstrong es un referente inequívoco de nuestra civilización.  No cualquiera se atreve a navegar hasta la luna en un cacharro de hojalata, que además estaba controlado por una computadora tan potente como mi calculadora financiera Casio de 1984.  Es verdad también que este acto heroico unió, aunque sea por unos instantes, al mundo entero que, estupefacto, veía la proeza del alunizaje en vivo a través de unos artefactos que presuntuosamente llamaba televisores y que proyectaban difusas imágenes en blanco y negro.  Es incuestionable que esta hazaña nos enseñó que nada es imposible cuando realmente nos proponemos algo.  Todo esto está muy bien, pero verdaderamente no es para que uno se ponga a llorar con la noticia de la reciente muerte de uno de los tres tripulantes de aquella misión.  ¿Entonces, qué era lo que tanto me afectaba?  La verdad algo mucho más simple y obvio.  El alunizaje es uno de los recuerdos más antiguos que poseo.  Tenía un poco más de un mes de haber cumplido 5 años.  Ese día estábamos todos en la tele-sala (palabra precisa y muy plástica acuñada por mi abuelo).  Había mucha excitación en la casa y todos nos pusimos frente al televisor.  Era un televisor grande, cuyo valor real radicaba más en el mueble que lo contenía que en sus titubeantes bulbos.  Los comentaristas sopesaban los intríngulis de la misión.  Había “expertos” que opinaban sobre las (obvias) dificultades técnicas de la misma.  Y de repente la imagen en la pantalla se llenó de módulo lunar, de polvo y de las palabras inolvidables “The eagle has landed”.  En la casa todo era emoción, también en el estudio de Televicentro.  La imagen en la tele se congeló con la vista al suelo lunar a través de la ridícula ventana de un cacharro de hojalata.  Y así permaneció por minutos y minutos interminables.  Lo último que recuerdo es que pregunté algo así como: ¿y a qué hora se les va a ocurrir salir a la luna a esos astronautas?  Y en este preciso momento en que escribo todo esto, otra vez se me pone la piel chinita y me vuelve a dar tanto pesar el que Armstrong ya no esté con nosotros.  He aquí la explicación.  El Apollo 11 y Neil Armstrong me conectan con mi pasado y, por lo tanto, me conectan conmigo mismo.  Por eso mi pesar.

Releo el párrafo anterior y me sorprende darme cuenta de cuánto recuerdo de ese día.  Entro ahora a un paraje brumoso: el de la duda.  ¿De veras las cosas fueron así?  ¿No será que estoy reconstruyendo un hecho pasado con experiencias adquiridas posteriormente?  Digo, porque esto del Apollo 11 fue noticia constante en años posteriores.  Se comentaba en la tele, en la radio, en las sobremesas familiares, en las reuniones…  Hasta que se hizo parte del inconsciente colectivo.  A esto hay que agregarle que muchos creyentes de la conjura universal afirman que el hombre nunca ha llegado a la luna.  Que lo que todos vimos fue el producto de una superproducción realizada por cineastas de Hollywood en (aquí viene lo más inverosímil) ¡Acapulco!  Entonces si lo que recuerdo es una reconstrucción, o más bien una invención, ya personal, ya colectiva, entonces ¿qué es lo que de mi vida queda ya que ni el palmo de recuerdos que poseo puede considerarse como veraz? …  Que descanse en paz Neil Armstrong.

* Italo Calvino; Los amores difíciles; La aventura de un empleado; Segunda reimpresión; México; 1991; p. 68

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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