El mundo desde mi bici – XXXVI

Hay cosas en la vida que son inexplicables.  Son cosas que sólo pueden ser comprendidas por medio de un acto de fe.  Una de ellas es el índice IMECA.  Inventado en 1982, este índice fue diseñado para medir la contaminación atmosférica de la Ciudad de México y sus alrededores.  Este artefacto tecnológico nos alerta cuando la contaminación llega a niveles intolerables.  En caso de que esto suceda hace que el gobierno tome medidas urgentes para disminuirla.  Una de esas medidas es limitar la circulación de nuestros vehículos por medio del programa “Doble hoy no circula”.  Desde el año de 1997, con el advenimiento de un “nuevo” gobierno en el D.F., este índice nunca ha llegado a niveles tan escandalosos y por lo tanto no ha sido necesario aplicar esta impopular medida.  Lo inexplicable es que a lo largo de estos 15 años la contaminación no haya llegado, aunque sea un solo día, a niveles ya no digamos alarmantes, sino altos.  ¿Cuántas veces, chilango lector, no ha visto que el cielo se cae de tanto smog que lo agobia?  ¿Cuántas veces no ha sentido usted que esa irritación en los ojos, en las fosas nasales y en la garganta se recrudecen?  Pero no sea usted alarmista y no trate de politizar el asunto, eso que usted ve y siente no es real; seguramente fue causado por su mente reaccionaria que siempre está en contra de los verdaderos gobiernos progresistas.

Siguiendo la misma línea, consideremos por un momento el concurso Melate.  Este concurso es idéntico formalmente a las loterías que se celebran en otros países, sin embargo tiene una particularidad que lo distingue: en México le atinamos al premio mayor del Melate muy seguido; no pasan ni dos meses cuando sabemos que alguien ya se lo llevó.  En otros países toma años para que algún afortunado le atine a esos dichosos 6 numeritos.  Dirán aquellos que saben mucho de probabilidad y estadística que esto es imposible, ya que sacarse el Melate es como que a uno le caigan tres rayos al mismo tiempo en un día soleado en medio del Zócalo.  Gente de poca fe.  ¿Qué no saben que en México somos re-suertudos?

Tal vez el más misterioso de estos fenómenos sea el de la inflación.  Perdón, corrijo, la inflación no tanto, sino ese algoritmo inexpugnable que la mide llamado Índice General de Precios al Consumidor.  Nos informa este índice que los precios en el último año han subido sólo un 4.42 %.  Muy bien.  Pongamos a prueba esta cifra estudiando una pequeña muestra.  Los frijoles refritos en lata subieron de 9 a 13 pesos este último año.  Un alza del 44.44 % según mis cuentas.  La leche subió de 11 a 12.50, significa un 13.64 %.  La gasolina ¡uff! muchísimo, ni me acuerdo del precio de hace un año.  Y vaya, el huevo se cuece aparte.  De 14 pesos el kilo hace un par de meses, al increíble precio de 38 o 40 pesos el kilo, ¡un 285 %!  Muy seguramente mis cuentas están muy mal, ya que desconozco el resto de la fórmula que calcula con precisión micrométrica la inflación.  Eso me pasa por no haber puesto atención durante las clases de economía en la universidad.

Y esto último deriva, también extrañamente, en otro fenómeno.  Mi cartera, que la verdad nunca ha tenido períodos de gran auge, se vacía cada vez con mayor celeridad.  El llegar a la siguiente quincena se hace cada vez más penoso y las deudas son cada vez mayores y apremiantes.  Para aliviar esto, dicen algunos alevosos sin nombre, en países “más desarrollados” la gente se organiza y deja de comprar los productos que aumentan de precio sin una razón justificada.  Si el producto que dejan de comprar es perecedero, como el huevo, mucho mejor, ya que este producto tiene la extraña tendencia a pudrirse con el paso del tiempo.  De esta forma, insisten estos parias de la economía académica, se reduce la demanda y por ende se presiona el precio del bien hacia la baja.  ¡Voila!  Me convenció esta reveladora argumentación y de inmediato lancé una modesta pero ambiciosa campaña en las redes sociales para que todos dejáramos de comprar huevo.  La campaña recibió una gran cantidad de “Likes” y comentarios (para mí una gran cantidad son 5 o 6, en total).  Me visualicé feliz comprando huevo de a 5 pesos el kilo.  Todos los mexicanos gozábamos de una felicidad indescriptible.  Cuando estaba en eso, la puerta de la cocina se abrió abruptamente.  Era mi alada esposa que llegaba bien provista con un cartón completo de huevos.  “Fíjate que los encontré de barata en el súper.  ¡Compré tantos porque está a sólo 33 pesos el kilo!”

Creo que mi campaña no va a funcionar.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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