El mundo desde mi bici – XXXIV

En el mundo cada vez somos más los autistas.  ¿No me lo cree?  Sólo otee a su alrededor.  Ése que ve ahí sentado al lado suyo en la mesa de la cocina, ése que parece estar ya permanentemente encorvado por inclinarse tanto sobre el feis y el tuiter de su smartphone, es nada más ni nada menos que Don Balón.  Aquélla que, mientras cocina, sólo le pone atención a la tele, es mi alada esposa.  Ese otro, que se la pasa mensajeando, es Goyito (otrora Rockstar).  Un servidor al parecer se convirtió en el ídolo mayestático pero olvidado de una civilización perdida: una especie de figura de piedra que si acaso sirve ahora como pisapapeles.

Para romper el ignominioso hechizo en el que la familia parece estar sumergida, el ídolo mayestático arroja al espacio con frecuencia expresiones como las que siguen para propiciar la polémica:

“Si una almena come avispas, muy seguramente podrá producir noches ronroneantes.”

“Las olimpíadas sucumben ante los traseros contoneantes de los girasoles”

“¡Es impresionante el subterfugio!  Cuando se empecina en herir, malbarata las cosas.”

“Si te atascas en un lirio solar, es muy probable que las golosinas se apliquen en la lectura.”

Lo único que logro, si acaso, es un gruñido de Goyito y una mirada fulminante de mi alada esposa.  Las más de las veces los tres hacen lo que Don Balón: ni se inmutan.

Y cuando salimos a las calles, la cosa no cambia mucho.  Vemos decenas de personas que tienen conectadas a sus orejas todo tipo de audífonos, al parecer de forma permanente.  Dentro de los camiones y camionetas del mal llamado transporte público, los radios atronadores con lo último de la música de banda, o de plano electrónica, inundan con insolencia el espacio circundante.  Así evitan que la gente que dentro de ellos va y que a ellos se acerca se pueda comunicar entre sí.  Los automovilistas olvidan manejar sus cacharros, ya que es más urgente atender los mensajes que les llegan a sus celulares.  Las demás personas parecen caminar a sus ignotos destinos sin algún artefacto adherido a su humana naturaleza, pero con un gesto en el rostro que denota una ausencia que por lo grave parece ya bovina.  Al llegar a la oficina, las cosas no cambian mucho.  Cada quien es absorbido por su correspondiente computadora y no salen de ese estupor hasta que dan las seis de la tarde.

Y claro que esto tiene sus consecuencias.  Algunas son buenas.  Al ignorar todo lo que les rodea, cada vez más personas lo dejan a uno en paz.  Las mujeres bellas y guapas, por ejemplo, ya no son importunadas con lascivos piropos; los chavos y hasta los albañiles ahora prefieren ver y piropear a las que aparecen en su “red social”.  ¿Ha notado que ya no es tan frecuente que nos atajen repentinamente para pedirnos indicaciones de cómo llegar a alguna calle?  Viéndolo desde un punto de vista francamente elbista, hasta podemos decir que la gente ahora lee más y, no sólo eso, sino que también escribe más.  Esto último, la verdad, no es nada bueno, porque hay cada palurdo y palurda que no tiene idea alguna de nada, y que se atreve a “educarnos” diariamente con sus “sabias” sentencias plagadas de lugares comunes.  Bueno, es tan malo, que el que esto escribe se atreve sin empacho alguno a publicar sus bodrios de vez en cuando.  Pero creo que es aún más malo que ya nadie se preocupe por su prójimo, entendiendo como prójimo a ése que precisamente está caminando al lado suyo y no a aquél que tal vez sólo exista en el espacio cibernético.  También es malo que muchos hayamos olvidado el arte de la conversación amena; que literalmente hayamos reemplazado la realidad-real por la realidad-internáutica, al grado que ya es para nosotros más verosímil lo que en la televisión se dice o lo que se asevera en la red.  No nos debe sorprender que los manipuladores por vocación hayan tomado consciencia de esto y hayan actuado en consecuencia.  Luego entonces tampoco nos debe sorprender que nuestro siguiente presidente sea un personaje de telenovela, acompañado por esa atribulada y mediocre actriz que tiene por esposa, y que su enemigo a muerte de la “izquierda” se parezca cada vez más a Gargamel, al que también le encanta comerse a los pitufos precisamente por ser azules.  Por eso yo, ante todo esto y ahora mismo, prefiero ponerme los audífonos de mi iPod.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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