El mundo desde mi bici – XXXIII

Este martes cayó en mi muro del feis una retrospectiva crítica de Roberto González Echeverría sobre la novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.  Lo que dice el artículo de González Echeverría es irrelevante para los limitados fines de este pequeño bodrio.  Lo que importa ahora es sólo su título: “Gabriel García Márquez: Cuatro décadas de Cien años de soledad“.  Dicen los gringos que one step leads to another.  En castellano quiere decir que si uno la empieza a regar, la seguirá regando ad aeternum.  También la prudente lectora colegirá más adelante que por este torpe y repetido quehacer (de siempre estarla regando), mi relación con este multicitado, multipremiado y multi-multi libro nunca ha sido buena.  Al leer el título de la ya mencionada crítica deduje, ignorante como soy, que se acababan de cumplir 40 años de la primera edición de esta novela, cuando todo el mundo sabe que en realidad ya va a cumplir 45 años de estar entre nosotros.  Tampoco me di cuenta que el artículo, que alevosamente me fue enviado apenas por la revista Letras libres, tiene fecha de septiembre de 2008.  Al ignorar ambos hechos, estructuré esta bici como si en verdad se acabaran de cumplir los 40 años de Cien años de soledad.  Me vi enfrentado así a una de las encrucijadas que al destino le encanta plantear: o cambiaba todo el texto y trataba de ocultarle a usted, siempre inocente lectora, mi flagrante omisión, o de plano le adaptaba un primer párrafo poblado de explicaciones inconfesables.  Como soy muy flojo, opté mejor por escribir este párrafo explicativo, así que le pido amablemente que a partir de ahora nos subamos a la falsa máquina del tiempo que le propongo y asumamos estar en el año 2007 en vez del 2012.

Cuarenta años es la medida temporal bíblica por antonomasia.  Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, en su Diccionario de los símbolos, nos informan que este número tiene múltiples significados: puede ser un período de espera, de preparación, de prueba o de castigo.  Nos ilustran, por ejemplo, que tanto Saúl, David y Salomón reinaron, cada uno, 40 años.  La alianza de Yahvé con Noé fue hecha 40 días después del diluvio que, por cierto, también duró igual número de jornadas.  Los hebreos rebeldes a Dios fueron condenados a errar 40 años por el desierto.  Moisés fue llamado por Yahvé cuando tenía 40 años de edad y también él, Moisés, permaneció 40 días en la cima del monte Sinaí.  Ya en el Nuevo Testamento, los evangelistas nos relatan que Jesús fue llevado a la sinagoga 40 días después de su nacimiento.  Cristo predicó durante 40 meses y salió victorioso de la tentación que sufrió por 40 días.  40 horas después de su muerte, Jesús resucitó de entre los muertos y, finalmente, se apareció ante sus discípulos 40 días antes de su ascensión.  El número cuarenta es, por ende, un número fundacional.  Para todos los latinoamericanos, incluso para algunos otros que pronuncian lenguas bárbaras como el inglés, es entendible que tan trascendente número tenga una carga simbólica similar perfectamente aplicable para la novela latinoamericana más representativa del siglo XX: Cien años de soledad.  En estas fechas se cumplen 40 años del nacimiento editorial de la obra de Gabriel García Márquez.  No quiero confundirla, querida lectora, mas esto también tiene un significado especial para un servidor.  Por supuesto que para mí no simboliza ni un período de espera ni, mucho menos, de preparación; tal vez, más adecuadamente, sea una prueba o un castigo.  Aquí mismo lo habremos de descubrir.

A algunos de nosotros nos llega la edad en que decidimos hacernos lectores “en serio”.  El impulso se manifiesta por un doble afán: ser como aquel brillante maestro de literatura y buscar el reconocimiento de sus congéneres: “¡pero mira qué culto es!”  Uno se hace lector serio, hablando en plata, por pura pose.  Es entonces cuando empezamos a “devorar” novelas, cuentos, poemas, ensayos y hasta teatro, siempre y cuando éstas sean obras literarias certificadas (lo que eso signifique).  Delante de nuestros ojos desfilan más los autores (además de una forma variopinta: a Lope de Vega le sigue Octavio Paz; a Paz, Pérez Galdós; a Pérez Galdós, el Duque de Maldoror; a Maldoror, Samuel Beckett; a Beckett; Franz Kafka; a Kafka, Hermann Broch y así hasta empezar a mezclar la magnesia con la gimnasia) y no prestamos tanta atención a sus obras.  A esa edad le gusta a uno llenarse más la boca con expresiones como “el existencialismo de Camus supera al de Sartre por ser más lúcido y honesto”, que simplemente tener el placer de transitar y entrometernos en la historia que se nos propone, digamos, en la novela que estamos leyendo. Muy al contrario, cuando se está en esa etapa uno lee por obligación.  “Tienes que leer a Borges” (el cual fue uno de los consejos más felices que he recibido).  “No te puedes perder esta novela, es imperativo que leas los Cien años de soledad.  Si no lees la novela de García Márquez nunca llegarás a comprender el por qué del boom latinoamericano.”  Y ahí va uno, a leer a fuerza otra obra más, que muy seguramente, como todas las otras, no apreciará del todo.  Así fue como empecé a leer: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo“.  Debo reconocer que esta entrada me enganchó, pero como leía por obligación, lo que siguió a partir de aquí hasta que el último de los Buendía nació con cola de cochino es aún hoy en día para mí un amasijo informe de Aurelianos, José Arcadios e interminables lluvias.  Terminé la novela sólo porque tenía que descubrir en ella la definición de lo “real maravilloso”, en vez de humildemente arrojarme a su trama.  Por supuesto, la terminé aborreciendo.  Un poco me sentí como cuando Borges pidió a uno de sus entrevistadores, Waldemar Verdugo-Fuentes, que le leyera la novela de don Gabriel.  Antes de que Verdugo-Fuentes llegara a la página 100, Borges le atajó: “¿No llegamos a los cien años, no?  Trataré de leerla entera alguna vez…, porque como tengo el problema de la vista, y tengo que redactar mi obra, me queda muy poco tiempo para leer.”  La superior sabiduría de Borges sobre la mía es clara: él dejó el libro para una mejor ocasión, yo me lo atraganté.

Lo peor es que sigo empachado.  Todo lo que huela a García Márquez lo abomino.  Creo que es así también porque no me gustaron mucho sus opiniones ‘revolucionarias’ con respecto a la ortografía y a la gramática.  Una persona que, creo, domina el castellano como pocos no puede de repente darle así la espalda.  O tal vez sea que cada vez que su obra me ronda algo malo me pasa, como hacerme creer que Cien años de soledad acababa de cumplir 40 años.  Infiero así que la obra del Nobel colombiano no es una prueba, nunca lo será, para mí claramente es un castigo.  Amén.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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