El mundo desde mi bici -XXXII

La de anoche fue una velada ecléctica. Estuve en el infierno, en el purgatorio y milagrosamente no llegué al cielo. Confieso, entonces, que la noche, para ser miércoles, no pudo haber estado mejor. Recibí a media tarde una inesperada llamada de mi alada esposa invitándome a la presentación del libro Las Rebeldes de Mónica Lavín, la cual se celebraría en el Museo Franz Mayer. Me explicó que escuchó por la mañana una entrevista a Mónica en la radio y que le había interesado el tema del libro: se trataba de unas mujeres revolucionarias que no habían sido las típicas soldaderas. Como soy bien difícil, le dije de inmediato que sí. Propuse que nos viéramos a las seis en la oficina y que partiéramos en metro al centro de la ciudad.

Como el amable lector se habrá ya dado cuenta, mi don de la oportunidad cada vez es más exquisito. ¿A quién se le ocurre tomar el metro en hora pico? Sólo a un servidor. La estación parecía partido América-Guadalajara: la gente se apretujaba en el andén y se oía un rugido sordo similar al que se escucha en los estadios unos instantes antes de que se anote un gol. El primer tren que pasó estaba completamente abarrotado. Aún así se lograron subir algunos, aumentando la presión de los vagones a niveles que me parecían ya intolerables. Pasó un segundo tren, pavonéandose enfrente de nosotros, iba completamente vacío y nunca paró, siguió derecho. En ese instante pensé en la mamá del director del transporte público. El tercer tren venía lleno, pero no tanto. En una maniobra de completo heroísmo y pericia, mi alada mujer hizo que nos coláramos justo al centro del vagón, a un claro de aire que se forma en el pasillo entre los asientos. Respiramos hondo y nos dimos cuenta que a los mexicanos nos encantan las salsas con mucha cebolla y no poco ajo. Alrededor de nosotros la gente se apretujaba sin emitir sonido, queja o comentario alguno. Es imposible dejar de relacionar esto con la visión del ganado en el rancho de mi tío. Una diferencia: las vacas sí que mugían. Un poco después, el tren se empezó a mover. Como faltaban unas 6 estaciones para llegar a nuestro destino, decidí sopesar ese infierno cotidiano para millones, convirtiéndome así en un Dante chilango. A sólo unos metros de mí descubrí a un señor que dormitaba parado, cobijado por la multitud. Había una señora, allá, que no tenía más remedio que irle oliendo el sobaco a un sombrerudo de bigote recio. Los chavos-banda, apretujados por la multitud, no podían bromear, gritar, grafitear, rayar e insultar como normalmente lo hacen. Una señora desamparada cargaba a su pequeño, la pañalera y la bolsa del mandado mientras veía a un joven de traje enfrente de ella disfrutar del viaje cómodamente sentado. Pero lo que verdaderamente allí había era un amasijo de gente, privada de su individualidad, arrojada así a la ignominia, al anonimato. Sólo una bendición en medio de todo esto: la ausencia total de los anodinos vendedores que pueblan estos vagones cuando no es hora pico. El tren, la verdad sea dicha, no tardó tanto en llegar a nuestra estación. Tuve que acordarme de mis tiempos mozos, cuando jugaba futbol americano, y abrir así un hueco entre la gente para poder salir sin perder a mi mujer en el intento. La maniobra fue un éxito comparada con la de Alex Lora en la estación Balderas.

Salimos de las entrañas de la Tierra y transitamos por la oscurecida avenida Hidalgo en busca de las puertas del Museo Franz Mayer. El cambio de escenario fue, sino dramático, notable. Al llegar encontramos una pequeña concurrencia charladora y amena. La fuente en medio del patio, quieta y muda, lucía pretenciosa mil velas que sellaban su contorno. La iluminación de los pasillos y escaleras del palacio le daban el aire acogedor de aquel lugar mítico de nuestra casa de infancia. Empecé a reconocer ciertas caras. Antonio Saborit estaba un poco nervioso revisando algunas notas. Lydia Cacho, aquella que sufrió las torpezas de un gobernador apocado, prepotente y en apariencia ‘precioso’, escuchaba serena la plática de una vieja conocida. El señor en la esquina, ése que parecía demasiado flaco para ser él, ¿era el amigo escritor que hace tanto no veía? La autora se tomaba ambas manos, apenas escondiendo los nervios. Y Benito Taibo se paseaba incesante por el patio, escrutando con celeridad las caras de los asistentes. Alrededor de ellos transitaban ansiosos de reconocimiento los escritores en ciernes, con su barbita de corte Trotsky, sus sacos caqui, sus camisas-siempre-azules y sus jeans luidos. Me llama la atención el aspecto del cabello de estos personajes. No sé cómo logran ese efecto lacio, despeinado y a la vez apelmazado. Es un misterio. Yo he estado días enteros sin bañarme y no logro el mismo resultado. ¿Se echarán en el cabello por las mañanas una generosa taza de miel con tierra y aceite? La familia de la autora destacaba entre la concurrencia. Todos iban vestidos como si de una boda se tratara. Dos jóvenes muchachas jugaban a parecerse a Tina Modotti. Y nunca falta el ideólogo trasnochado, el que ensaya la pose de un Lenin de monumento, el que con su mirada fulmina a esa pequeña burguesía superficial, vacua e intrascendente. Mi alada esposa y yo, bichos ajenos convertidos ahora involuntariamente en parte del espectáculo, ocupamos nuestra butaca, casi hasta adelante, para no perder detalle.

Pero, para los que nunca han ido a este tipo de eventos se preguntarán, ¿qué es una presentación de un libro? Bueno, primero es la posibilidad de ser testigo privilegiado para escuchar un torrente de halagos de tal magnitud que, si de agua se tratara, sería más grande que las cataratas del Iguazú. Ahí los ponentes nos tratan de convencer sobre la imperativa necesidad, sino ya de leer el libro, al menos de comprarlo. Es de facto una práctica arcaica de la mercadotecnia. Esta parte, de todas formas, se pone muy interesante, ya que para el que sabe escuchar entre líneas se da cuenta cuál de los ponentes no leyó siquiera el libro que está presentando, cuál lo usa de pretexto para el lucimiento personal y cuál simplemente lo leyó y nos platica lo mucho que le gustó. Empalagados los asistentes de tanta dulzura, son invitados después a comer una montaña de canapés desabridos y sospechosamente verdes, y a beber un vino que deja un regusto a alcohol del 96. Como son gratis ambos, todos le entramos sin reparo alguno. En el inmediato proceso digestivo de tan sagrados alimentos se da uno cuenta que la noche va a ser larga y que lo único que le queda es comprar el libro para transitarla lo más decorosamente posible.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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