El mundo desde mi bici – XXX

Hoy es día de San Valentín. Vayámonos entendiendo, amable lectora. No soy de los que festeja estas fechas. Es más, de muchas formas las aborrezco. Usted dirá: ‘lo sabía, este señor de la bicicleta es un amargado patán’. Pues tal vez lo sea, pero mis razones tengo. La primera, y que es la más evidente, es que estas fechas ‘sacras’ o ‘semi-sacras’ sirven para sacarnos los pocos centavos que tenemos en nuestras bolsas, so pretexto de halagar y celebrar a nuestro prójimo. Nosotros no somos merecedores del cariño de nuestra pareja, hijos, familia, amigos o amante si no somos capaces de regalarles el juguete más sofisticado, el juego de video más popular, el último libro de Murakami, el reloj con mayor cantidad de diamantes del mundo, la fragancia que usa Angelina Jolie o, ya al menos, un kilito de esos chocolates que venden en el sótano de Liverpool. La segunda, y que es la que más me repugna (sí señora, me repugna, y mucho) es la alta dosis de hipocresía que conlleva la celebración de estas fechas. Nosotros podemos portarnos muy mal todo el año, pero sin empacho le pedimos a Santa o a los Reyes Magos que nos traigan ese carrito que todos tienen o, si se es mujer, la muñeca que hace pipí y popó al tiempo que habla y dice ‘hola’. A nuestras madres, por ejemplo, les reclamamos todo el año las pequeñas ‘faltas’ que tienen, pero eso sí, en su ‘día’ las festejamos forzándolas a cocinarnos los manjares más deliciosos y a lavar todos los trastes y utensilios necesarios para su manufactura y consumo. Nosotros podemos el año entero tratar peor que del nabo a nuestra pareja y, en un día como el de hoy, hacernos los enamorados, invitarla a unos tacos y después, como cantaba Alan Parson, jugar lo que la gente juega a media noche. Hay una tercera razón. No hay, lectora amiga, sistema filosófico que esté completo si no se contemplan en su argumentación al menos tres razones. Esa tercera razón es que, invariablemente, estos días de ‘celebración’ invitan a la ira de los dioses del tráfico. Sólo habrá que salir a cualquier lugar para constatarlo. Todas las avenidas, periféricos, vías rápidas, calles y callejones se llenan, como si de gangrena se tratara, de automóviles, motos, autobuses y, lo peor tal vez, de microbuses y camiones de Coca-Cola. Es realmente inútil llegar a cualquier lado. Por ejemplo, un servidor ahora se encuentra varado en un café de la Colonia del Valle, viendo a una ex-maestra de Rockstar (¡oh, coincidencia, no os portéis mal porque nunca sabéis quién está observando!).  Se hace la tonta para no saludarme.  También veo a esa pareja de novios besarse como si estuvieran en una película de Marcello Mastroianni. ¿No es todo esto realmente abominable, estimada lectora?

Para acabarla de amolar, el día de San Valentín es uno que celebra, más que el amor y la amistad, el adulterio. No levante sus cejitas, querida, que es la verdad. ¿Usted realmente cree que todos esos hoteles abarrotados hasta la madrugada están habitados por felices matrimonios? No quiero pecar de cínico, pero no, y usted lo sabe bien. No tenía que decírselo, realmente. Hoy encontramos en esos lugares del placer efímero al esposo trabajador y a la esposa resignada, cada uno con su respectivo amante. Claro, ya sé que “no-todos-somos-así”, pero no somos muchos los que no somos, hay que reconocerlo. No es casualidad entonces que precisamente el día de hoy haya salido el número XXX de este mundo desde mi bici.

Bien, ya estoy harto de la parejita de la mesa de enfrente.  Me voy, porque ellos evidentemente no consiguieron cuarto.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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