El mundo desde mi bici – XXIX

Creo que soy de lento aprendizaje. Por ejemplo, para el slang soy bastante malo, tardo en reaccionar ante expresiones tan crípticas como how’you doin, whassap, shata’niga y demás linduras callejeras. El día de ayer se me puso en ralentí el cerebro (algo natural para alguien de mi condición) y así opté por ver programas refritos de los 90, ergo a Seinfeld. En un episodio utilizó una expresión para definir otra que es el equivalente al español de “ve al grano”, y que en inglés es “cut to the chase“. Seinfeld (el personaje, no la persona real, supongo) la definió como una frase típica de Johnny Hollywood. Me quedé perplejo. Nunca había escuchado que existiera un actor, un anchorman, un stand up comediant o un host de talk show que se llamara Johnny Hollywood. Repasé en mi mente si de casualidad pudiera ser algún formador de opinión, un político populista de California, algún payaso o algún escritor con tendencias filosóficas como el buen Pero Grullo. Llegó el corte comercial y mi cavilación, junto con el programa, se interrumpió súbitamente. Me distraje, fui por unas Zucaritas con leche y me las comí. El programa terminó y, de repente, cuando ya creía que había olvidado la importancia de saber quién demonios era Johnny Hollywood, me-cayó-el-veinte. Bobo: el Sr. Hollywood es, precisamente, Hollywood; o mejor explicado, la personificación de ese monstruo de hacer películas, televisión y cualquier forma de espectáculo rentable. Además de dinero, Hollywood en efecto es famoso por ser el autor de los más gastados lugares comunes – que adopta de inmediato el slang americano – como lo es cut to the chase. Si soy lento para expresiones de escaso doble sentido como la que acabo de desmenuzar, mejor no le digo, amable lector, lo ágil que soy para el albur.

Hay veces en que nuestro cuerpo nos “habla”. Sin embargo no nos habla derecho. Como en los albures, en las evangélicas parábolas y las metáforas, el cuerpo nos “dice” una cosa para que entendamos otra. Pongo en antecedentes al siempre amable lector. El 2011 fue un año singular. Empezó prometedor, después pasó a ser cumplidor y algo, de repente, se descompuso. Un servidor, caro lector, se dedica a las ventas para alimentar, dar casa, educación y a veces cablevisión a su familia. Los vendedores somos personas extrañas. Cuando nos va bien se nos nota y cuando nos va mal se nos nota más. Como le decía, algo pasó a mediados del año pasado que todo lo bien que iba se fue al caño: se cayeron las ventas y, por lo tanto, mis ingresos. Al fin del año, debo reconocerlo, me sentía un poco abúlico, desganado y falto de ideas. Al tiempo que mi estado psicológico no era del todo bueno, mi cuerpo empezó a darme algunas señales para que empezara a buscar algún remedio. Mi párpado del ojo izquierdo vibraba inopinadamente como las cuerdas del Stradivarius de Vivaldi (desconozco si es precisa esta afirmación, muy probablemente peque de anacrónica o de completamente sin fundamentos o de las dos). Mi nuca palpitaba al menor acecho del estrés. Muchos días sentía una flojera equiparable a la que le da a uno cuando sufre de hepatitis. Al principio se lo achaqué a los años. Un amigo escribió que despertar después de los 40 y no sentir dolor alguno era seguro indicio de que uno hubiera ya muerto. Después de dos meses de achaques in crescendo, entendí (tarde otra vez) que lo que me aquejaba era otra cosa. Nuestro cuerpo es química precipitada con psicología, entonces había que darle algo a la química para corregir la psicología. Lo que necesitaba urgentemente era automedicarme con endorfinas.

Hay dos formas de obtenerlas. Comiendo chocolate, mucho chocolate (magnífica idea, pero no apta para mantener la línea) o de plano hacer ejercicio de forma regular. Debo decirle al lector que la cuestión de levantarme temprano nunca ha sido mi fuerte (acuérdese que soy un poco lento). Tampoco es mi fuerte realizar una actividad física por la tarde, después del trabajo. Mucho menos me gusta hacer ejercicio sin competencia. Cuando joven siempre me ejercité para ganarle a alguien, así en el futbol americano, así en el pambol, así en la rayuela o en los volados. Vaya, si era necesario correr era para prepararse para una competencia. Creo que a mi edad ya no se puede competir deportivamente. Un par de amigos prefieren el FIFA para XBox que el futbol real. Entonces mi ejercicio se realizaría sólo para crear endorfinas y ya no para ganarle a alguien. Suena aburrido. Pero cuando se está en una situación límite es mejor llevar a cabo acciones límite, así que me puse a correr.

No me fue difícil hallar la ocasión para empezar a ejercitarme. La última semana del año pasado me la pude tomar de vacaciones. No así Don Balón, que tuvo que continuar con sus entrenamientos de pre-temporada. Don Balón debía ir diariamente a los Viveros de Coyoacán y yo me ofrecí a llevarlo. Así, mientras él se entrenaba, yo podría correr. Pero calculé mal de nuevo. El púber futbolista entrena al menos hora y media. Yo tenía un buen rato de no hacer ejercicio y ¿ahora me proponía a hacerlo por al menos un poco más de una hora? Cualquiera que en su momento hubiera juzgado mi decisión podría haber apostado que lo que realmente buscaba era un infarto al miocardio. Decidí entonces alternar el correr con el caminar presuroso: un kilómetro corriendo, otro caminando y así hasta consumir la hora y media. El primer día recorrí 10 kilómetros de esta manera. Debo decir que me sentí de maravilla, adolorido de las piernas, claro, pero muy bien. El segundo día hice la misma distancia, con la variante de haber corrido 6 kilómetros y caminado los 4 restantes. Por supuesto mi abulia había desaparecido, pero fue sustituida por un singular dolor en las pantorrillas y en los muslos. Sin importarme nada de esto, decidí al tercer día batir mi récord. Correría 7 kilómetros y caminaría sólo 3. Estaba en el kilómetro 5. Corría con todo, a un paso constante, pero con mayor velocidad que los días anteriores. Escuchaba mi respiración acompasada y sentía mi transpiración a pesar de la baja temperatura ambiente, justo como cuando era joven. Estaba lleno de energía, optimismo y ganas de mejorar cuando súbitamente apareció a mi izquierda, en franca maniobra de adelantamiento, una muchachita de un metro cincuenta de estatura. Me rebasó sin contratiempos, rápidamente dejándome atrás, sin siquiera hacer algún esfuerzo adicional. Yo iba corriendo lo más rápido que podía, ella era una simple marchista calentando. Estimado lector, lo único que le puedo decir es que eso de correr para crear endorfinas no es bueno. Para eso es mejor el chocolate y, mejor aún, el sexo. Que conste que le advertí que soy de lento aprendizaje.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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