El mundo desde mi bici XXVIII

Estoy realmente encantado con la idea de que el mundo se va a acabar. No me malinterprete, paciente lector, no crea usted que soy una perversa especie de sociópata que se regodea con la idea de que, al fin, la raza humana y el planeta entero desaparecerán de este vasto universo. No crea usted tampoco que soy un psicópata (sí, con p al principio, que tan elegante, tan de perfil griego hace ver a esta palabra y no simplemente así: sicópata, como lo quiere ya la Real Academia). En fin, le decía, no crea que soy un psicópata cualquiera, sádico torcido al que le gustaría ver sufrir a todos momentos antes de su desaparición definitiva. Aunque, a decir verdad y emulando al buen Dante, sí que me gustaría ver a algunos en ese trance previo tan parecido a lo que se sufre en el séptimo círculo del infierno: algunos políticos (más bien muchos), algunos árbitros (más bien muchos) y algunos criminales (más bien todos). No. Nada más lejano de la a veces muy pareja realidad. Me encanta que la gente crea que el mundo se va a acabar, porque cada vez que eso ocurre el planeta y nosotros no nos acabamos y, muy al contrario, persistimos con renovados bríos. Sólo habrá que recordar algunos “fines del mundo” que no terminaron de suceder. El primero fue el de Noé y, aunque llovió como locos, realmente el mundo no se acabó; simplemente, digamos, se reconfiguró con una estirpe de seres privilegiados escogida arbitrariamente por una persona que aún me parece poco confiable. En el año 1000 de nuestra era se supone que el Apocalipsis nos iba a cargar a todos y sobre todo a los impíos como un servidor. Eso no sucedió, simplemente se empezó a organizar una primera versión de guerra mundial llamada las cruzadas, dando por resultado que, como todas las guerras y revoluciones, un puñado de hombres se hiciera muy, pero muy rico y poderoso. En el siglo 20, tan atribulado por guerras totales, guerras ideológicas y guerras civiles, se vaticinó que ahora sí, en 1984, se iba a acabar en serio y de una vez todo. Ese año me gradué de la prepa y, aunque fue un cambio repentino (entrar a la universidad, empezar a trabajar, ver reelegirse a Reagan), no fue como para que el mundo se acabara. Ahora resulta que nuestros más ilustres, ingeniosos y sabios de nuestros antepasados, los mayas, vaticinaron que en el Año del Señor 2012 el mundo, definitivamente, se acabará. ¿Será?

Uno de los primeros síntomas cuando la gente presiente que el mundo se va a acabar es el de aventarse (literalmente y muy a lo Camus) a la primera creencia religiosa que le pase por enfrente. Ya sea al usual catolicismo o al protestantismo de moda. A los que son muy fashion les da por adoptar religiones “exóticas” y se hacen budistas, jainistas o de plano practican el sutra, sobre todo el kamasutra (mis favoritos siempre). La mayoría, sin embargo, opta por entrarle a la mayor cantidad de religiones posible, no vaya a ser que la rieguen y se encomienden al dios equivocado. Ante tal fervor colectivo, todos los dioses y demonios se ven súbitamente abrumados y deciden mejor posponer sus planes de dar fin al mundo para una mejor ocasión. Esto sería una linda y fervorosa explicación, pero sé que así las cosas no funcionan.

Resulta que este año es electoral. Este año, una vez más, decidiremos los mexicanos quién nos va a gobernar los siguientes 6 o 70 años. Según las amañadas encuestas que una televisora privada (de la razón) nos presenta, el próximo presidente muy probablemente sea mi tocayito. Por el momento, su ventaja es de dos a uno contra su más cercano competidor, aunque más de la mitad de los votantes todavía no hayan decidido su voto (y que tal vez estén considerando ni siquiera ir a votar, hecho que de suceder confirmaría la victoria de mi tocayito). Y si mi tocayito gana, nos poblaría el gobierno y el poder con hombres y mujeres de nombres tan ilustres como Arturito Montiel, Charly Salinas, Capulina Beltrones, La Mujer del Caño, Betty Walls y un séquito de buenos-para-nada-más-que-para-sacar-ventaja-que-no-sabes, y que tiene por nombre institucional llamarse PRImero YO. ¿Y usted, querido lector, creerá realmente que este ilustre y revolucionario partido va a dejar que se acabe el mundo justo cuando ha recuperado la presidencia de este vilipendiado país? ¡Pero por supuesto que no! Y esta es la razón más fuerte, de más peso, por la cual este mundo está muy lejos de ver su fin, por lo menos, hasta que al revolucionario partido lo vuelvan a sacar a patadas de la presidencia.

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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