La última versión de la realidad

Para la mecánica cuántica el tiempo es una especie de bloque indivisible; en esa realidad el tiempo no transcurre. No hay realmente un pasado, un presente, un futuro. Todo es simultáneamente. Concebir esto, intentar aunque sea intuirlo es ya en sí difícil; para el que esto apunta, casi imposible.

Esta incapacidad personal, y muy seguramente colectiva, se fortalece porque hemos programado nuestras mentes para desenvolverse “coherentemente” en un ambiente artificial en donde la sucesión del tiempo es necesaria. Por añadidura, el paso del tiempo se encuentra regulado en nuestro cuerpo por una sustancia, la melatonina, cuya abundancia o escasez determinan la velocidad con que percibimos precisamente dicho paso. Se infiere por lo anterior que el transcurrir del tiempo realmente es un asunto cultural y fisiológico, pero no un hecho que realmente sea. Mas si el transcurso del tiempo no es ¿cómo explicar entonces lo que significa ser un hombre joven, un adulto o un viejo? ¿Cómo explicar sus extremos: el nacimiento, la muerte? ¿Cómo concebir entonces ese maravilloso accidente que llamamos música? ¿Cómo entender la lectura misma, conceptos como la página 27, el párrafo anterior, el enunciado que sigue? ¿Cómo explicar nuestra imagen en el espejo? Sin este mínimo orden nuestra existencia, tal vez dicen algunos, no sería llevadera. Tal vez. Pero todos los demás seres vivos llevan su existencia sin siquiera estar conscientes del paso del tiempo. Un perro, por ejemplo, se sabe perro y se entiende eterno. Lo mismo la vaca, el árbol, la fugaz mosca y todo lo demás. Es entonces el transcurrir del tiempo, no el tiempo mismo, un invento humano. Un esfuerzo más por enmarcar, clasificar, por dar un orden a algo que no lo tiene. Otra vez el pequeño Aristóteles que todos llevamos dentro. Y sin embargo, hay lapsos en nuestra existencia, breves atisbos en los que vivimos la otra naturaleza del tiempo.

La más inmediata de estas vivencias es la que conocemos bajo el término déja vu. La omnipresente y temo a menudo inexacta Wikipedia lo define como “[el déja vu o] paramnesia es la experiencia de sentir que se ha sido testigo o se ha experimentado previamente una situación nueva.” Esta enciclopedia afirma que por lo menos un 60 % de la población ha experimentado la paramnesia, pero ¿acaso no ha experimentado usted al menos una vez en su vida que un lugar, una situación o un sentimiento aparentemente nuevos los había vivido ya? La psicología atribuye la causa de este fenómeno a la sincronicidad tal como la explicó Carl Gustav Jung: “emplearé el concepto general de sincronicidad en el sentido especial de una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar”. En términos más terrenos: que nuestra sub-conciencia es capaz de aprehender una situación, un lugar o inclusive un sentimiento antes que nuestra conciencia, y que cuando esta situación, lugar o sentimiento se presentan a esta última una fracción de segundo después nos dan la impresión de haberla vivido con anterioridad. Muy lindo todo, pero la definición que Jung da implica la simultaneidad del tiempo, muy probablemente sin quererlo: el empleo de los términos “sincronicidad” y “coincidencia temporal” así lo reconocen. Entonces, el déja vu es una percepción que en efecto se hace sobre un acontecimiento simultáneo que se ha vivido previamente (o en el presente, o en el futuro, o…)

La ensoñación es otro fenómeno en donde la unicidad del tiempo se nos revela. Advierto al lector: el empleo del término “ensoñación” es en este caso exclusivamente mío, porque aún no encuentro otra palabra que describa mejor esta singular experiencia. Entonces, la definición de mi concepto de ensoñación es: la visión clara de un evento futuro en el presente. Esto me sucedió sólo una vez cuando, aún siendo adolescente, iba camino a casa de una amiga. A la mitad del trayecto, vi a mi amiga (no la imaginé, insisto, la vi) sentada en una tumbona al lado de su alberca; tenía una limonada en una mesa junto a ella y se frotaba lentamente el bronceador en sus brazos. Diez minutos después, cuando llegué a su casa, ella estaba precisamente en su tumbona, con su limonada, untándose el bronceador en sus brazos, exactamente en la misma posición como la había visto minutos antes.

Por otro lado podemos ampliar nuestros ejemplos utilizando las referencias a los personajes que ven el futuro, como Nostradamus. Aunque estos testimonios no los puedo del todo desechar, son demasiado crípticos y tan susceptibles a la interpretación, que cualquier frase que estas ilustres personas hayan fijado se puede utilizar para explicar cualquier situación que al intérprete en turno convenga. No dudo, sin embargo, que algunos pocos tengan la capacidad de vivir acontecimientos pasados o futuros. En algunas religiones y culturas ancestrales se tomaba la sincronicidad del tiempo como algo natural. Tal es el caso del taoísmo y de los comentarios vertidos por Filón de Alejandría y Plotino, por remitirme a fuentes antiguas, y que inclusive tienen ecos en personajes de la historia reciente como Pico della Mirandola, Agrippa de Nettesheim, Teofrasto Paracelso y el más cercano Leibniz (otra vez la omnipresente Wikipedia). Para apuntalar un poco lo anterior, Agustín de Hipona, describiendo la visión que Dios tiene sobre el Universo, anotó que ésta podría describirse como el ver un desfile desde un monte o edificio alto desde el cual podríamos apreciar al mismo tiempo el principio y el fin del mismo.

Las implicaciones de una realidad así son innumerables. Apunto las que más me perturban. Como el tiempo es único y no transcurre entonces no existe el libre albedrío. Tampoco hay verdadera salvación, porque nuestro sino está escrito desde siempre. Si el universo así opera, entonces todo es la repetición simultánea de sí mismo ad aeternum. Tampoco habría un big bang, al menos como inicio, ni mucho menos un big crush; es más, los dos serían al mismo tiempo junto con todo lo demás. Si la teoría de los universos paralelos nos arrojaba a un espacio enorme pero abarrotado, el concepto del tiempo estático nos incrusta en un espacio infinitamente pequeño y superpoblado. De los universos que la ciencia moderna nos provee, prefiero por mucho el muy ordenado, previsible y confortable que Newton concibió.

ETBM

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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