El mundo desde mi bici – XXVII

Para David Byrne, que se me adelantó en el tiempo y en el espacio.

No sé por qué a veces se decide uno a pasar un rato, cualquier rato, en lugares poco propicios. La de ese día era una tarde soleada, deliciosa porque la temperatura ambiente no era la de la calurosa primavera, sino la del temprano otoño de la Ciudad de México. Afuera soplaba una ligera brisa refrescante y el aire era tan transparente que se veía todo como si se estuviera dentro de una tele de alta definición. Ese día, aunque usted no lo crea, la ciudad ni siquiera apestaba como es ya habitual. Ante tales prodigios meteorológicos decidimos todos meternos a un centro comercial.

Cuando vamos a esos lugares no sé todavía a quién debo de temer más. A Rockstar le puede fascinar meterse a una tienda de Apple y analizar, uno por uno y con especial cuidado, los accesorios necesarios e innecesarios para su Mac. A mi alada mujer le puede encantar ir a la primer tienda departamental que se le cruce en su camino para probarse cuanta blusa, pantalón, falda, zapatos o “accesorios” le queden al alcance de la mano. Es obvio que en esas tiendas y en todas las demás TODO queda al alcance de la mano. Don Balón no es menos peligroso. De hecho es un poco más diverso que los otros dos. A él le gusta de todo. Ya sea una playera de futbol, un disco del grupo o chava del momento, unos zapatos, unos pantalones, la última versión de Gears of War, un helado de McDonald’s, una cubierta para el iPod (que curiosamente no tiene, pero que da igual, porque está padrísima), un Swatch o, de plano, si no se pudo nada, pues entonces con un Starbucks se conforma. Para Don Balón la misión es gastar a como dé lugar. Esto implica para mí la garantía de que me la voy a pasar entre aburrido y ansioso. Aburrido por ver las mismas cosas que siempre se ven en esos antros del consumismo, y ansiedad por proteger a toda costa el escaso contenido de mi cartera. Esa tarde había salido bien librado, hasta que a Don Balón se le ocurrió decir que se moría de hambre. A mi alada esposa se le ocurrió la brillante idea “para que no gastáramos tanto” (sic) de comer en lo que yo apropiadamente llamo como “el cochinero”. El cochinero, amable lector, es el área de comida rápida que tiene todo centro comercial que se precie de serlo. Es de todos conocido que hoy en día lo más caro es, precisamente, la comida rápida, lo malo es que nadie ha tenido la bondad de comunicárselo a mi mujer. En fin. Como mi Clodomira (ya le puse nombre a mi tenia) ya también pedía a gritos de comer, no presenté resistencia alguna. Rockstar se refinó una pizza de pepperoni, Don Balón unos nuggets, mi alada esposa y un servidor algo que nos prometieron era comida china.

En lo que comíamos me di cuenta que un señor, a más o menos diez mesas de distancia, me miraba insistentemente. Traté de dirigir mi mirada hacia él lo más discretamente posible. Por supuesto se dio cuenta de inmediato que lo voltee a ver y yo me di cuenta, aterrado, que él tenía una facha de judicial que no podía con ella. Me empecé a poner nervioso, porque el distinguido caballero no me quitaba la vista de encima. “¿Y si este huey me está confundiendo con, digamos, el Chapo Guzmán, o con el nuevo líder de la Familia, o peor aún, con algún diputado sin fuero? ¡Uts! Nada más esto me falta, ir al tanque y que me endilguen la personalidad de otro. A ver, alégale a la autoridad. Dile que no eres quien dicen que eres cuando ya se colgaron la medallita.” Por supuesto a estas alturas ya no estaba nervioso, sólo quería ir al baño. De alguna forma terminé mi comida ante las miradas aburridas de mi prole, que ya había acabado de comer media hora antes. Hubiera querido que en todo ese tiempo el proto-policía-de-la-secreta se hubiera largado, pero no, el tipejo ése seguía en la misma mesa observándome atentamente, midiendo cada uno de mis movimientos, de mis gestos. Me hice de un valor temerario, recogí mis tiliches, los eché a la basura y procedí, junto con los míos, a buscar la salida. Para ponerle un poco más de emoción decidí pasar justo al lado del señor judicial.

Cuando a su mesa me acercaba, el marshall mexicano se paró y, en posición de firmes me saludó militarmente, diciéndome: “Que tenga buena tarde, mi comandante”. Mi instinto me dictó devolver el saludo, sonreír un poco y seguir, lo más rápidamente posible, de largo. El asombro que al principio sentí se transfiguró, ahora sí, en terror. Me había confundido ese hombre de la policía o del ejército, sabrá Dios, con SU comandante. ¿Qué tal que los delincuentes que persigue ese comandante también me confunden con él? ¿O qué tal que, en unos meses, ese comandante es descubierto delincuente? ¿Qué va a ser de mí?

19 de agosto de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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