El mundo desde mi bici – XXVI

Reconozco que pasé por un bache creativo. El bachecito sólo duró unas cuantas semanas (sé de otros que les da por meses, por años, pobres de ellos), hasta que el día de hoy mi lectora más generosa y paciente me jaló las orejas y me preguntó, ya un poco en son de reclamo, cuándo se me iba a ocurrir volver a escribir. Me quejé quedamente y le eché la culpa a mi falta de creatividad (lo cual es un hecho incontrovertible). Y me quedé viendo por un momento el juego de la no muy funcional selección sub-20. Benditas selección y televisión mexicanas, si no hubiera sido por ellas estaría en este momento viendo a los Simpson o de plano dormitando enfrente de los CSI. La arenga de la consecuente lectora más un futbol mediocre me forzaron a escribir esto.

Y al principio dudé. Dudé porque ni tema tenía sobre el cual escribir. Y así como ahora llevo poco más de medio párrafo de pura inconsecuencia, hace tan sólo un momento, escribiendo de igual forma a lo tonto y a lo loco, me emboscó el tema que a continuación trataré de esbozar. En medio del frenesí del tecleo, de repente mi mirada se posó vagabunda sobre la portada del libro de Murakami que hoy pretendo empezar a leer. El libro es azul, es bastante gordo, unas 350 páginas, sus hojas se deslizan con facilidad, la impresión es pulcra, pesa poco y se deja manejar. El libro, antes de ser un artefacto de lectura es tan sólo eso, un artefacto. Hay que ser sinceros. Al menos en México los libros no pasan de ser eso: una cosa. Si acaso podrá aspirar a ser un objeto decorativo. Se ven increíbles en grandes cantidades cuando se almacenan en una biblioteca, y se ven aún mejor cuando esa biblioteca tiene dos pisos, escaleras y un barandal de caoba. Y qué decir de esos libros pretenciosos que se ponen en las mesas de la salas de la Condesa y que nos ilustran, eso sí, bellamente hay que decirlo, sobre la arquitectura del siglo XIX, la pintura impresionista, y las corridas de toros en la Nueva España. Y esa es precisamente la magnificencia del libro: a pesar de su geometría de tabique tiene algo de caja de Pandora, de tesoro oculto, de prestigio tácito que a todos fascina. Porque desde que uno va a la librería a comprarlo todo es cachondo. Los libros apilados, enseñando sus multicolores portadas, en una competencia sin cuartel por llamar la atención. Asediados por dos, tres, una cuarta mujer por allá de no mal ver que transita entre ellos con el aplomo y seguridad de una modelo de pasarela. Y luego encontrar esa joya, el libro exacto, el libro anhelado que no pudimos comprar en su momento. Descubrir en él ese ligero olor a tinta que confirma su juventud. Llevarlo hasta la casa, sintiendo su ligero peso bajo nuestro brazo, para acto seguido abrirlo y así ingresar a la historia que nos propone, a la realidad otra que muchas veces es más vivible que la propia.

Y en la esquina opuesta del cuadrilátero encontramos al altanero retador: el libro electrónico, el ebook. Su presencia cada vez nos es más cercana. En algunos casos, ya empieza a intimar con nosotros, conmigo. No puedo negar que tiene sus virtudes. Su agilidad y versatilidad no tienen comparación. Una biblioteca de varios miles de volúmenes, inclusive más abigarrada que la edénica biblioteca de doble piso, cabe en un aparato del tamaño de un libro mediano y con un espesor menor a una pulgada. Estos libros los puede uno subrayar, desmarcar, volver a marcar y comentar tanto como uno quiera sin deteriorarlos. Es más, en los libros electrónicos podemos encontrar dos índices: el del libro y el propio, en donde encontraremos nuestros subrayados y anotaciones y accederemos a ellos por medio de un simple toque. Ir de viaje acompañados de todos nuestros libros es ya posible. Pronto habrá programas que busquen citas, palabras determinadas, nombres en todos nuestros libros y nos permitan hacer relaciones inesperadas y reveladoras entre la literatura babilónica y los tratados de microbiología actuales. Y los ebooks están aquí, pero casi no se sienten. Son casi nada, apenas una idea como la concibió Berkeley: un producto mental. Esa falta de sustancia inquieta, porque al fin y al cabo estos libros electrónicos cuestan tanto como los libros-objeto. Y aunque comprarlos y tenerlos es infinitamente más fácil y lo puede hacer uno virtualmente desde cualquier lugar, son en comparación mucho menos cachondos. Dirá aquel ecologista que salvamos arbolitos. Es verdad, pero para eso hay plantas que pueden reciclar el papel.

Todo tiene sus ventajas y desventajas. En este caso yo sinceramente prefiero ser parte de los dos mundos: de la sustancialidad del libro-objeto y de la practicidad del libro electrónico. Por lo pronto voy a leer ese libro azul de Murakami.

9 de agosto de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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