El mundo desde mi bici – XXIV

Las primeras impresiones son las que quedan.  Este dicho popular se toma como una verdad absoluta.  A continuación trataré de refutarlo.

Cuando se es niño uno absorbe todo, al grado de intuir las filias y las fobias de sus padres, de sus mayores sin que medie palabra.  En casa, por ejemplo, nunca oí opinión alguna sobre el movimiento estudiantil del ’68.  Tampoco se emitió una condena contundente en contra de los “jóvenes greñudos” que organizaron “aquéllo”, mas sí se hacían chistes vedados en contra de éstos: se decía, por ejemplo, que se vivía la era del vocho: los hombres, con esos cabellos largos, no sabía uno si eran “machos o hembras”, al igual que un vocho, que no se sabe si viene o va.  También, cuando se es niño, actúa de una forma que no tolera las medias tintas: o se está a favor de lo que dicen sus mayores o se está de acuerdo en lo que ellos dicen (sí, lo dije bien), o al menos así era en mis tiempos.  Cuando veía greñudos les rehuía como si fueran el mismísimo coco.  Imaginen a ese niño, con ya tiernos prejuicios en su mente, la imagen que se llevó cuando vio por vez primera el exterior de la librería Gandhi de Miguel Angel de Quevedo.  En aquellos años, afuera de ella pululaban cualquier cantidad de greñudos charrapastrosos setenteros.  El aspecto mismo de la librería, ubicada en un edificio viejo, daba lugar a pensar que en su interior se llevaba a cabo cualquier tipo de libertinajes como leer a Marx, criticar la dicta-blanda, hablar sobre grupos de rock “pesado” como Grand Funk, Emerson Lake & Palmer y Deep Purple; al tiempo que se fumaba algo malo “que no era tabaco”.  Por supuesto acceder a ese “congal” estaba tácitamente prohibido.  Mis libros para la escuela se compraban en la misma escuela o, en su defecto, en La casa del libro.

Mi inconsciente me llevó a evitar dicha librería incluso en mi adolescencia y los primeros años de mi juventud, cuando se supone que uno es más independiente ideológicamente hablando.  La “gente bien” no compra libros en Gandhi.  Sin embargo, a cierta edad finalmente le da a uno por la aventura, por la premeditada fechoría.  Ya entonces empezaba a escuchar de mis nuevas amistades universitarias lo baratos que salían ahí los libros.  Por otro lado, la parte maliciosa de mi mente me decía repetidamente con voz queda que debía aventurarme en su interior, corroborar por mí mismo el mundo falso que me había laboriosamente formado desde pequeño.  Así que una vez, solitariamente, asegurándome que nadie fuera testigo de mi transgresión, fui a Gandhi.  La gente afuera se veía más “normal” en comparación a lo que en mi memoria habia quedado.  Al entrar, mi concepción del lugar cambió de inmediato: hagan de cuenta que entré a una dulcería.  Había pilas de libros por doquier, “islas” especializadas con libros de editoriales prestigiosas (Gredos, por ejemplo), un desorden sumamente estético acompañado por un aroma a buen café que se colaba de la cafetería ubicada en el mezzanine; gente callada leyendo de pie, algunos buscando y otros alegrándose de sus hallazgos.  Era como acceder a una sociedad secreta en donde no era necesario iniciarse.  A partir de ese preciso momento (y al corroborar que los libros en efecto sí costaban menos) lo mío, lo mío, lo mío fue Gandhi.

Así era esta librería hasta hace poco; hasta un poco antes de que empezaran a proliferar sus magníficos anuncios en cualquier cantidad de espectaculares alrededor de la ciudad.  Como si lo hubiera planeado, tuve a mal dejar de frecuentar esta librería.  La economía, las colegiaturas de Rockstar y Don Balón, las exigencias de su nueva edad como las fiestas y las novias, las escuelas de futbol y las clases de música y uno que otro capricho frecuente, me alejaron de ella.  A mediados del mes pasado se me ocurrió volver, subrepticiamente, a mi verdadera Alma Mater.  ¡Cuan grande fue mi decepción al encontrarme con su nueva realidad!  El interior de la librería era una romería por partida doble.  Había cualquier cantidad de gente pululando a lo largo y ancho de sus pasillos, gente que no tenía respeto alguno por los libros: los manoseaban, apenas los oteaban cuando ya los abandonaban en otro lugar, como si fueran verduras del mercado, bisutería de tianguis.  Por otro lado, había un ejército formado de mujeres y hombres ataviados con playeras amarillas, convertidos en mini-anuncios espectaculares, dispuestos todos en hacerle a uno la compra de sus libros imposible.  En la vieja Gandhi uno podía quedarse dentro de ella ya leyendo, ya buscando, ya baboseando, sin que nadie lo molestara.  En la nueva Gandhi apenas se atreve a poner la planta del pie en su interior ya tiene a alguno de estos “asesores” encima preguntándole si le puede ayudar en algo, si está buscando algún libro en particular.  Si uno responde afablemente que no, a los cinco minutos le cae otro haciendo la misma pregunta.  Y esto se repite todo el tiempo en que se está dentro de la librería.  Ya no hay espacio para tener un momento cercano y solitario con ese libro que se descubre por casualidad y que se convertirá en la mejor compra del día.  No.  Ahora tiene uno que comprar sus libros como si de camisas se tratara: escogiendo rapidito y yéndose ídem.  Espero llegue esta queja a la bendita heredera de Mauricio Achar, a ver si así rectifica el camino y le da a su negocio la dignidad y el prestigio que antes tenía.

21 de julio de 2011

Anuncios

Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

¿Qué opinas? Déjanos tus comentarios aquí. (No tienes que estar registrado en Wordpress para comentar)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: