El mundo desde mi bici – XXIII

Hoy por la mañana, quitándome la flojera de encima, me dispuse a retomar mis carreras matutinas.  Pero no crea usted que soy un corredor cualquiera, ¡no, señor!, soy un ciber-corredor.  Yo, para salir a correr, necesito mi teléfono-inteligente-de-la-manzana-blanca-que-antes-era-multicolor (por eso le nombraron iPhone: es más corto y más mercadotécnico).  Usted dirá, “ay, pues que ma… marracho es usted”.   Realmente no lo soy, permítame le explico.  Yo no corro ni las cortinas de la casa.  No me gusta correr por correr.  Yo corro por un propósito.  Por ejemplo, para mantenerme vivo.  También cuando hago ejercicio, lo hago para competir.  Antes buscaba un contrincante en un amigo, con el paso del tiempo me he dado cuenta que el mejor contrincante es uno mismo.  Me registré en un programita en la Internet de una marca deportiva (no la digo, porque no me paga ni un clavo) que tiene diseñados varios planes de entrenamiento.  Unos son para gente que tiene mucho tiempo de no hacer ejercicio (como yo) o que nunca lo ha hecho (como muchos a los que veo comiendo tortas de tamal por las mañanas).  Otros son para gente que quiere superarse e inclusive practicar con más eficiencia su deporte favorito.  Pues bien, la cosa es que el tal sistema me entusiasmó y ya llevo algunos meses corriendo, aunque últimamente no con la regularidad que se requiere.  Después de una semana de no correr, hoy por la mañana, por fin, decidí hacerlo.

Preparé mi manzanudo teléfono, cargándole el programa de la famosa marca de deportes.  Este programa tiene la bondad de usar el GPS que tiene mi teléfono y a partir de él darle a uno estadísticas como distancia recorrida, calorías perdidas y velocidad promedio.  Además, puede ir uno escuchando la música que más le plazca mientras corre.  Una belleza.  Pues resulta que al estar en el proceso de carga del sistemita ése, mi teléfono decidió jugar al teléfono descompuesto y se pasmó.  La méndiga cosa no iba ni para atrás ni para adelante, ni cargaba el programa, ni se salía por completo de él.  Decidí apagarlo.  Entonces vino la desgracia.  El aparatito ni se apagaba ni se volvía a prender.  Alguna vez me había sucedido algo así, por lo que no me preocupé mucho.  Lo dejé en paz unos 5… 10… 15… 20… 25… minutos y el cochino artefacto seguía igual: ni pa’tras ni pa’delante.  Por supuesto, dado el tiempo perdido, ya no pude ir a correr (mal pretexto, Sr. Boeneker).  Hice una pequeña rabieta, me desayuné rápidamente, me bañé (chin, se me olvidó rasurarme) y me largué a la oficina con mi telefonito descompuesto y la barba mal cortada.

En el camino a la oficina me empecé a resignar a vivir sin mi celular inteligente.  Y vaya que se empezó a complicar todo un poco más de lo previsto.  Resulta que este aparato es, al menos para mí, un medio para leer mensajes electrónicos, GPS, bloc de notas, un surtido de juegos de cualquier tipo, enciclopedia, biblioteca, walkman (¡jaja, Sony, jaja!), guía de cine, cronómetro oficial de Le Mans y Fórmula 1, pizarra de futbol, reproductor de video, periódico, revista, portal a la Internet, acceso remoto a la PC de mi oficina, entrenador particular y, claro, teléfono celular.  El que diga que el iPhone es un gadget está muy equivocado.  Según la Wikipedia un gadget es “un dispositivo que tiene UN propósito y UNA función ESPECÍFICA, generalmente de pequeñas proporciones, práctico y novedoso.”  Mi iPhone tiene una diversidad de funciones, luego entonces no es un gadget.  Decía.  Por supuesto sentí como si me hubieran quitado el suelo sobre el que estoy parado, y como soy acrófobo, la sensación no fue nada grata, aunque haya sido sólo metafísica.  ¿Qué pasaría con los libros electrónicos que había recientemente comprado?  ¿Y mi música?  ¿La información?  ¿Mis entrenamientos?  ¿Mi vida toda?  El enojo se convirtió en pánico desbocado.

La cosa está en que llegué a la oficina y mi telefonito seguía igual de enfermo.  Y siguió así por tres horas más.  Hasta que pensé en Manitas.  Manitas, lo presento ahora, es el encargado de la “tecnología de información” (ergo, sistemas) de la empresa en donde trabajo.  Le expuse mi triste caso y en dos patadas (o sea 345 milésimas de segundo) me regresó, con aire de suficiencia, mi aparato funcionando a la perfección.  ¿Qué demonios le hiciste? – pregunté con asombro.  Aquel me respondió: “Sólo hay que apretarle estos dos botoncitos, se reinicia el aparato y tan tan.”  “Así nomás” – le dije.  “Así nomás” – me dijo aquél, se dio la media vuelta y se fue.

Después de esta prueba de infalibilidad falible, me cae que ahora sí voy por mi iPad.  Total, ¿qué más me puede pasar?

20 de julio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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