El mundo desde mi bici – XX

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso

Nunca me han gustado mucho las fiestas infantiles.  ¡Vaya, ni cuando era niño!  Y, usted, amigo lector, dirá: otra vez el amargado éste.  Piense usted lo que quiera, pero para mi desfortuna tuve a bien nacer a mediados de junio.  Es una fecha difícil, como usted sabrá, ya que cuando el calentamiento global no existía, o sea, cuando yo era niño, era justo la fecha en que el clima trasmutaba de un soleado brillante a un nublado oscuro, con todo y chaparrones incluidos.  Mis cumpleaños son como los huevos duros: pasados por agua.  Siempre que uno empezaba con la cáscara o con el tochito, la lluvia llegaba con ruidosa algarabía.  Muchos de mis cumpleaños los pasé jugando jueguitos de mesa con mis amigos en el comedor de la casa.

Las fiestas de cumpleaños se pueden dividir en dos tipos: las de jardín (o comedor, como las mías) y las de salón de fiestas infantiles.  Este último tipo es tal vez el peor.  La verdad.  Los salones de mi tiempo, como Zapatilandia en la calle de Adolfo Prieto, estaban equipados por una bola tubular que daba vueltas enloquecidamente hasta que los niños ahí dentro se ponían verdes (y salpicaban como rehilete un líquido de igual color y peor consistencia); por una resbaladilla cubierta por un material dulzón que evitaba, precisamente, que uno se resbalara en ella; y por un sube-y-baja que rechinaba como los mil demonios.  Los salones de fiestas nice tenían una alberca de hule espuma que dejaba siempre un sabor terroso en la boca.  Al final de la fiesta, uno salía más malo del estómago que alguien que le hubiera dado un trago a un charco de la calle.  No todo era tan malo, realmente, estaban los magos y los payasos.  El reto con los magos era descubrirles el truco: ¿el conejo desapareció realmente?  ¡No, está seguramente metido en la mesita del mago!  Los aros de metal sólido que se unían mágicamente, ¿realmente no tenían ni una apertura?  ¡Por supuesto que sí, pero no se notaba desde la distancia!  ¿Cómo salen tantos pañuelos unidos del puño de la mano del mago?  ¡Porque la tela con la que están hechos es súper delgada!  Se convertía en héroe de la fiesta el niño o la niña que descubría el truco del mago (by the way yo nunca fui héroe de la fiesta).  Los payasos, eso sí, no nos hacían reír.  Es más, hacían llorar desconsoladamente a los más pequeños.

Cuando uno es grande y decide tener hijos, las fiestas infantiles se ponen, digamos, interesantes.  Hay que gastarle ahora más sólo para descubrir que logramos el mismo resultado de las fiestas de antaño. Es un hecho de una perversidad sin paralelo.  Solamente que ahora las hacemos peor, porque nos da por invitar como animadores y entertainers a los personajes del momento y no ya al mago o al triste payaso.  Y ahí está la fiesta con una muchachita que emula a Tatiana, o el hombre maduro y sin chamba que copia a Chabelo, o de plano los que se disfrazan con botargas de personajes de las caricaturas del momento.  Recuerdo especialmente una fiesta a la que mis hijos fueron requeridos.  Los invitó un amiguito flaco, bien parecido y bastante copetudo.  Fue una fiesta modalidad jardín.  Los niños corrían libres en él, gritaban con aún más libertad y se divertían cual enanos, hasta que llegó la hora del “espectáculo”.  Se les obligó a todos los niños a reunirse en un área del jardín que ya estaba preparada con un pequeño escenario, sillas plegables bien distribuidas y unas edecanes que hicieron sentar al niño-copetudo-bien-parecido justo en medio de la primera fila, mientras que a los demás los iban sentando según la importancia o la cercanía que tuvieran con el festejado.  Una vez acomodados todos, pasó un largo rato en donde los niños se empezaron a aburrir primero y luego a hartar, hasta que a uno se le ocurrió sacarse los mocos de la nariz con su dedito.  Fue entonces cuando se empezó a oír la nefasta musiquita y entre aullidos y chillidos de emoción salió, detrás de las cortinas del escenario, el nefasto dinosaurio morado llamado Barney.  El niño copetudo no cabía en su silla de júbilo y aplaudía el performance del dinosaurio como ningún otro.  El dinosaurio, obligado por el cumpleaños del niño copetudo, lo hizo rey de la fiesta poniéndole su coronita.  Sobra decir que en lo que restó de la fiesta el niño copetudo con coronita se puso de lo más insoportable.

¿Ahora entiende, amigo lector, por qué no me gustan tanto las fiestas infantiles?

P.S. ¡Felicitaciones, muchas, a Don Balón, que ayer hizo un gol y puso un pase de gol en tierra extranjera!  ¡Olé, olé, olé, olé… olé… olé!

15 de julio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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